La gran pregunta: ¿La religión tiene futuro?
Escasean las vocaciones, se cierran los conventos, las grandes religiones sufren constantes críticas en los medios; se ha levantado la veda del cura, disminuye la práctica religiosa, impera la secularización. Si la cosa sigue así, muchos se preguntan cuál será el futuro de la religión y la fe.
El entrañable teólogo granadino José María Castillo solía distinguir entre religión y cristianismo, institución y evangelio, y reivindicaba que el cristianismo no es una religión, sino un proyecto de vida. Sostenía que Jesús nunca fundó una religión y abogaba por desinstitucionalizar la fe, priorizando la “humanización de Dios”, la centralidad del Evangelio y el alivio del sufrimiento humano por encima de las estructuras de poder eclesiásticas.
Recuerdo que, durante la última presentación de uno de sus libros, le maticé algo sobre lo que se entendía por “religión”, ya que es un término muy amplio y engloba también la espiritualidad. Mi admirado amigo, que además era un gran creyente y muy humilde, aceptó mi pequeña crítica. Y es que el tema de Dios, en mi opinión, está resurgiendo de otra manera.
Que España se ha ido secularizando en las últimas décadas es un hecho incontestable. Que al mismo tiempo se ha ido despertando en amplias minorías una nueva búsqueda espiritual, también. Desde el yoga y el zen a la meditación en calderilla, como el mindfulness, y el florecimiento de maestros varios, se ha abierto un mercado muy plural hacia lo trascendente y en cierto modo al despertar interior y el silencio. En este fenómeno ni es oro todo lo que reluce, ni se puede decir que, aun en sus más elementales expresiones, no sea un modo de parar ante tanto ruido, materialismo y saturación mediática.
Esta apertura a lo espiritual se había venido produciendo al margen de las grandes religiones o como una manera de sincretismo y profundización, llegando a popularizarse una cierta “religión a la carta”. En este supermercado espiritual cada uno escoge lo que le gusta: Jesucristo, Buda, la reencarnación, la Virgen de su pueblo o el Curso de Milagros. En todo caso, al mismo tiempo aumentaron las críticas contra las grandes religiones tradicionales. En nuestro país, por razones obvias, especialmente a la Iglesia católica, sin que nunca desaparecieran las devociones populares, como la participación en la Semana Santa o el Rocío, tan arraigadas entre nosotros. Esto redundó en un aumento de la indiferencia religiosa y descenso de la práctica, de modo especial en las nuevas generaciones.
El nuevo despertar
Sorprendentemente hoy día se está hablando mucho de un cierto despertar, no sé si circunstancial y muy líquido, a ciertas manifestaciones de la fe católica, como las canciones de Rosalía, la película Los domingos, y la calurosa acogida a León XIV.
Partamos del hecho de que la inquietud espiritual constituye desde los albores de la humanidad algo constitutivo del ser humano. Además de las dimensiones biológicas, psicológicas y sociales, el ser humano necesita la espiritual. Afirma el psicólogo Alfonso Echáverri que “mientras crecer por dentro es el proceso de maduración psicológica y emocional, la espiritualidad es el motor que le da un propósito profundo”. Se trata, en el fondo, de encontrar algún sentido a la vida. Aunque sea por libre, se percibe una necesidad de elevar la conciencia, sentarse en silencio y encontrar un sentido al conectar con la transcendencia, experimentar un sabor/saber innombrable que va más allá del conocimiento lógico-matemático o meramente racional.
Javier Meloni, un jesuita antropólogo y teólogo, formado en Oriente y que ha llevado a cabo una interesante síntesis contemplativa, cree que, en esta nostalgia o retorno espiritual, “la religión es libertad, por lo que más que ‘ir por libre’, todos ‘debemos ‘ser libres’”. Y añade: “Es un instinto de todos los seres, absolutamente de todos, tender hacia lo alto y también hacia lo profundo. Todos tenemos la intuición de que hay mucho más de lo que percibimos, pensamos o sentimos y, de vez en cuando, nos llegan ráfagas de esa Luz que nos revitaliza y nos hace creer y crecer”.
Dicha sed del alma siempre ha estado presente desde que el hombre es hombre. En nuestra infancia, para la mayoría todo estaba claro. Bastaba leer el Catecismo. Hoy la sociedad es más compleja y plural. En todo caso, opino que los místicos siempre han estado más cerca de la verdad que los teólogos.
Actualmente, en este despertar de la dimensión espiritual parece que más que fiarse de otros, la gente quiere vivir su propia experiencia. Pero para percibir lo trascendente hace falta silencio, y este, por desgracia, no abunda en medio del imperio del dinero, la violencia y la nube de ruido que nos envuelve. Lo dijo ya admirablemente el gran místico y poeta san Juan de la Cruz:
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Y el propio Jesús de Nazaret: “El reino de Dios dentro de vosotros está” (Lucas 17, 21).
El futuro de la Iglesia
Un posible síntoma de adónde vamos puede ser la reciente experiencia que hemos tenido en el viaje del papa a España, que nos ha dejado imágenes sorprendentes. Entre otras, una abigarrada multitud aclamándole en las calles. Indudablemente, según las estadísticas, no todos los participantes de ese gentío, de toda edad, sexo y condición, eran católicos y mucho menos practicantes. ¿Qué buscaban al encontrarse anónimamente con el papa? Posiblemente una figura que, más allá de las creencias de cada uno, les parecía consciente o inconscientemente un referente de honradez, justicia, paz y elevación espiritual. Todo, en un ambiente de grave desencanto de la política, preocupación internacional, inestabilidad económica y saturación digital.
Estoy convencido de que en nuestro actual ambiente, culturalmente cristiano, la gente, especialmente los jóvenes, siente cierta nostalgia, más o menos soterrada, de lo numinoso, de “ese no sé qué queda balbuciendo” detrás de la realidad. Los últimos papas, sobre todo Francisco y León XIV presentan claramente una vuelta a los valores genuinos del Evangelio, a través de su palabra y sus hechos, al señalar a las bienaventuranzas , la paz y la justicia encarnadas em los marginados, los ancianos, los pobres, las víctimas, los inmigrantes, los pequeños, como predilectos de Jesús frente al imperio del dinero, la materia, él éxito, la manipulación de los medios y el imperio del poder opresivo de muchos líderes políticos y millonarios.
A ello se une una necesidad del despertar interior, de salir del ruido, la vorágine, la cáscara, la velocidad de nuestro mundo. En los primeros planos que la televisión ofrecía durante la visita papal, veíamos rostros encendidos, ojos cerrados, y hasta lágrimas de emoción. Esto es una novedad, que los que hemos seguido muchos viajes papales, no habíamos observado de modo tan frecuente. Puede ser fruto de la saturación y el hartazgo que estamos viviendo en nuestra sociedad. Pero es un síntoma de que en el corazón del hombre y la mujer de hoy hay un retorno a la mirada interior.
Es posible que en el futuro no haya tantas vocaciones sacerdotales y religiosas en una sociedad donde todo es provisional y casi nadie quiera quemar las naves a través de una entrega total. Quizás la espiritualidad pase a ser un impulso más común y difuso. De hecho, parecen aumentar las minorías de colaboradores y vocaciones laicas, cada vez más comprometidas con parroquias, misiones y congregaciones religiosas.
Benedicto XVI en 1970, cuando solo era un teólogo, tiene párrafos muy lúcidos sobre la Iglesia del futuro:
“De la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos y, con ellos, muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder mediante una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. Ciertamente, conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. Junto a estas formas, seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio, como hasta ahora”.
El futuro de la religión y de la Iglesia habrá de pasar, además, por un despojo del clericalismo, de normativa agobiante y líneas rojas de la jerarquía, a una sencilla oferta evangélica sin dogmatismos. Una de las características del nuevo papa, que me ha llamado la atención, en la herencia de Francisco es que no nos ha “dado palos”, no nos ha regañado. Sin renunciar a la ortodoxia, ha ofrecido caminos de liberación; ha realizado gestos de salvación, hechos para curarnos, como siempre hizo Jesús, sin excluir, sin condenar. Que el mensaje del Maestro es exigente, no cabe la menor duda, pero siempre fue un “si quieres”, no una dictadura espiritual.
En consecuencia, intuyo que la Iglesia, si quiere subsistir, tiene que fomentar ese despertar del espíritu que se cuece en el matraz de la oración, ofrecer a “todos, todos”, como decía Francisco, caminos de experiencia contemplativa para propiciar el encuentro con lo profundo de cada uno, una mística popular para saborear a Dios, más allá de conceptos normas y estructuras, y encarnar esa vivencia en el amor y el compromiso.
Tenía razón Castillo cuando declaraba que existe en la Iglesia una doble moral: una muy exigente en lo que se refiere al sexto mandamiento, y una moral muy tolerante en lo que se refiere a todo lo relacionado con el dinero; que hay que conseguir una mayor participación de los creyentes en el gobierno de la Iglesia; que esta tiene miedo a la secularización y al laicismo; que la relación del ser humano con Dios no se verifica solo mediante la fe, sino mediante la ética al servicio de la misericordia.
Añadiría, con el gran teólogo del siglo XX Karl Rahner , que en el futuro será necesaria una experiencia mística: “el cristiano del futuro o será un místico, o no será cristiano”, decía. Esto significa que la fe exigirá una relación personal, directa e íntima con Dios. Anticipó que la Iglesia evolucionaría hacia una comunidad ecuménica y descentralizada, caracterizada por la unidad en el pluralismo, la apertura a nuevos ministerios y el compromiso crítico con la sociedad. Y que la espiritualidad del futuro será una forma de vida guiada por la esperanza y una "ascética de la libertad", viviendo el misterio de lo cotidiano.
También consideraba el jesuita alemán la importancia de los “cristianos anónimos”. Creía en una gracia universal: Dios se comunica con toda la humanidad, no solo con los bautizados. Valoraba una aceptación existencial: quien sigue su conciencia y busca el bien, ya está respondiendo a la gracia divina. Y una salvación inclusiva: las personas son cristianas, cuando están enraizadas en el amor, aunque no conozcan el Evangelio. Centraba el futuro en el diálogo: La Iglesia del mañana no debe ver a las otras religiones como enemigas, sino como espacios donde Dios ya habita.
Así la Iglesia dejará de ser una masa heredada por tradición cultural y se convertirá en una comunidad de personas que eligen su fe conscientemente. Descentralizará su estructura, dando menos peso al Vaticano y mayor protagonismo a las iglesias locales. Buscará un liderazgo compartido, una presencia activa y decisiva de los laicos en la toma de decisiones y una fraternidad abierta, para convertirse en un espacio de acogida que priorice el servicio al mundo al poder político. En dos palabras, más plaza del pueblo que bastión de ataque y defensa. Francisco la llamaba “Iglesia en salida” y “hospital de campaña”. Será grano de mostaza, levadura, aprisco de ovejas, viña y mesa libre para todos, o no será.