"Dios se hizo humano para poder hacer suya toda esa culpa. No podía hacerlo como Dios, porque nos hizo libres"
Dejemos que Dios nos hable desde el silencio de la cruz. Démosle a nuestra actitud un firme componente de discípulo, de seguidores de Cristo para aprender a ver la suprema belleza. Contemplándola nos fundiremos con la cruz; con la cruz, nos fundiremos con Él y en Él veremos a Dios
Es Viernes Santo. Contemplamos a Jesús en la cruz. Lo contemplamos en una situación de aparente abandono. Está solo. Como todos los seres humanos, solo en las puertas de la muerte.
Y Jesús, a esa hora en la que se cumple el acto sublime de la entrega en manos del Padre, vive este abandono de dos maneras. Por un lado, Jesús llega a sentirse abandonado por el Padre en el Gólgota «¡Dios mío, Dios mío, porque me habéis abandonado?» (Mt 26,46b) y también se siente abandonado por los discípulos en el huerto de los olivos «¿no habéis sido capaces de velar una hora conmigo?» (Mt 26,40a). Pero, por otra parte, su decisión de Hijo es someterse a la voluntad del Padre y se abandona plenamente: «Padre, confío mi aliento en vuestras manos» (Lc23,46b).
Hermanas y hermanos. También nosotros podemos vivir el abandono de dos formas. Por un lado, existe la experiencia de “sentirse abandonado”: un grito que recoge la angustia de tantas vidas heridas -personas menospreciadas, mujeres maltratadas, niños explotados, tantos hombres y mujeres sin futuro-. Pero hay también otra manera: “abandonarse”, dejarse ir en manos de Aquel que amamos con locura. Esto es lo que hace Jesús. Ambas cosas. Cuando llama, o reivindica, o se queja porque se siente abandonado por Dios se hace suya la profunda angustia, como he dicho, de tantas vidas abandonadas, de tantas personas menospreciadas, de tantas mujeres maltratadas, de tantos niños explotados, de tantas personas sin futuro. Y cuando termina su vida diciendo: «en vuestras manos encomiendo mi espíritu», acaba abandonándose en manos de Dios, de su Padre a quien ama con locura ya a quien mira desde la cruz, hecho todo Él oración de abandono.
Pocas lecturas más humanas pueden hacerse de un día tan denso como el Viernes Santo. Y es que Dios se hizo humano porque no podía hacerse suya la culpa como Dios. Porque nos había creado libres. Y Dios probó su creación, para redimirla, para salvarla. Por este abandono hay belleza en la cruz, porque cuelga el supremo acto de amor.
Miremos, pues, la cruz para sentirla bien nuestra. Nuestra como comunidad, nuestra personalmente, nuestra como modelo. Pero mirémosla en silencio. En silencio, recordad, es como empezamos la celebración Litúrgica del Viernes.
Mirémoslo así: la irrupción del pecado hirió profundamente la relación del ser humano con Dios. El primer pecado (fuera cuando fuese) sacudió la relación del ser humano con el Creador. Y hacía falta que fuera curada desde dentro. Y sólo había una forma: deshaciendo los pasos. Y sólo podía hacerlo el mismo ser humano que cayó en el primer pecado. Dios se hizo humano para poder hacer suya toda esa culpa. Porque no podía hacerlo como Dios. Porque, repito, nos había creado libres. Y Dios probó su creación, para redimirla, para salvarla. Y es en relación con este hecho que nosotros contemplamos hoy la belleza de la cruz. Pero, ¿hay belleza en la cruz? ¿Existe belleza en el sufrimiento? Pues sí, ¡belleza de la cruz! Contemplamos la suprema belleza porque estamos mirando el supremo acto de amor que trae paz, orden y armonía. San Agustín decía que la belleza no es algo, es alguien. La belleza de la cruz es Cristo.
Dejemos que Dios nos hable desde el silencio de la cruz. Démosle a nuestra actitud un firme componente de discípulo, de seguidores de Cristo para aprender a ver la suprema belleza. Contemplándola nos fundiremos con la cruz; con la cruz, nos fundiremos con Él y en Él veremos a Dios.