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La vocación del seglar en el cambio de época: Ser testigo y servidor por amor al Evangelio

"El seglar habita en el corazón del mundo. Su lugar teológico por excelencia es la temporalidad, la arena política, la economía, la familia, la ciencia y la cultura"

seglar y apóstol

Introducción: La soledad postmoderna y la orfandad de los lazos. 

Vivimos un profundo cambio de época. Esta premisa, que marca el compás de nuestro tiempo, nos sitúa ante un suelo que se ha movido bajo nuestros pies. Las categorías conceptuales con las que el siglo XX interpretó el drama humano, estructuró el debate político y edificó los grandes sistemas éticos e intelectuales parecen hoy insuficientes, cuando no completamente superadas, frente a la complejidad global. 

Apostolado seglar

Las generaciones que hoy protagonizan la historia y asumen el timón del presente se encuentran en una posición existencial radicalmente inédita. A diferencia de sus abuelos y padres, marcados a fuego por la tragedia de las grandes guerras mundiales, los totalitarismos ideológicos y las ruinas de la civilización industrial, los jóvenes de este siglo se alzan libres de aquellos condicionantes históricos catastróficos. Sin embargo, esta liberación de las grandes tragedias que consolidaron nuestra forma de ser y ver el mundo ha traído consigo una paradoja silenciosa: la ausencia de grandes problemas en el horizonte de la experiencia les ha dejado en una suerte de amnesia ontológica y les ha situado sin referencias claras ante los nuevos problemas sociales, éticos y culturales de su tiempo. La dureza extrema del sufrimiento del siglo pasado forjó, paradójicamente, una urgencia ética y una densidad intelectual titánica. Los hombres y mujeres de posguerra sabían que el pensamiento importaba porque las ideas mataban o salvaban; comprendieron, con rigor y angustia, que la metafísica y la moral eran cuestiones de supervivencia vital para evitar los terribles males provocados por el hombre en su odio y sus vanos razonamientos. 

Hoy, en cambio, la postmodernidad—con la vida confortable que les prometió y los avances tecnológicos como galardón— ha anestesiado el valor de la historia, de la formación en valores y del respeto por los demás. Hemos dejado atrás el siglo XX y, con él, sus enseñanzas, para vivir en un nuevo nihilismo que fragmenta el sentido y consolida la cultura del descarte y de lo efímero. Esto ha impedido la transmisión y la gestación de aquella robusta formación intelectual y ética que caracterizó a las vanguardias católicas del siglo pasado. Nos hallamos ante una generación brillante en la técnica, pero huérfana de narrativas sólidas, convocada a librar batallas culturales sin haber contado con las herramientas tradicionales del pensamiento profundo. Pero esto está cambiado. 

I. Un nuevo tiempo para el seglar: obreros en la viña del Señor. 

Para servir más y mejor al mundo en general y a la sociedad latinoamericana en particular, los jóvenes van despertando al imperativo de volver la mirada hacia el magisterio de la Iglesia, la formación en valores, el respeto y el cuidado de la dignidad de los demás, y la atención a los signos de su tiempo para poder servir fieles al Evangelio. San Juan Pablo II ya vaticinaba el despertar de una ola de fieles laicos que, comprometidos con su tiempo, serían grandes y fieles servidores del Señor. En su exhortación apostólica Christifideles laici ya pedía responsabilidad a los laicos ante el mundo, para superar el clericalismo y alcanzar el lugar en la sociedad que les corresponde: transformadores del mundo social, político y cultural, allí donde los consagrados no podían llegar; servidores en lo cotidiano, fieles a la palabra y constantes en su actuar. Y, por supuesto, acompañados y guiados por la Palabra Viva y por sus pastores, en plena comunión de servicio. 

El seglar habita en el corazón del mundo. Su lugar teológico por excelencia es la temporalidad, la arena política, la economía, la familia, la ciencia y la cultura. Como recuerda el magisterio, los fieles laicos son aquellos que están llamados a buscar el Reino de Dios, tratando las realidades temporales y ordenándolas según su fe. No son invitados externos en la estructura eclesial ni meros colaboradores en tareas secundarias: son la Iglesia en el corazón del mundo y son el mundo en el corazón de la Iglesia. El Papa Francisco y el Papa León XIV lo han hecho palpable con sus cambios al invitar a grandes laicos a formar parte de la administración que lleva la Iglesia hasta la última morada: Cristo. 

Academia de Líderes

Frente a la pretensión postmoderna de confinar la fe al ámbito estrictamente privado —reduciéndola a una emotividad inofensiva—, el seglar católico está llamado a rechazar la falsa dicotomía entre la fe y la vida pública. Renunciar a preparar y transformar la realidad bajo el pretexto de que la sociedad es plural o secularizada equivale a abdicar de la caridad intelectual y política a la que estamos llamados. 

II. La misión de la Academia: transformar las estructuras a la luz de la Doctrina Social.

Es precisamente aquí donde cobra su máxima expresión la misión fundamental de nuestra Academia Internacional de Líderes Católicos: formar líderes desde una perspectiva católica, arraigados en la fe de la Iglesia, para transformar el mundo social, político y económico a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI).

En nuestra América Latina y en el escenario global, marcado por una profunda crisis de gobernabilidad, desigualdad lacerante, desconfianza en las instituciones y una corrupción administrativa que devora las instituciones como un cáncer, la respuesta cristiana no puede ser la huida monástica ni la indiferencia cínica. Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, el subdesarrollo y la descomposición social constituyen una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la dignidad humana.

Los nuevos laicos de esta época de transición deben superar el complejo de inferioridad intelectual que a menudo ha paralizado a las comunidades creyentes. El siglo XXI exige líderes capaces de navegar por el laberinto tecnológico, la globalización financiera y la crisis democrática con una brújula moral indiscutible. No se trata de replicar fórmulas nostálgicas, sino de encarnar la creatividad del Espíritu ante desafíos inéditos como la deshumanización digital y la erosión sistemática del bien común.

Este titánico esfuerzo de discernimiento y transformación no puede realizarse desde el aislamiento heroico de un individualismo piadoso, ni en contra de la jerarquía eclesiástica, ni sustituyendo los valores cristianos por valores políticos secularizados. La Iglesia nos convoca hoy, con absoluta firmeza, a vivir la sinodalidad: el arte sagrado del camino común (syn-hodos).

Sinodalidad

La sinodalidad es la forma misma de ser Iglesia, el modo en que el Pueblo de Dios camina unido en la historia. En este camino común, el laico ocupa un lugar insustituible. El sacramento bautismal implica que todos los miembros son sujetos activos y corresponsables de la misión. En la práctica, esto transforma radicalmente la acción del seglar en la sociedad. Ya no se trata de la acción aislada del héroe, sino del testimonio coral de una comunidad que experimenta la amistad social, la pluralidad armónica y la pasión por transformar los sufrimientos en la esperanza de nuestros pueblos. La sinodalidad enseña a la sociedad civil a dialogar, a sanar las heridas de la polarización, a ponerse en camino y a redescubrir la política como la más alta forma de caridad y de promoción sistemática del Bien Común.

Conclusión: la audacia de seguir a Cristo para cambiar el mundo. 

El momento histórico que habitamos exige una conversión profunda de la mirada. Ciertamente, las nuevas generaciones de seglares crecen con muchas ventajas, especialmente el haber disfrutado de un cierto período de paz, pero también con grandes desafíos actuales y futuros. Sin embargo, en esa misma vulnerabilidad radica su gran potencial: libres de los dogmatismos ideológicos rígidos que asfixiaron el siglo pasado, poseen una frescura y una capacidad de adaptación que, bien encauzadas por el encuentro personal con Cristo y la comunión eclesial, pueden obrar una profunda renovación espiritual y social.

Urge, por tanto, una nueva generación de laicos. Una generación que no renuncie a transformar la realidad, armada de la verdad evangélica y de la fuerza de la Doctrina Social de la Iglesia. Acojamos este cambio de época con la audacia de quien sabe que cada crisis es un umbral. Caminando juntos, en un genuino espíritu de sinodalidad, los laicos de hoy estamos llamados a ser los artífices de una nueva primavera para nuestros pueblos. Ser audaces y valientes en el seguimiento de Cristo y de su doctrina para transformar el mundo, recordando que Él está con nosotros hasta el final. 

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