La semilla de la niñez en la Iglesia
Estas semanas veraniegas son el momento propicio para renovar nuestra fe con un espíritu de niñez. Sepamos acoger todas sus preguntas, acompañémoslos, porque al estar cerca de ellos, estaremos, por tanto, cerca de Jesús. Recuperemos su inocencia y su aceptación radical de nuestra vulnerabilidad
Los meses de verano suelen ser un tiempo donde la desconexión y el descanso se presentan como un imperativo y una obligación a la que aspirar y tender. Este anhelo se recrudece ante la tromba de noticias a las que estamos constantemente expuestos. No hay día que no aparezcan polémicas de todo tipo. Se presentan como absolutos errores y, de pronto, desaparecen porque manda la actualidad y otra vez a empezar. Estamos a expuestos a polémicas diarias que llenan los periódicos, las columnas de opinión y las tertulias. Siempre los mismos temas, los mismos patinazos. Los expresidentes están que se salen, unos esperando a ser enjuiciados y otros a meterse en berenjenales gratuitos que no vienen a cuento. Todo ello alimenta ese intento de huir de todo para abrazar la lógica de que todo explote menos yo mismo, para escondernos, a continuación, en nuestra propia burbuja egoísta.
Parece que deseamos irnos de nuestros dominios cotidianos y pensar, de forma ingenua, que, al volver, con fuerzas renovadas, todo cambiará y podremos llenar nuestras agendas con propósitos nuevos. La experiencia nos indica, como nos recordaba Francisco, que la realidad es superior a la idea. Esto adquiere todavía una mayor fuerza en el seno de la Iglesia y en la vida los católicos. Claro que todas las personas merecen un descanso, coger fuerzas y seguir con nuestros anhelos y sueños que dotan de sentido a nuestra existencia humana. Sin embargo, los cristianos no podemos romper con todo, no podemos hacer oídos sordos a las necesidades que nos rodean, al sufrimiento, porque la vida sigue golpeando de igual forma en invierno que en verano. El compromiso de un seguidor de Jesús tiene que ser claro. Sólo así no sucumbiremos a la miseria moral y política a la que estamos sometidos. En estas semanas de descanso y desconexión, no podemos perder de vista esas semillas que van definiendo la historia de la Iglesia y el convencimiento de que el seguimiento de la obra de Jesús de Nazareth es el único proyecto que aporta sentido a nuestra vida.
Estos días han venido a coincidir dos acontecimientos que me han ayudado a comprender lo importante que es no dejarse arrastrar por el reino y el dominio del se dice para ir a lo realmente importante y no quedarnos con la cáscara y la superficie de la existencia. En primer lugar, los evangelios de estos días apuntan a la metáfora de la semilla, de la importancia de ir sembrando la Palabra de Dios para que, con paciencia, vaya haciendo mella en nuestras acciones. En segundo lugar, dicha siembra la he podido experimentar y palpar en primera persona de la mano de un hombre extraordinario, el sacerdote valenciano Gonzalo Carbó que ha desarrollado durante años el “Oratorio de niños pequeños” que ha llegado a países de todo el mundo. Estos dos acontecimientos han venido en mi auxilio para no sucumbir ante todo lo que nos rodea y caer en la cuenta del poder salvífico de la Palabra de Dios encarnada en la persona de Jesús de Nazareth.
Los últimos días de colegio, sin alumnado en las aulas, acabando memorias y enfrascados con la eterna burocracia, se nos dio la posibilidad de asistir a un curso de oratorio para niños. El padre Gonzalo Carbó, con más de noventa años, con una lucidez y una ecuanimidad espiritual únicas, fue el encargado de introducirnos en este mundo. Su comienzo fue demoledor, porque despertaba, te hacía abrir los ojos. Nos dijo: “¿Quién eres Marta o María?”. Estamos tan expuestos a distracciones que el oratorio para niños es una invitación a dejarse atrapar y guiar por la prioridad de la Palabra de Dios. Cuántas veces dejamos fuera a Jesús, en segundo lugar, siempre lo posponemos, siendo lo último a lo que nos dedicamos. Y caemos en este error porque hemos perdido la inocencia y el espíritu de la niñez. María fue elegida porque tenía espíritu de niña. Necesitaba, anhelaba la Palabra de Dios como el aire que respiraba. Marta estaba mareada y preocupada por los asuntos mundanos. Está bien preocuparse y responsabilizarse de las tareas cuotidianas, faltaría más, la cuestión estriba en que Jesús deje de ser, no ya la opción, sino una opción más entre otras.
María es el centro y el fundamento de la Iglesia porque es nuestro modelo de fe. Jesús, recordemos, también sitúa a los niños como modelo de fe por su humildad. Los niños expresan, sin ambages, su vulnerabilidad, necesitan de sus padres, de sus madres, buscan el cobijo, ya que son conscientes de que están a la intemperie. Hoy nos creemos autosuficientes. Los niños escuchan, y creen de forma absoluta en su familia, en aquellos que los acogen. Son, como dirá el evangelio, “lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”. Pudimos ver un oratorio con niños y niñas de entre 4 y 9 años. Resultaba conmovedor cómo acogían la Biblia, la abrazaban y la asumían. Hoy solemos poner reservas a la Palabra de Dios, al evangelio, a la Iglesia, siempre desde nuestros intereses porque nos creemos superiores, creyentes de nuestras fuerzas. El primer paso, la primera semilla que tiene que acoger la Iglesia como propia es la confianza en el Dios encarnado dentro de las turbulencias de la historia. Aunque el oleaje sea inmenso, la barca está comandada por el espíritu santo. Todos aquellos que formamos parte del cuerpo de la Iglesia tenemos como referencia la fidelidad y la confianza absoluta de María. Ella y el espíritu de todos los valores de la niñez son el futuro de la Iglesia. Ya lo decía Jesús: “Dejar que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Acercarse a Dios sólo puede hacerse a través de un corazón humilde, decidido y sin aires ni pretensiones de grandeza. En un tiempo y en una época donde no contaban para nadie, Jesús los dignificó, los acogió, les dio importancia convirtiéndolos en modelos de fe. Puede que no exista pasaje evangélico más duro por parte de Jesús al referirse a todos aquellos que atenten contra los niños. Qué actual, qué necesario para todo el tema de los abusos en la Iglesia y en la sociedad donde la sexualidad se ha convertido en una mercancía más de entretenimiento, explotación y riqueza: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).
Estas semanas veraniegas son el momento propicio para renovar nuestra fe con un espíritu de niñez. Sepamos acoger todas sus preguntas, acompañémoslos, porque al estar cerca de ellos, estaremos, por tanto, cerca de Jesús. Recuperemos su inocencia y su aceptación radical de nuestra vulnerabilidad. Así estaremos cerca del Reino de los cielos para poder vivir de otra forma y edificar una Iglesia que no pierde la ilusión de ser la continuadora del misterio de la encarnación de Dios en el mundo. Feliz verano de la niñez.