¿De qué sirve ganar el mundo? Un alegato a favor de Rafael Vez
"No han azotado a Rafael como a Jeremías, solo faltaría, pero cada nuevo proceso, cada nueva acusación, cada decreto de suspensión, cada rechazo, cada silencio de sus iguales, cada ataque de sus compañeros, cada recurso, cada sentencia, cada amonestación, cada consejo interesado, cada Sacramento denegado, cada apelación, cada llamada que no suena, cada mensaje que no llega, cada día de espera, cada estrategia de desprestigio, cada ataque a su dignidad, cada giro de tuerca, cada mañana lejos de su Ministerio es un azote que desgarra el alma y despelleja su ánimo"
Puede que sea pretencioso comparar al Pbro. Rafael Vez Palomino con los profetas Jeremías o Amós. Pero haciendo una lectura rápida de sus vidas no he podido evitar ver algunas similitudes.
Muchos pensarán que no tienen nada en común.
Épocas distintas, diferentes lugares y seguramente personalidades completamente dispares. Las semejanzas son inexistentes. Pero curiosa y contrariamente a lo que pueda parecer, las coincidencias (esas que no existen) son tan abrumadoras que hasta se diría que la vida sigue un esquema dictado por alguna esperpéntica maquina que se reinicia cada cierto tiempo y permite que los hechos se repitan con precisión kafkiana. Cambian los protagonistas pero se mantiene, de manea empecinada, las situaciones, demostrando así que el hombre, pese a todo, no ha evolucionado en su terquedad al conducirse a través de los siglos.
Desconocemos el final del profeta de las lágrimas, aunque la tradición da pinceladas, por no decir pedradas, de su final a manos de sus propios compatriotas. Sepultando sus denuncias moría la vergüenza de ser cómplices de la opresión y los abusos de los reyes, sacerdotes y jueces de Jerusalén.
Tal vez sea el mismo fuego ardiente que impulsaba a Jeremías desde los huesos, lo que empuja la determinación de Rafael a mantener la lucha en defensa de los vulnerables, pese a la amargura y el dolor de ser lapidado, esta vez, bajo montañas de documentación (9600 folios es un expediente de grosor considerable) que la propia administración se encarga de ampliar alargando cansina e innecesariamente el proceso canónico.
Han intentado sepultar estos seis años de lucha con una estrategia disfrazada de acuerdo ventajoso que encerraba la aceptación de la culpa y la claudicación total. Una tortura sofisticada de desgaste para lograr la rendición y silenciar su denuncia contra lo que él considera (y que muchos otros corroboran, eso sí, enmudecidos bajo una mordaza emponzoñada de cobardía y miedo) abusos de poder, opacidad económica y una gestión mercantilista, dentro de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.
Han intentado sepultar estos seis años de lucha con una estrategia disfrazada de acuerdo ventajoso que encerraba la aceptación de la culpa y la claudicación total. Una tortura sofisticada de desgaste para lograr la rendición y silenciar su denuncia contra lo que él considera (y que muchos otros corroboran, eso sí, enmudecidos bajo una mordaza emponzoñada de cobardía y miedo) abusos de poder, opacidad económica y una gestión mercantilista, dentro de la Diócesis de Cádiz y Ceuta
Jeremías no utilizó las redes sociales, sino el cara a cara, para acusar a Joacim y Sedequías de robar al desvalido, con la aquiescencia de las élites del Templo que guardaban las apariencias religiosas. Pero poca diferencia hay con la actualidad de la denuncia social de Rafael al cuestionar, sin tapujos, al Obispo Zornoza y su círculo.
No han azotado a Rafael como a Jeremías, solo faltaría, pero cada nuevo proceso, cada nueva acusación, cada decreto de suspensión, cada rechazo, cada silencio de sus iguales, cada ataque de sus compañeros, cada recurso, cada sentencia, cada amonestación, cada consejo interesado, cada Sacramento denegado, cada apelación, cada llamada que no suena, cada mensaje que no llega, cada día de espera, cada estrategia de desprestigio, cada ataque a su dignidad, cada giro de tuerca, cada mañana lejos de su Ministerio es un azote que desgarra el alma y despelleja su ánimo. Y, como le ocurrió a Jeremías, es un dolor que no tiene remedio y hace desfallecer al corazón. Porque las fuerzas, tarde o temprano, llegan a la extenuación.
Vender al inocente por dinero o al pobre por un par de sandalias; aplastar contra el polvo de la tierra a los humildes y no hacer justicia a los indefensos (Amós 2:6-7) no es un discurso muy distinto del que hace Rafael al reprochar que se priorizó el beneficio económico y los desahucios por encima del amparo de las personas vulnerables y de los trabajadores de la diócesis que fueron despedidos. Y al igual que a él, a Amós se le desterró, no sin antes padecer el sempiterno proceso de desacreditaciones, ofensas y falsas acusaciones.
El desprestigio parece ser el modus operandi del poder a lo largo de la historia. Un proceder que, a la vista está, es efectivo en tanto en cuanto desgasta, erosiona, y crea confusión en las opiniones de los bandos enfrentados. Porque sí. Hay bandos enfrentados dentro de la Iglesia, pero no los ha creado Rafael Vez. Debo reconocer que, como parte de uno de eso bandos, me ofende que no se reconozca a la feligresía de a pie, la capacidad para protestar contra las injusticias motu proprio y que se responsabilice a Vez hasta de las críticas contra el obispo Zornoza hechas por muchos y que además se le sancione por no frenar las manifestaciones y declaraciones en su favor y su lucha, sin tener en consideración que el pueblo de Dios tiene también capacidad para cuestionar, denunciar y luchar contra lo que considere injusto sin que nadie lo dirija o adoctrine.
No es la fama ni escalar puestos en la corte el motivo que movió a Amós, ni es lo que mueve ahora a Rafael, para luchar contra la injusticia y defender, a capa y espada, a los marginados y desvalidos. De ser así el silencio hubiera sido la mejor opción. Ver pero no hablar, oír pero no opinar, dialogar pero no manifestarse, juzgar pero no corregir.
La queja pública, la exposición clara, la denuncia abierta de las vergüenzas privadas que son conocidas por todos es la característica que, incongruentemente, hace que se cierren las puertas de las esferas altas y se abra la trampilla del cadalso que conduce al destierro.
Amós y Rafael: incómodos los dos, exiliados los dos, coherentes los dos, legítimos los dos, silenciados los dos.
La meticulosa batalla legal de Rafael dura ya muchos años. Demasiados comparados con la inmediatez con la que otros casos son resueltos, archivados o calificados como peccata minuta y trasladados a otras diócesis donde se deja en barbecho. Y aquí paz y allá gloria.
Pero a pesar del desgaste no huye del conflicto y continúa sabedor de que la verdad está de su parte. Es mucho más que una confrontación de opiniones, es una protesta, desde dentro del sistema siguiendo sus reglas, de las actitudes que deben ser señaladas, denunciadas, corregidas y erradicadas dentro de la Iglesia. Y para ello, como San Pablo, ha tenido que apelar al Cesar y, con el derecho canónico en la mano, salir del ámbito local donde el tribunal eclesiástico formado, actuaba, inconcebiblemente, como juez y parte, vulnerando claramente sus derechos fundamentales de defensa.
Las alegaciones a la Nunciatura y las cartas apelando al recordado Papa Francisco y al actual León XIV no han dado frutos. Aún.
En esta lucha el tiempo juega en su contra. Los años pasan y las fuerzas se agotan. Los amigos se distancian y los silencios se hacen cada vez más pesados; los saludos se vuelven fríos y las miradas giran para evitar mirar a la cara a quien al señalar la injusticia, también señala a los cómplices mudos.
Maliciosamente se cuelga el cartel de soberbio sobre la cabeza de Rafael Vez, y no es que sea un santo, tiene defectos como todo ser humano. Pero la obstinación de seguir en la lucha, lejos de ser arrogancia u orgullo, es entrega y fidelidad a las enseñanzas de Jesús. Es servicio al prójimo, es actuar bajo los principios de verdad y justicia, es ser congruente con el mensaje de Cristo
Es la maquinaria que se reinicia y comienza la misma historia con personajes distintos. Pero hay una gran diferencia entre lo que ocurrió entonces y lo que ocurre ahora, porque todos somos parte de la historia. Es también responsabilidad nuestra, de los fieles, de todos los que nos consideramos miembros de la Iglesia, dejar de ser espectadores de los acontecimientos para convertirnos en protagonistas activos. Alzar la voz, no tener miedo, luchar a favor de la verdad, no permitir que el escándalo dentro de la Iglesia quede silenciado y que, nuevamente, se sirva en bandeja de plata a los reyes la cabeza de quien grita en el desierto.
Maliciosamente se cuelga el cartel de soberbio sobre la cabeza de Rafael Vez, y no es que sea un santo, tiene defectos como todo ser humano. Pero la obstinación de seguir en la lucha, lejos de ser arrogancia u orgullo, es entrega y fidelidad a las enseñanzas de Jesús. Es servicio al prójimo, es actuar bajo los principios de verdad y justicia, es ser congruente con el mensaje de Cristo.
Caer en la tentación de mirar a otro lado hubiera sido más fácil que luchar contra ella, pero ¿de qué sirve ganar el mundo si se pierde a Dios?