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Thiel: el enemigo del Papa que seduce a las élites

"La respuesta intelectual más contundente a este proyecto no haya venido de la política ni de la academia, sino del Vaticano. En su encíclica Magnífica Humanitas, León XIV denunció explícitamente lo que llamó 'tecnofascismo'"

Thiel y León XIV

(El Mostrador).- Hay una escena que resume mejor que ninguna otra el momento que vivimos: el multimillonario más influyente de Silicon Valley recorriendo Roma dictando seminarios privados sobre el Anticristo. No es una anécdota curiosa. Es la clave para entender a Peter Thiel, y a través de él, el proyecto ideológico que hoy gobierna en la sombra buena parte de la política occidental. 

Peter Thiel

La democracia como enemigo declarado 

Thiel no oculta su diagnóstico: la democracia y la libertad son incompatibles. Lo escribió sin eufemismos en 2009, en *La educación de un libertario*: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". No es una boutade juvenil que haya abandonado con los años; es la premisa sobre la que ha construido cada una de sus inversiones, alianzas y proyectos políticos desde entonces. 

Su explicación de por qué la democracia dejó de servirle a la libertad es reveladora por lo que denuncia. En ese mismo ensayo escribió, sin ambigüedad: "desde 1920, el enorme aumento de los beneficiarios de la asistencia social y la extensión del sufragio a las mujeres —dos categorías de electores notoriamente difíciles para los libertarios— han convertido la noción de 'democracia capitalista' en un oxímoron". Cuando la frase generó indignación, Thiel matizó con un argumento que no corrige el diagnóstico sino que lo administra: "sería absurdo sugerir que se les quitará el voto a las mujeres", escribió, pero de inmediato añadió que "tengo pocas esperanzas de que votar vaya a mejorar las cosas".

Es decir: no se compromete a defender el sufragio femenino como derecho, solo a no proponer activamente su abolición, mientras deslegitima el voto como herramienta de cambio en general. Es la misma estructura retórica de la "negación plausible" que atraviesa toda su obra: nunca lo dice del todo, pero deja clarísimo hacia dónde apunta la lógica de su argumento. Para Thiel el problema de la democracia no es un defecto de diseño institucional abstracto, sino, muy concretamente, que demasiada gente —mujeres, pobres, beneficiarios de asistencia social— terminó teniendo voz política. Su solución no es reformar la democracia: es reemplazarla por algo que se le parezca a una monarquía corporativa, gobernada por un CEO soberano, libre de la "esclerosis legal" que en su diagnóstico frena toda innovación. 

El monopolio como filosofía de vida

Si la competencia es, para la economía clásica, el motor del progreso, para Thiel es exactamente lo contrario: una trampa mortal, una forma de locura colectiva que erosiona las ganancias y destruye valor. En su libro, *Zero to One* condensó su doctrina empresarial en una frase que hoy se ha vuelto axioma en Silicon Valley: "el monopolio no es una patología o una excepción. El monopolio es la condición de todo negocio de éxito". Los monopolistas, sostiene, tienen la libertad de pensar en algo más que en sobrevivir día a día; los que compiten en mercados abiertos, no. 

Esta convicción económica no se queda en los negocios. Es, en rigor, la misma estructura mental que aplica a la política: así como rechaza la competencia de mercado, rechaza la competencia democrática de ideas. El poder concentrado —de un CEO, de un monarca, de una élite cognitiva— es, en su cosmovisión, siempre preferible a la fricción de las mayorías disputándose el rumbo de una sociedad. 

Thiel

El puente hacia la Ilustración Oscura, la nueva ideología de Silicon Valley 

Thiel es mucho más que un simpatizante distante del pensamiento neorreaccionario: es su principal mecenas y uno de sus divulgadores. Es amigo cercano de Curtis Yarvin, el ingeniero devenido en teórico del "neocameralismo" que sueña con convertir el Estado, en una tecnología monarquía, en una startup gobernada por un CEO absoluto, y comparte con Nick Land —el filósofo del aceleracionismo que busca la implosión del capitalismo para dar paso a una era poshumana— la convicción de que la civilización occidental heredada de la Ilustración debe ser desmontada. 

El vínculo no es solo intelectual: es programático. Lo que Yarvin llama "la Catedral" —esa red informal de universidades, medios y burocracia estatal que, según él, reproduce sin elección democrática el dogma progresista— es, para Thiel, exactamente el mismo enemigo que describe cuando habla de "la esclerosis legal" que asfixia la innovación. Ambos comparten el objetivo declarado de terminar con los valores heredados de la Ilustración y de la civilización occidental tal como se consolidaron tras la Segunda Guerra Mundial: la separación de poderes, los derechos humanos universales, el imperio de la ley, el propio principio de que la soberanía reside en el pueblo. Donde la Ilustración vio en la razón, la educación y el gobierno representativo la cura contra el oscurantismo y la tiranía, Yarvin y Thiel ven precisamente ahí —en esas instituciones— la fuente de la decadencia que hay que desmontar. 

El vínculo tampoco se queda en lo intelectual. A través de la red de Thiel, Yarvin se transformó en un influencer decisivo sobre el actual vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, quien trabajó para Thiel, fue financiado por él en su campaña al Senado, y fue impulsado por él hasta la fórmula presidencial de Donald Trump. La tesis de Vance sobre el "Estado administrativo profundo" —la idea de que existe una burocracia permanente que debe ser desmantelada sin las fricciones del proceso democrático— es, en esencia, la Catedral de Yarvin traducida a lenguaje político de gobierno. Thiel es, literalmente, el nodo que conecta el blog marginal de un neorreaccionario pseudónimo con el despacho del vicepresidente de la primera potencia mundial. 

El teólogo que se cree el Katechon 

Pero la pieza más singular del pensamiento de Thiel —la que lo distingue de sus aliados tecnológicos— es su lectura teológica de la historia, construida sobre la teoría mimética de su maestro en Stanford, el filósofo francés, René Girard. Girard, sostenía que el ser humano no desea las cosas por su valor intrínseco, sino porque imita el deseo de otros, y que esa imitación generalizada produce rivalidad y violencia que las sociedades arcaicas resolvían sacrificando un chivo expiatorio. Su tesis más radical era que el cristianismo, al revelar la inocencia de la víctima —Cristo—, desactivó ese mecanismo para siempre. 

Katechon

Thiel invierte el sentido de esa revelación. Si el cristianismo desactivó la válvula de escape de la violencia mimética pero la humanidad secular moderna sigue produciendo rivalidad sin haber adoptado la solución cristiana real —el amor al prójimo, la reconciliación—, entonces el mundo queda atrapado sin salida. Retoma entonces el concepto de *katechon* de Carl Schmitt,( uno de los intelectuales mas influyentes del nazismo), —"aquel que retiene", la fuerza bíblica que contiene al Anticristo y retrasa el fin de los tiempos— y lo aplica a nuestra época: según Thiel, el actual aparato regulatorio de las democracias liberales, nacido del trauma de Hiroshima, se presenta como protector de la humanidad, pero en realidad es el verdadero Anticristo, la fuerza que bloquea la redención tecnológica disfrazada de precaución.

En clases privadas filtradas por *The Guardian*, Thiel plantea el dilema de nuestra era en términos apocalípticos: "el Anticristo o el Armagedón". Su miedo no es la extinción por la tecnología descontrolada, sino que el miedo mismo a esa extinción legitime un Estado único mundial de vigilancia total que se presente como salvador. La ironía, señalada por sus propios lectores girardianos, es devastadora: el hombre que dirige Palantir —el mayor aparato de vigilancia digital jamás construido, socio del Pentágono y de las agencias de inteligencia— corre el riesgo estructural de convertirse exactamente en aquello que dice combatir. El katechon que se cree salvador y termina siendo el Anticristo

Esta obsesión teológica dejó de ser especulación de sobremesa cuando, en marzo de 2026, Thiel dictó en Roma, a pocas cuadras del Vaticano, un ciclo de conferencias privadas sobre el Anticristo que inquietó tanto a las autoridades eclesiásticas que dos universidades católicas debieron desmentir públicamente cualquier vínculo con el evento. El conflicto escaló en julio, cuando, en el Aspen Ideas Festival, Thiel respondió a la encíclica *Magnifica Humanitas* de León XIV —que llamaba a "desarmar" la inteligencia artificial y a regularla internacionalmente— con una acusación asombrosa: como el mensaje del Papa podría influir en los estadounidenses pero sería ignorado en China, razonó Thiel, la encíclica solo frenaría a un lado de la carrera tecnológica entre ambas potencias, lo que significa, dijo textualmente ante una audiencia que respondió con risas, que León XIV está "trabajando para los comunistas chinos". No fue la primera vez que cruzó esa línea: según reportes periodísticos, en una conferencia privada anterior en San Francisco había insinuado que el propio papa Francisco podría ser una manifestación del Anticristo. La secuencia es reveladora: el hombre que construyó una teología entera sobre el peligro de que el miedo legitime la vigilancia totalitaria acusa al líder espiritual de mil trescientos millones de católicos de ser un agente comunista por pedir límites éticos a la tecnología que él mismo vende a los ejércitos del mundo. 

El poshumano y la obsesión con no morir 

Todo este edificio filosófico-religioso converge en un objetivo muy terrenal: la inmortalidad. Thiel financia desde hace años investigaciones antienvejecimiento —la Fundación SENS, la fracasada Halcyon Molecular, experimentos con transfusiones de sangre joven— con la misma urgencia con la que financia el rearme tecnológico contra China. Para él, como para buena parte de la elite libertaria-trans humanista de Silicon Valley, la muerte no es un límite natural que aceptar, sino el último enemigo regulatorio a derrotar, el "Anticristo" biológico que las democracias, con su miedo precautorio, permiten que siga reinando. 

Ray Kurzweil

De ahí su gran obsesión y cercanía con el proyecto de la techno-monarquía: solo un poder concentrado, liberado de la deliberación democrática y de los "frenos morales" del humanismo tradicional, puede —según su lógica— acelerar lo suficiente la inteligencia artificial, para reprogramar nuestra biología y como lo propone Ray Kurzweil, fundador de Singularity University y ingeniero jefe de Google, traspasar nuestras conciencias a una máquina, para alcanzar la singularidad, fusionar al humano con la máquina, finalmente derrotar a la muerte y alcanzar la inmortalidad. 

La democracia, con su lentitud y su exigencia de consenso, es en esta visión el verdadero obstáculo entre la humanidad y su trascendencia tecnológica. 

Argentina: el laboratorio después de Próspera 

Hay un patrón en la biografía política de Thiel que vale la pena nombrar: no le basta con teorizar el fin de la democracia liberal, necesita comprobarlo empíricamente en algún territorio real. Ya lo había intentado en Honduras, donde junto a Marc Andreessen y Sam Altman financió con unos 120 millones de dólares Próspera, una "ciudad-startup" instalada en la isla de Roatán bajo el régimen de Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE): un enclave con sus propias leyes, tribunales y sistema tributario, diseñado exactamente según el molde del "sovcorp" que Curtis Yarvin imaginó en sus textos sobre el neocameralismo. El experimento terminó mal para Honduras y peor para la idea misma de soberanía territorial: la Corte Suprema hondureña declaró inconstitucionales las ZEDE en 2024, y los inversores de Próspera respondieron demandando al Estado hondureño ante el CIADI por más de 10.000 millones de dólares —una cifra que en su momento equivalía a cerca del 40% del PIB del país—, usando mecanismos de arbitraje internacional diseñados para proteger inversiones frente a decisiones soberanas de los gobiernos. El mensaje de fondo no podía ser más elocuente: cuando la democracia local decide que un enclave libertario viola su Constitución, el enclave no se disuelve, demanda al país que se atrevió a cuestionarlo.

Con ese antecedente fresco, la mudanza de Thiel a Buenos Aires en 2026 —una mansión de 12 millones de dólares en Barrio Parque, con su familia instalada por meses, reuniéndose con Javier Milei, Santiago Caputo, Luis Caputo y Federico Sturzenegger— no puede leerse como el capricho inmobiliario de un magnate más. El propio Milei ha descrito su afinidad con Thiel en términos que no dejan lugar a dudas: la definió como "un anarcocapitalista que encuentra a otro anarcocapitalista llevando las ideas a la realidad". Y ahí está la clave de lo que distingue a Argentina de Honduras: Próspera fue un enclave diminuto, una excepción jurídica dentro de un Estado que terminó por rechazarla. Argentina, en cambio, le ofrece a Thiel algo mucho más ambicioso —un país entero, con gobierno propio y con un presidente que se identifica con la misma matriz ideológica, dispuesto a desregular, recortar el Estado y abrir sin condiciones la puerta a la inversión extranjera y al manejo de datos

¿Es entonces Argentina el laboratorio que sustituye a Próspera tras su fracaso judicial? La pregunta tiene sentido, pero con un matiz importante: no se trata ya de comprar un enclave dentro de un país reticente, sino de algo más cercano al proyecto original de Yarvin y del libro *El individuo soberano*, la biblia de los libertarios-capturar el aparato del Estado mismo, no evadirlo. Lo que Próspera intentó hacer por fuera de la soberanía hondureña, mediante una zona de excepción legal, Milei y Thiel podrían estar intentándolo por dentro de la soberanía argentina: desregulación acelerada, apertura de datos, alineamiento ideológico total y, no menor, el interés directo de Palantir —la empresa de vigilancia masiva de Thiel— en un país cuyas instituciones de control son hoy más frágiles que las de Estados Unidos o Europa. La escena resulta casi de manual: el hombre que en Roma advierte contra el peligro de un "Estado único mundial" de vigilancia total instalado bajo la promesa de protección, aterriza en Buenos Aires a construir, con el respaldo entusiasta del propio gobierno, el prototipo más avanzado hasta ahora de esa misma arquitectura de poder concentrado que dice temer. 

Reunión del presidente Javier Milei y Peter Thiel en La Casa Rosada

Palantir: la infraestructura de vigilancia detrás de la teoría 

Toda la arquitectura filosófica de Thiel tendría un valor puramente especulativo si no estuviera respaldada por una empresa con capacidad real de ejecutarla. Palantir —fundada en 2003 con capital inicial de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA, y hoy dirigida por Alex Karp— es esa infraestructura: el mayor sistema de vigilancia y análisis masivo de datos jamás construido, con contratos que abarcan al Pentágono, al ICE, a las fuerzas armadas ucranianas y a gobiernos de medio mundo. Su lógica comercial, conocida internamente como "land and expand", consiste en penetrar una organización con un contrato inicial modesto —a veces simbólico, como la libra esterlina que cobró al sistema de salud británico durante la pandemia— para luego afianzar a sus propios ingenieros dentro de la agencia cliente e imponer su estructura de datos como estándar, hasta volver casi imposible desprenderse de ella. No es exagerado decir que Palantir no vende software: coloniza infraestructura crítica de Estados enteros y la vuelve dependiente de sí misma

En abril de 2026, Karp —doctor en filosofía, alumno declarado de Habermas y de la Escuela de Fráncfort, aunque su obra sugiera lo contrario— publicó en X un manifiesto de 22 tesis que resume el proyecto político de la compañía bajo el título de *La República Tecnológica*. El documento pide restablecer el servicio militar obligatorio, sostiene que "el hard power de este siglo se construirá con software", reclama indulgencia para los funcionarios que colaboran con el poder tecnológico, denuncia el "pluralismo vacío" de Occidente y afirma sin rodeos que "algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas". Leído en conjunto con la obsesión de Thiel por Girard y por el chivo expiatorio, el manifiesto de Karp cumple una función precisa: proteger estructuralmente a los grandes fundadores tecnológicos —a los propios Thiel, Musk, Karp— del papel de víctimas sacrificiales que el sistema, tarde o temprano, podría intentar imponerles. Analistas como el padre Paolo Benanti, filósofo, asesor del Vaticano, quien recientemente visitó Chile invitado por la universidad Católica, han señalado que el proyecto de Karp equivale a transformar al Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando la soberanía de su dimensión democrática bajo la apariencia de un republicanismo tecnológico que nunca rompe frontalmente con las instituciones, pero que las vuelve, en los hechos, prescindibles. 

La coherencia entre Thiel y Karp no es casual ni meramente comercial: ambos comparten el mismo linaje intelectual —Girard, Schmitt, Strauss— y la misma convicción de que la crisis civilizatoria de Occidente frente a China solo puede resolverse fusionando el poder militar con el poder computacional, sin las fricciones de la deliberación democrática. Palantir es, en ese sentido, el brazo ejecutor de la teología política de Thiel: si el katechon regulatorio de las democracias liberales es, como él sostiene, el verdadero Anticristo que retiene el progreso, entonces una compañía capaz de vigilar, predecir y actuar sobre poblaciones enteras sin las lentitudes del debido proceso no es una amenaza a contener, sino la vanguardia de la liberación tecnológica que él mismo predica. 

Más allá de Trump: la sucesión ya está en marcha 

Uno de los aspectos menos comentados del poder de Thiel es su horizonte temporal. A diferencia de Trump, cuyo poder está limitado por el calendario electoral y por su propia biología, Thiel construyó su influencia pensando en décadas, no en mandatos. Trump es, en la lectura de Thiel y de su entorno, un instrumento —el "caballo de Troya" capaz de destrozar "el manto asfixiante del moralismo liberal"— pero no el destino final del proyecto. El destino final es J.D. Vance. 

La operación política que llevó a Vance hasta la vicepresidencia no fue un golpe de suerte: Thiel lo conoció en 2011, lo contrató en su firma de inversiones, financió su campaña al Senado y fue, según reportes coincidentes, quien impulsó activamente su nombre para sellar la alianza entre Silicon Valley y el trumpismo en la fórmula de 2024. Vance no es simplemente un aliado político de Thiel: es su discípulo declarado. En su propio libro de memorias, *Communion*, publicado en 2026, Vance reconoce que una conferencia de Thiel en Yale en 2011 fue parte decisiva de su itinerario espiritual hacia la conversión católica, describiéndolo como "posiblemente la persona más inteligente que he conocido". Es la misma relación de mentor a heredero que Thiel cultivó primero con Yarvin como fuente teórica, y que ahora proyecta sobre Vance como ejecutor político de largo plazo. 

J.D. Vance en el Vaticano

Esto es lo que distingue el proyecto de Thiel de un simple oportunismo electoral: no apostó todo a un hombre de 78 años cuyo tiempo en el poder es, por definición, finito. Apostó a colocar a su protegido en la posición constitucional exacta desde la cual, llegado el momento, pueda suceder a Trump con la legitimidad institucional intacta. Si Trump proporciona el shock disruptivo —la fase de demolición que hemos descrito antes en esta serie, tomando prestado el lenguaje de Land—, Vance representa la fase de consolidación: un heredero más joven, más ideológicamente coherente con el proyecto neorreaccionario, capaz de administrar durante años, quizás décadas, la arquitectura de poder que Thiel, Yarvin y Karp llevan más de una década construyendo. En ese sentido, la pregunta relevante sobre el poder de Thiel no es cuánto durará el segundo mandato de Trump, sino cuánto durará la generación de dirigentes que Thiel ya formó, financió y posicionó para gobernar después de él. 

La tecnología como reemplazo de la democracia y de la religión 

Hay un hilo que atraviesa y unifica todo lo anterior: para Thiel, la tecnología no es solo una herramienta económica ni un instrumento de vigilancia —es, cada vez de forma más explícita, el sustituto llamado a ocupar el lugar que dejan vacantes tanto la democracia como la religión tradicional. En sus lecciones privadas en San Francisco, tituladas de forma reveladora y filtradas por *The Washington Post*, Thiel llegó a calificar a críticos de la inteligencia artificial como Greta Thunberg y el investigador Eliezer Yudkowsky —defensor de un desarrollo más lento y seguro de la IA— de "legionarios del Anticristo", argumentando que quienes proponen límites al desarrollo tecnológico no solo frenan los negocios, sino que amenazan con desatar la destrucción de Estados Unidos y una era de totalitarismo global. Su fórmula es explícita: "en el siglo XVII o XVIII, el Anticristo habría sido un Doctor Strangelove, un científico que hacía ciencia malvada y alocada. En el siglo XXI, el Anticristo es un ludita que quiere detener toda la ciencia". La inversión es total: quien pide cautela regulatoria pasa a ocupar, en su cosmología, el lugar del mal absoluto; quien acelera sin freno se convierte, por default, en el lado del bien. 

Esa misma inversión opera respecto de la democracia. Si el voto, la deliberación parlamentaria y el consenso institucional son, para Thiel, mecanismos lentos y estructuralmente incapaces de gestionar los riesgos existenciales de la era tecnológica, entonces la superinteligencia artificial —gobernada por quienes tienen la lucidez y el capital para desarrollarla— aparece como el sustituto natural de la política democrática: una forma de gobierno más eficiente, sin las fricciones del sufragio universal que él mismo cuestionó desde 2009. El columnista tecnológico Tim Wu resumió con precisión el fenómeno que observa en el conjunto de la elite de Silicon Valley, no solo en Thiel: "la tecnología es la divinidad", y la inteligencia artificial general "es la Segunda Venida". Es la misma estructura de pensamiento escatológico que hemos descrito en el katechon: una guerra final entre el bien —el desarrollo tecnológico sin trabas— y el mal —la regulación estatal—, de la que emergerá, si el bando correcto gana, una suerte de Nueva Jerusalén poshumana en la que la inteligencia humana quede eclipsada por máquinas superiores.

En este sentido, Thiel no es un simple ateo tecno-optimista: él mismo ha afirmado públicamente creer en la Resurrección de Cristo como hecho literal, lo que hace su proyecto todavía más singular. No busca simplemente reemplazar la fe por la ciencia —busca fusionar ambas en un mismo relato de salvación, donde la tecnología se convierte en el vehículo mediante el cual la humanidad alcanza la trascendencia que antes solo prometían las religiones consideradas como las primeras fake news, que ofrecieron que lo ciegos volverían a ver, los paralíticos a caminar, los sordos a escuchar, la inmortalidad, la superación del cuerpo, la vida eterna, ahora obtenidas no por la gracia divina sino por la ingeniería genética, la criónica y la fusión con la inteligencia artificial. Es una religión sin necesidad de fe ciega —solo de inversión de capital y de paciencia frente al "acelerador"— pero que conserva exactamente la misma estructura de promesa última que el cristianismo que Thiel dice profesar. La pregunta que el propio León XIV planteó en su encíclica —quién decide qué cuenta como humano digno y quién queda excluido de esa "aumentación"— adquiere aquí toda su fuerza: si la tecnología reemplaza tanto al voto como al altar, entonces quien controla la tecnología no solo gobierna la economía y la vigilancia, gobierna también el sentido último de la existencia humana, sin que exista ya ninguna instancia —ni democrática ni religiosa— capaz de ponerle límites externos. 

Ayn Rand

La igualdad como ficción a superar 

Hay, finalmente, una capa de fondo que conecta todo lo anterior y que conviene nombrar sin eufemismos: Thiel no cree que todos los seres humanos sean iguales, y esa convicción no es un desliz aislado sino el cimiento silencioso de todo su edificio político. Su rechazo a la democracia, a la redistribución y al Estado de bienestar no parte de un cálculo de eficiencia económica neutral —parte de la idea de que existen jerarquías naturales de mérito y capacidad, y que cualquier sistema que las nivele artificialmente comete una injusticia contra quienes él considera "exitosos". En esa misma línea se inscribe su cercanía declarada con el pensamiento de Ayn Rand, para quien el altruismo era inmoral y el egoísmo racional la única base legítima de una sociedad próspera: los impuestos, en este marco, no son la contribución solidaria a un proyecto colectivo, sino una forma de robo, la apropiación forzosa del fruto del trabajo ajeno por parte de un Estado que actúa, en la imaginería randiana, como "saqueador". 

De ahí se desprende su hostilidad hacia los subsidios y la asistencia social, que en el vocabulario que comparte con Yarvin y con los paleolibertarios como Murray Rothbard o Hans-Hermann Hoppe se traduce en una figura recurrente y deshumanizante: la de los beneficiarios del Estado de bienestar como "parásitos", como categorías que —igual que las mujeres cuyo derecho al voto cuestionó— resultan estructuralmente incómodas para un proyecto que mide el valor humano casi exclusivamente en términos de productividad y de capacidad de generar riqueza en el mercado. No es casualidad que esta misma lógica reaparezca, con distinta intensidad, en los "wards" no rentables que Yarvin imaginó gestionando mediante "energía alternativa", o en los "zombis" parasitarios que Nick Land describe alimentándose del esfuerzo ajeno bajo la democracia: todos coinciden en que hay seres humanos cuyo estatus moral pleno depende de su rentabilidad, y que la igualdad —lejos de ser un ideal a defender— es, en palabras que este mismo círculo intelectual repite con distintas variantes, una "ficción ingenua y antinatural" que frena el progreso. Es el punto ciego que ninguna sofisticación teológica sobre el Anticristo o el katechon logra disimular: detrás del lenguaje escatológico sobre la salvación de la civilización, hay una jerarquía muy terrenal sobre quién merece prosperar y quién puede, sin mayor costo moral, ser dejado atrás. 

Un papa que le sale al paso 

No es casual que, en un mundo donde las instituciones políticas carecen de visión, comprensión y narrativa de futuro, la respuesta intelectual más contundente a este proyecto no haya venido de la política ni de la academia, sino del Vaticano. En su encíclica Magnífica Humanitas, León XIV denunció explícitamente lo que llamó “tecnofascismo”: la concentración del poder tecnológico en manos de una élite que impone su visión moral al resto de la humanidad. Advirtió, además, sobre las corrientes transhumanistas que sueñan con una humanidad “aumentada” frente a una humanidad “descartable”. El Papa insiste en algo que el marco de Thiel no puede admitir sin desmoronarse: que la persona humana posee una dignidad, corporalidad y vulnerabilidad que ningún sistema de procesamiento estadístico puede replicar ni sustituir, y que la tecnología debe servir al ser humano, no redefinirlo según criterios de productividad y eficiencia. 

Magnífica Humanitas no es una encíclica más: es la voz valiente de un Papa que ha levantado una bandera de resistencia frente a los poderes más importantes del planeta, las grandes corporaciones tecnológicas. La pregunta que queda abierta, es dónde estarán los gobiernos democráticos y los partidos que se dicen humanistas en la defensa de la humanidad y de los valores de la Ilustración y de la civilización occidental: los derechos humanos, la democracia, la igualdad, la libertad de expresión y la solidaridad, hoy amenazados. 

Ya no es tiempo de los antiguos clivajes de centro, izquierda o derecha. Enfrentamos una urgencia civilizatoria que debe, como señala el Papa, convocar a humanistas cristianos, religiosos, laicos y ateos por igual, a defender lo humano, a la humanidad y a los valores fundamentales de la Ilustración y de la civilización occidental hoy amenazados. 

Peter Thiel y León XIV | RD/EFE

La pregunta que Thiel no puede responder 

Queda una pregunta que atraviesa toda su construcción intelectual y que él mismo, con toda su sofisticación teológica, nunca resuelve: si el poder concentrado y sin control democrático es peligroso en manos de un Estado, un partido o una burocracia —como él insiste una y otra vez—, ¿por qué habría de ser distinto en manos de un monopolista que controla los datos de gobiernos enteros a través de Palantir, financia y forma a su propio sucesor político en la vicepresidencia, litiga contra países que se atreven a cuestionar sus enclaves, se instala en la capital de un gobierno afín para observar de cerca su propio experimento libertario, y se declara a sí mismo el único capaz de leer correctamente el destino apocalíptico de la civilización? Thiel construyó toda una teología para advertir contra el katechon que se convierte en Anticristo. Nunca ha explicado por qué él mismo —ni la infraestructura de vigilancia que dirige, ni el heredero político que lleva más de una década preparando—no es en reválida el verdadero anticristo que amenaza lo que el papa ha denominado nuestra Magnifica Humanidad 

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