El Triduo Pascual
Si importante es el misterio de la encarnación, de un Dios hecho carne y debilidad, mucho más lo es el triduo pascual. Y lo es porque estos días se nos recuerda que, gracias a la resurrección de Jesús, Dios Padre no nos deja en manos de la muerte y de la nada, como tampoco lo hizo con el Nazareno. Por eso, es posible afrontar el drama del Viernes Santo -y sus actualizaciones- no solo con dolor, sino también con esperanza. Y otro tanto con respecto al silencio y a la usencia del Sábado Santo.
Ello quiere decir que el Domingo de resurrección es el corazón del triduo pascual: en este día se anticipa en la historia la novedad -inesperada e imprevisible, o, si se prefiere -empleando un término muy común entre los evolucionistas- el “salto cualitativo”- del final que nos aguarda. Es el día en el que celebramos la fuerza del amor y de la vida, por pura gratuidad, y como victoria sobre la muerte; en particular, si ésta es injusta.
Es un final del que podemos disfrutar en el presente gracias a la infinidad de anticipaciones, murmullos, transparencias y destellos que aparecen tanto en nuestra vida -personal y colectiva- como en la historia y en el cosmos. Se trata, como es evidente, de chispazos del final al que estamos convocados y que coexisten con inmensidad de lamentables fracasos, injusticias, es decir, con innumerables actualizaciones del Viernes Santo. Y también con numerosos silencios y vacíos o, lo que es lo mismo con incontables y penosas actualizaciones del Sábado Santo.
Quienes somos seguidores de Jesús reconocemos que nuestra existencia -o, si se prefiere, nuestra espiritualidad- consiste en circular, de manera permanente, entre lo que simbolizan cada uno de estos tres días, es decir, afrontando tanto el fracaso del Viernes Santo como el silencio del Sábado Santo desde el final de plenitud que se anticipa en el domingo de resurrección.
Pero también sabemos que no es posible residir o permanecer exclusivamente en la plenitud que se anticipa en el Domingo de resurrección; ni tampoco únicamente en el silencio en que queda sumido el mundo y nuestras existencias el Sábado Santo o solo en el fracaso y en la muerte del Viernes de pasión. El seguimiento del Nazareno, rescatado de las garras de la muerte por el amor del Padre, nos lleva a circular, de manera permanente, entre los crucificados y las injusticias de nuestros días, ayudándolos a bajar de sus respectivas cruces, hasta donde y cuando nos resulte posible. E, igualmente, nos impulsa a no bajar nunca la guardia ni perder la esperanza ante los vacíos, los fracasos y los silencios que también nos depara la vida.
El seguimiento del Nazareno, rescatado de las garras de la muerte por el amor del Padre, nos lleva a circular, de manera permanente, entre los crucificados y las injusticias de nuestros días, ayudándolos a bajar de sus respectivas cruces, hasta donde y cuando nos resulte posible. E, igualmente, nos impulsa a no bajar nunca la guardia ni perder la esperanza ante los vacíos, los fracasos y los silencios que también nos depara la vida
Algo de todo esto, aunque no solo, es lo que celebramos y conmemoramos en el Triduo Pascual. Quizá, por ello, puede que no esté de más aproximarse a cada uno de estos días, prestando un poco más de atención al grito de abandono de Jesús el Viernes Santo, al silencio y a la ausencia del Sábado Santo y a la sorpresa o al “salto cualitativo” del Domingo de resurrección.
El grito de abandono del Viernes Santo
En los sinópticos hay dos narraciones de la muerte de Jesús. Está, en primer lugar, la que cuenta el grito de abandono del Nazareno en la cruz: “Eloí, Eloí, ¿lema Sabactani?”, “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15, 33)
Es un grito que recoge la reacción que habitualmente provoca el perecimiento, es decir, la ocasión en la que no sólo se experimenta (y padece) la fragilidad de la existencia humana, sino también la angustia que semejante acontecimiento provoca. En la escatología judía, la muerte adentra en el Sheol, en el lugar en el que imperan (para siempre) el silencio, las tinieblas y en el que se da un apartamiento total del Dios de la vida, de la abundancia, del poder y, en definitiva, de la felicidad.
Esta narración de la muerte no solo se hace cargo de la soledad y del abandono de Jesús en la cruz (y más, habida cuenta del proceso seguido contra Él), sino también de la angustia que asalta a todos los humanos cuando tenemos que afrontar (más tarde o más temprano) una situación semejante. La experiencia indica –a diferencia de lo que propone la dogmática atea- que la muerte es una crítica radical a toda absolutización de la finitud, así como de los intentos de declararla aproblemática y satisfecha.
Pero junto con esta narración de la muerte de Jesús, hay otra que enfatiza su inmensa confianza en un Padre-Madre o Amor que es lo que decimos los “jesu-cristianos” cuando decimos Dios.
El evangelista Lucas cierra la crucifixión de Jesús poniendo en su boca estas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 45). La confianza y la esperanza presiden el drama del calvario, hasta el punto de dar la impresión de que todo lo demás es secundario y relativo. El mal trago es ya inevitable, pero deja de ser afrontado como un viaje a la nada para ser vivido como un adentramiento en la morada de la paz, del amor y de la misericordia paterna o materna. No es un tránsito hacia el vacío, sino hacia la plenitud y hacia el fundamento del Amor y de la Solidaridad a partir de sus anticipaciones, murmullos, chispazos y transparencias en el cosmos, en la vida, en la historia y en Jesús de Nazaret. Y, por extensión, en toda la realidad.
Son, como se puede apreciar, dos narraciones diametralmente opuestas.
La primera expresa el modo de perecer de quien afronta la muerte como adentramiento en el silencio o, en el mejor de los casos, como fusión (y confusión) con el género humano y perpetuación en la historia. La desesperación que acompaña este modo de morir es una crítica radical de toda dogmática que defienda y proponga la absolutez, aproblematicidad y satisfacción de la finitud y su prometeísmo antropológico.
La segunda, presidida por la confianza en Dios, narra otra manera de enfrentarse a la muerte. Es un afrontamiento en el que no desaparecen el dolor o la angustia propios de todo perecimiento, pero está dotándolos de un significado y de un sentido ignorado en la anterior narración.
Si la primera de las tradiciones de la pasión cuestiona la dogmática atea, la segunda avala y confirma la escatología “jesu-cristiana”, sin dejar de reconocer la persistencia del dolor, de la ruptura y de la angustia. Es una narración, ésta segunda, que brota de percibir el perecimiento como un segundo nacimiento, es decir, con su carga de dolor y angustia, pero también de alegría y paz.
El silencio y la ausencia del Sábado Santo
El Sábado Santo es la jornada en la que experimentamos la potencia de la muerte y de lo que “no es”, así como del silencio, del vacío y de la nada que, en cuanto tales, no pueden ser llevados al concepto, es decir, racionalizados y controlados. Es una experiencia que nos sigue horrorizando y que nos deja sumidos en la perplejidad.
Según el credo cristiano, es también la jornada en la que Jesús “desciende a los infiernos”, es decir, en la que la nada se constituye en la única y definitiva respuesta al grito de Jesus en la cruz. “Descender a los infiernos” equivale a experimentar hasta el fondo el poder de la muerte y, por tanto, la fuerza de la nada y del fracaso. Es cierto que no faltan quienes interpretan este “descenso a los infiernos” como un adentramiento en el Sheol para sacar a los justos que también moran allí, pero, dejando al margen la procedencia o no de esta exegesis, el descenso a los infiernos es, primera y fundamentalmente, la victoria de la muerte, así como la experimentación de su potencia “en carne ajena” y, de manera empática, en la propia. Y esto forma parte también del corazón del Triduo Pascual.
Como igualmente lo forma la experiencia de que, muchas veces, el silencio y la nada son las mediaciones que nos quedan para seguir relacionados con quienes, habiendo partido, nos han dejado su vacío y ausencia. Es mentira que Dios llena ese silencio. Dios no lo llena cuando, como muchas veces sucede, es fruto del Amor. Lo mantiene abierto porque esa es la manera que tenemos de seguir conectados con quienes hemos amado y de quienes hemos recibido tanto amor; aunque sea (que lo es) una conexión dolorosa. De ahí que cuanto más fuerte haya sido el amor compartido, mucho más punzante resulte la ausencia, el vacío y el silencio.
El Sábado santo, como el Viernes, no es solo una fecha del calendario, sino una experiencia y un modo de vivir y afrontar la existencia que, frecuentemente, se actualiza a lo largo de los días, semanas, meses y años que jalonan cada vida en concreto. Y si es cierto que el Sábado Santo es el día del triunfo del silencio y de la nada, también lo es del Amor en la mediación de su ausencia y vacío; de la misma manera que el Viernes lo es de la muerte y de los que siguen siendo crucificados en nuestros días.
La sorpresa o el “salto cualitativo” del Domingo de resurrección
El Triduo Pascual tiene su cima y su cumbre en el Domingo de resurrección, en el acontecimiento que es reconocido como “la muerte de la muerte” y, por ello, como el triunfo de la vida por amor o, lo que es lo mismo, por pura gratuidad. Es el día de la libertad (frente a la necesidad y a la identidad), de la “sorpresa”, de lo insólito, de lo imprevisto e imprevisible. Y lo es porque en esta jornada se anticipa el final que nos aguarda, arrojando una luz capaz, por lo menos, de agrietar la desesperanza y la angustia de los días anteriores. Nada que ver con “la pulsión de muerte” que M. Onfray cree reconocer como el fundamento de la religión o con su invitación a “celebrar la nada”.
La anticipación del final, la capacidad iluminadora de lo percibido como anticipación y el foco articulador de lo acontecido y experimentado en este día son tres de las claves fundamentales del Domingo de Resurrección.
La anticipación del final. La resurrección es percibida, en primer lugar, como una anticipación en el presente del final (de un final de unidad, verdad, bondad y belleza) que, además de aguardar a todos y a cada uno de los mortales, permite afrontar esperanzadamente el Viernes Santo (con su grito de abandono), así como el silencio, le vacío y la ausencia que presiden el Sábado Santo.
La anticipación de la resurrección dota a la esperanza en la vida definitiva de una razonabilidad, por lo menos, igualmente consistente (cuando no, más) a la de otras propuestas ateas, antiteístas o agnósticas. Es una razonabilidad que –fundada en la resurrección- permite articular la “apuesta de B. Pascal” (optar que “sí” es ganar todo) y la llamada “comprobación escatológica” de J. Hick (en la última curva del camino se sabrá quién tenía razón) y que se caracteriza por no imponer ni la fe ni la esperanza. Más bien, las propone, dejando siempre abierto un margen muy amplio a la libertad de decisión, es decir, a la confianza.
La luz que arroja el final anticipado. Pero del Domingo de resurrección brota, en segundo lugar, una luz que permite comprender la segunda narración de la muerte de Jesús (la que enfatiza la confianza en el Padre) como perfectamente verosímil: desde dicho acontecimiento es posible afrontar el perecimiento con la confianza (y hasta certeza) de que la muerte no es ni la única ni la definitiva palabra, de que la vida que ha irrumpido (y justificado) en el Nazareno va a ser la última y definitiva palabra por amor, es decir, por pura gracia de Dios. Desde entonces, es posible afrontar el perecimiento con la fe y la confianza en el Padre de la vida, apostando, por tanto, que el silencio y la oscuridad han sido vencidos en el Crucificado.
El foco articulador del Domingo. El Triduo Pascual es, en tercer lugar, una mostración de la fuerza unitiva, veritativa, estética y compasiva de la “y” cristiana o católica ya que todos y cada uno de los tres días deben de ser considerados y tratados articuladamente entre sí. Cuando ello no sucede, cuando se aborda cada día por separado, entonces entran en escena diferentes extrapolaciones: el dolorismo (Viernes Santo), el apofatismo (Sábado Santo) y la ingenuidad –frecuentemente, postmoderna- de creer que se ha llegado al final de la historia y que todo es felicidad y plenitud sin dolor y sin silencio (Domingo de resurrección).
El misterio cristiano es articulación de todos y de cada uno de los tres días a partir de la centralidad del Domingo, es decir, de la Resurrección del Crucificado. En ello consiste el corazón de la dogmática y de la espiritualidad cristiana y católica. El resto de los desarrollos dogmáticos y espirituales (cristianos y católicos) se han de entender a partir del Triduo Pascual y del misterio que allí acontece.