Entre la tolerancia cero y la presunción de inocencia: una prueba para la Iglesia

"La Iglesia necesita seguir siendo implacable frente a cualquier abuso. No puede volver atrás. Pero también necesita evitar que el miedo sustituya al discernimiento"

El cardenal de Rabat, en la Fundación Cajasol
El cardenal de Rabat, en la Fundación Cajasol | Fundación Cajasol
María Noel Firpo, psicóloga Instagram: @psicomarianoel
13 jul 2026 - 03:59

La Iglesia aprendió demasiado tarde que el silencio puede convertirse en cómplice del abuso. Durante décadas, muchas víctimas no fueron escuchadas, fueron desacreditadas o invitadas a callar "por el bien de la institución". Por eso, la política de tolerancia cero no nació de una moda cultural, sino de una necesidad moral: proteger antes a las personas que al prestigio.

Sin embargo, a mí me surge una pregunta o un nuevo desafío, ¿cómo proteger a quien puede haber sufrido un abuso sin dejar de mirar también el rostro y la dignidad de quien ha sido acusado hasta que la verdad sea conocida?

El caso del cardenal Cristóbal López Romero, salesiano español, vuelve a situarnos en ese lugar incómodo donde la prudencia resulta más necesaria que nunca. Las informaciones conocidas hasta ahora hablan de denuncias por “conductas consideradas inapropiadas hacia mujeres adultas”. El propio cardenal ha decidido apartarse temporalmente de la vida pública para facilitar una investigación transparente. Ese gesto merece ser leído, al menos, como una disposición a que los hechos sean esclarecidos sin interferencias.

Pero este tema me plantea una cuestión más allá de un nombre propio. Vivimos en una cultura donde la reputación puede destruirse en cuestión de horas. Una sospecha se convierte rápidamente en titular; el titular, en juicio social; y el juicio social, muchas veces, en una sentencia que llega antes que cualquier investigación.

La psicología conoce bien que las relaciones humanas son complejas. Existen los abusadores. Existen las víctimas. Y también existen las interpretaciones distintas de un mismo hecho, los conflictos afectivos, las heridas, los resentimientos y, en ocasiones excepcionales, las denuncias instrumentales o motivadas por deseos particulares. Negar esta posibilidad tampoco sería respetar la verdad

Eso no significa desconfiar sistemáticamente de quien denuncia. Sería profundamente injusto. Sabemos cuánto les ha costado a tantas víctimas encontrar la voz para contar lo sucedido. Pero tampoco significa que toda denuncia deba entenderse automáticamente como prueba de culpabilidad. La reputación es uno de los bienes más frágiles que posee una persona. Puede tardar toda una vida en construirse y apenas unas horas en quedar irremediablemente dañada. Incluso cuando una investigación concluye que no hubo delito, rara vez desaparece la sombra de la sospecha. En el imaginario colectivo siempre queda un "algo habrá hecho".

La psicología conoce bien que las relaciones humanas son complejas. Existen los abusadores. Existen las víctimas. Y también existen las interpretaciones distintas de un mismo hecho, los conflictos afectivos, las heridas, los resentimientos y, en ocasiones excepcionales, las denuncias instrumentales o motivadas por deseos particulares. Negar esta posibilidad tampoco sería respetar la verdad.

Conocí de cerca el caso de un sacerdote que mantuvo una relación consentida con una mujer adulta. Cuando él decidió poner fin a esos comportamientos, ella siguió insistiendo y persuadiendo para continuar. Tiempo después presentó una denuncia por abuso, con las consecuencias personales y ministeriales que ello conllevó. No vienen al caso más detalles. Casos así —sin generalizar ni convertirlos en regla— recuerdan que también puede existir un uso injusto de los mecanismos de denuncia. Precisamente por eso la justicia existe. Ni para proteger automáticamente al acusado, ni para creer sin examen cualquier acusación, sino para investigar con rigor, escuchar a todas las partes y distinguir los hechos de las interpretaciones.

La Iglesia necesita seguir siendo implacable frente a cualquier abuso. No puede volver atrás. Pero también necesita evitar que el miedo sustituya al discernimiento.

Siempre la víctima merece toda la protección posible. Pero cuando una acusación resulta infundada, también hay una víctima. Solo cuando se protege simultáneamente a quien denuncia y a quien es denunciado mediante un proceso serio, independiente y respetuoso, la verdad deja de ser un eslogan para convertirse en una auténtica forma de cuidar a las personas. Porque la verdad no necesita precipitación. Necesita tiempo, valentía y justicia.

La Iglesia precisamente por respeto a esas víctimas, debe cuidar que sus procesos sean impecables, porque una investigación rigurosa protege a quien denuncia cuando los hechos son ciertos y protege al inocente cuando no lo son.  No son dos justicias diferentes. Es la misma justicia

La Iglesia precisamente por respeto a esas víctimas, debe cuidar que sus procesos sean impecables, porque una investigación rigurosa protege a quien denuncia cuando los hechos son ciertos y protege al inocente cuando no lo son.  No son dos justicias diferentes. Es la misma justicia.

Quizá hoy la verdad padezca entre titulares, algoritmos y juicios apresurados. Porque cuando dejamos de escuchar para limitarnos a creer o a desconfiar, ya no buscamos la verdad: buscamos confirmar lo que queremos pensar. Y en ese camino dejamos de ver a las personas. Eso no solo empobrece la justicia. También empobrece el Evangelio, que siempre comienza mirando un rostro antes que pronunciando una sentencia.

El mayor acto de justicia es no dejar de buscar la verdad, aunque tarde en llegar. Como escribió santa Teresa de Jesús: «La verdad padece, pero no perece».

Te regalamos el Informe RD con análisis y todos los discursos de León XIV a España.
HAZTE SOCIO/A AHORA

También te puede interesar

Lo último

stats