Guerra de funerales

La misa no es un arrojadizo

La secularización del Estado es un logro de nuestra democracia después de cuarenta años de nacionalcatolicismo. Ante el funeral de Adamuz solo hay una reacción posible: las lágrimas.

Que actos semejantes, religiosos o civiles, puedan celebrarse en otros pueblos o ciudades es comprensible y loable. También en Madrid. Me parece muy bien. Pero que sea Isabel Ayuso la que lo decida, no

Accidente de tren en Adamuz
Accidente de tren en Adamuz | Guardia Civil

En un primer momento, con el corazón en un puño, el dolor, el silencio y la concordia nos unieron ante la tragedia ferroviaria de Adamuz. Nuestra euforia por salir de casa y viajar, que se acentuó después de la pandemia, junto con el turismo creciente, ha puesto los desplazamientos y transportes de viajeros en aumento. Ante los atascos y peligros del volumen de viajes por carreteras, este país, por su seguridad y eficacia, se ha volcado en los trenes, que se han disparado en número y compañías.  Todo ello ha puesto en riesgo el desgaste de nuestra red, considerada la segunda en el mundo en alta velocidad después de la de Japón. Pero tanto llega el cántaro a la fuente que, al parecer por una falta de mantenimiento, ha sucedido lo inevitable.

No vamos a revolver aquí las causas técnicas y motivaciones políticas que tanto siguen discutiendo, casi de forma obsesiva, todos los medios. Mi reflexión se centra en una especie de “guerra de funerales”, en donde andan en juego las creencias.

¿Homenaje laico o funerales religiosos?

Pongamos por delante que, en mi opinión, la secularización del Estado es un logro de nuestra democracia después de cuarenta años de nacionalcatolicismo. Esto se llevó a cabo con el progresivo desenganche de la Iglesia en la transición y la actual Constitución que estableció la laicidad del Estado y la libertad religiosa en nuestro país. A Dios gracias.

Pero dicha libertad religiosa es libertad, no imposición. El Gobierno debe respetarla en todo caso y los deseos y sensibilidades de cada pueblo deben prevalecer por encima de las ideologías de los partidos, sea cual sea el que gobierne. El pueblo andaluz es heredero de una religiosidad que está tan dentro de un ADN al que no puede renunciar porque está en sus raíces. Que su manifestación sea muchas veces más popular que teológica da igual. Yo he visto a las madres hacer catequesis bíblica a sus hijos, aunque de manera muy sencilla y entrañable, al ver desfilar ante sus ojos los pasos de las imágenes del Nazareno, y a muchas mujeres maltratadas o marginadas desahogarse a los pies de Vírgenes dolorosas. También algunos comunistas y socialistas cargan sobre sus hombres los pesados titulares de su Semana Santa. Andalucía dice con orgullo que es “tierra de María Santísima” y lo vive en cofradías, cada vez más sociales y comprometidas, y múltiples fiestas patronales.

Que las poblaciones andaluzas se hayan negado a un homenaje civil a las víctimas es pura y llanamente un derecho, un ejercicio legítimo de su libertad como ciudadanos y creyentes. Ante el estremecimiento humano, la solidaridad y los ejemplos que en Ademuz han dado voluntarios, sanitarios, las fuerzas de los cuerpos y seguridad del Estado y la gente anónima del pueblo, durante la celebración del funeral en el mismo sitio donde se atendieron a las víctimas, solo hay una reacción posible: las lágrimas. Y sin duda la convergencia de una colectividad que se siente a gusto ante la liberación y el consuelo que les proporciona la trascendencia.

Que actos semejantes, religiosos o civiles, puedan celebrarse en otros pueblos o ciudades es comprensible y loable. También en Madrid. Me parece muy bien. Pero que sea Isabel Ayuso la que lo decida, no. ¿Por qué? Pues porque esta presidenta se caracteriza por usar sistemáticamente sus palabras y decisiones de una manera partidista y “en contra de”. La misa no es un arrojadizo.

En España ya tuvimos suficiente uso pernicioso de la religión para dividirnos en trincheras. “Sin el ingrediente religioso, no únicamente clerical, la sublevación no hubiera pasado de una andanada más”, decía el historiador Ramón Salas Larrazabal. Y un miliciano gritaba por los altavoces durante el asedio del Alcázar de Toledo: “¡Vosotros por creer en Dios y nosotros por no creer, en menudo fregao nos hemos metido!”.

Así que no volvamos a las andadas, aunque solo sea por postureo, como hace Vox con principios declaradamente anticristianos en su programa. Otra cosa es que el cardenal arzobispo Cobo haya aceptado presidir ese funeral. Reunirse para orar a menudo suma para mejorarnos. La eucaristía es, para los que tenemos un átimo de fe, un signo de reconciliación y unidad.

En dos palabras, más allá de los enfrentamientos, divisiones estériles e insultos del ámbito político, que lamentablemente imperan hoy en nuestra sociedad, este accidente nos unió admirablemente a la gente de a pie en el dolor y cuidado de las víctimas. Incluso a los políticos en un primer momento, con el ejemplo de cercanía y ternura que suelen prodigar los reyes. Que cada uno lo viva desde su fe o su increencia libremente. Pero respetándonos, de verdad, sin imposiciones ni manipulaciones de ningún lado. Recordemos aquel verso de Miguel Hernández sobre la contienda: “Decid quién no fue herido”.

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