El espacio interior. Una mística en calderilla
Un hecho incontestable hoy en día, en muchas personas, sean creyentes o no, es la sensación de angustia difusa, debida al ruido ambiental, al bombardeo de la información negativa, al ritmo de la vida actual y a la carencia de sentido. La causa más frecuente de ello suele venir de los pensamientos negativos que nosotros mismos nos infringimos al darle vueltas a ideas que nos torturan y que suelen venirnos, sobre todo en medio de la noche o al momento de levantarnos en la mañana.
Recuerdo un recurso para despertar por dentro, que leí en un libro de autoayuda: vístete, lávate los dientes en cámara lenta, como si fuera lo más importante de tu vida, o lava los platos como quien lava los platos. Es una práctica de concentración para evitar la "tabarra de la mente", centrarte en el presente y no estar dándole vueltas al pasado, al futuro o estar pensando en lo que vas a hacer después. Al estar pendiente de cada movimiento, como si la pasta de dientes fuera de oro puro, la mente no encuentra espacio para torturarte.
Todas las técnicas no sirven de nada si conviertes la técnica en un fin en sí mismo. Como la respiración, el mantra repetido, la jaculatoria, la relajación… Lo importante es conectarte a otra dimensión.
El verdadero objetivo es sentir el espacio interior.
¿Qué es el espacio interior?
Veo al ser humano como una cebolla. Tengo varias capas: experiencias del pasado, hábitos acumulados, miedos , ocupaciones, éxitos, fracasos, recuerdos paralizantes, capas y capas.
¿Dónde soy yo mismo?
En el centro, en el corazón de la cebolla, un núcleo, que está conectado con el Infinito, con Dios, y que no alcanzo porque vivo en el hombre exterior.
Allí se está bien, es un espacio sin límites que no se puede racionalizar, ni definir, ni alcanzar a base de puños, prácticas, empeño, liturgias, métodos, sino a través del silencio.
¿Cómo alcanzarlo?
Un camino es la meditación, la concentración en la respiración, sin forzarla. Para eso, hay que engañar a la mente como a un niño que no quiere comer, desviando su atención. Solo respira. Si viene un pensamiento, déjalo pasar como una nube, no te enfades contigo mismo y sigue respirando.
¿Hay que retirarse a un monasterio o dedicar muchas horas a la meditación?
No, cualquiera puede acercarse a la mística. En una cola, en la sala de espera del dentista, esperando que se abra el semáforo. Con frecuencia este acceso se ha reservado a los grandes santos y contemplativos. No hace falta ser un Juan de la Cruz, Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola para tocar algo de ese estado, aunque sea por unos minutos, para rozar aquello que, en definitiva, somos por dentro, alcanzar un poco de "ese no sé qué queda balbuciendo".
Cierra los ojos, respira, toma conciencia de la energía interior que habita todo tu cuerpo y no busques nada, no quieras nada, no pienses en nada. Solo siéntate en tu cielo interior, siéntete, el espacio interior hablará por sí mismo, como gota de agua en medio del mar, como una chispa de todo el fuego, como un niño en brazos de su madre. “Como un niño tranquilo en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí” (Sal 131).
O di simplemente: "Yo soy". ¿Es una presunción repetir para mí el "yo soy" de Dios en el Éxodo, cuando Moisés le pregunta a Dios qué respondería cuando los israelitas le preguntaran cuál era su nombre "Yo soy el que soy"? ¿O cuando Jesús exclama "Yo soy el camino, la verdad y la vida", ese "yo soy" que repite dieciséis veces en el Evangelio? No, si lo decimos por participación. Cuando cierro los ojos y digo "yo soy", estoy conectando con lo más profundo de mi naturaleza. Yo soy mucho más que mi mente, mi cuerpo, mi inteligencia, mi historia, mis pequeñeces, mis manías, mis éxitos y fracasos. Yo soy algo profundo e inexplicable con palabras que son un hontanar dentro de mí hacia lo infinito.
San Juan de la Cruz llega a decir en sus Avisos Espirituales: «Lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación, siéndolo Él por naturaleza, como el fuego convierte todas las cosas en fuego». Para el Maestro Eckhart, nuestra naturaleza divina reside en la chispa del alma (el Scintilla Animae o Fundamento), una profundidad interior no creada, donde el alma humana y Dios son una sola cosa. En su visión mística, todos compartimos esta esencia y estamos llamados a realizar la divinización en vida. Sin que lo creas o no, os animo a experimentarlo. Ese "yo soy", humilde, sin adjetivos, nos puede cambiar la vida y ayudarnos a estar por encima, sin pensar, desde el infinito que somos por dentro.