¿Dónde andaba el Espíritu antes de Pentecostés? ¿Qué hace ahora?
Llegamos a la cumbre de la Pascua. Jesús redondea su promesa. A los cincuenta días –eso significa Pentecostés–, envía su espíritu transformador a sus amigos reunidos con María. Pero el Espíritu Santo, ¿es realmente algo nuevo? ¿En qué se ocupaba el Espíritu antes de aparecer en Pentecostés? ¿Tenía Dios abandonado al mundo antes de este crucial acontecimiento? ¿Qué añade su venida histórica?
Primero, en Dios no hay tiempo, sino eternidad. Para nosotros entra en el tiempo con la creación. Nos dice el Génesis (1.1) que la tierra era un caos oscuro y “el Espíritu (ruah o pneuma), el viento de Dios, aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Dios sopla el espíritu sobre el barro y nace Adán. Según Isaías, es “sabiduría, inteligencia, consejo, fuerza, ciencia, piedad, temor de Dios”. (Is 11:2). Penetra en Ezequiel y dice: “Pude escucharle” (Ez, 2,2). Y su fruto, según Pablo en Gálatas, es: “amor, gozo, paz, tolerancia [paciencia], benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gal 5, 22-23). Habla y actúa en los Hechos: “Reservadme a Pablo y Bernabé”.
O sea que el Espíritu ya estaba trabajando antes de Cristo, desde la creación.
Pero curiosamente, para la gente resulta más invisible que el Padre y el Hijo, a los que traducimos en imágenes conocidas: el Padre Eterno y el Hijo del Hombre, porque, ¿quién no sabe lo que es un padre? Y a Jesús lo reconocemos como un personaje histórico, uno de nosotros. Sin embargo, en nuestro lenguaje todos lo conocemos: “Ese tiene mucho espíritu”, “es una persona muy espiritual”.
No lo vemos, pero lo sentimos: Cuando alguien sale de su egoísmo y ama. Lo reconocemos, por ejemplo, en cooperantes, médicos y enfermeras que se entregan a los demás, sean o no creyentes. Lo percibimos en la mirada pura de un niño, que nos supera. Lo intuimos en una sinfonía, un poema, una puesta de sol, un descubrimiento científico, cualquier obra de arte e incluso en la superación del sufrimiento. San Ignacio de Loyola lo ve cómo se nos regala cada día en su “Contemplación para alcanzar amor”. Y San Juan de la Cruz: “Pasó por estos sotos con presura/ y yéndolos mirando/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”.
¿Qué añade Pentecostés? Irrumpe un viento, viene fuego sobre cada discípulo, fuerza tumbativa, superación del orgullo de Babel para ser entendidos por encima de la separación de razas y lenguas, y sobre todo en lo más difícil, el poder para perdonar los pecados y la gracia de sentirnos perdonados, que es tanto como regenerarnos. Rompe las tapias que nos dividen, da ánimo y alegría, hace que unos paletos pescadores pierdan el miedo y se atrevan a todo, se derrama en los gentiles por la predicación, inunda las cartas de Pablo, vivifica, libera, santifica.
“Donde hay Espíritu de Dios hay libertad”, resume Pablo.
San Agustín lo ve como consustancial con el Padre y el Hijo, y concreta que es el amor que ambos se tienen. Santo Tomás explicita más esa procedencia de la tercera persona de la Trinidad. Antes y después ha habido un sinfín de teorías, controversias, herejías.
Me quedo con que el Espíritu es el abrazo eterno que se dan el Padre y el Hijo.
Por eso, desde siempre el Espíritu estuvo en el hombre y en la naturaleza, en el amor y en la belleza, y sobre todo en el fondo de su corazón. Lo encontraron los profetas, los salmistas, cualquier persona que le busque en el ancho mundo.
Con la resurrección de Jesús, el Espíritu Santo —irradiación de su presencia— ha sido derramado en nuestros corazones y hace fluir permanentemente una corriente de vida, cuyo dinamismo atraviesa el universo, la historia y los corazones de todos los seres humanos, realizando la nueva humanidad. Teilhard de Chardin supo ver en el ritmo de la vida y de su evolución en el fondo del cosmos y del mundo, un Centro divino, un impulso que late con la apasionada energía del amor y la compasión en el Corazón de Jesús. Estuvo siempre en nuestro mundo, pero desde la resurrección de Jesús, está más.
Para verlo solo hay que abrir los ojos del alma.
Quizás para entenderlo haya que acudir a la poesía. Os dejo este soneto:
PENTECOSTÉS
¿Quién habita en la luz de una mirada
que de pronto te mira sin malicia
y con temblor te arrulla y te acaricia,
sin pedir algo a cambio, emocionada?
¿Quién se oculta de noche en la callada
despedida del sol y en la primicia
de un misterio secreto que te auspicia
la mano que te libra de la nada?
¿Quién alienta en la flor, esa sonrisa,
de aquel niño, una música, el poema
donde brota un secreto de alegría?
¡Es el fuego de amor, vive en la brisa
que me alivia, consuela, salta y quema:
el Espíritu que arroba el alma mía!
Pedro Miguel Lamet