Ha muerto Joaquín Luis Ortega: escritor, historiador y periodista, y, sobre todo, un buen sacerdote Pedro Miguel Lamet: "Los cargos no te quitaron libertad, querido Joaquín Luis"

Joaquín Luis Ortega
Joaquín Luis Ortega

Tenía todas las cualidades para ser obispo. Pero el nuncio le dijo que no lo hacía porque llevaba corbata

Honradez y coherencia en su actitud ante los cambios en Vida Nueva y la violencia verbal de la COPE.

Su pluma era serena, equilibrada y llena de matices, como su propia vida.

Con Joaquín Luis se nos va un componente destacado de aquella generación de sacerdotes escritores y periodistas que como Javierre, Cabodevilla, Martín Delcazo, Bernardino M. Hernando y otros bajaron del púlpito a hablar con la voz de la calle.

Tenía todas las papeletas para haber sido obispo: Intelectual, doctor en Historia, piadoso, buena persona, con dotes de mando y pastoreo, y además un talante nada extremista, sino más bien moderado y seguro, aunque netamente posconciliar. Pero resulta que un día el nuncio -creo que Tagliaferri-, le soltó: “¡Ay, si no llevara usted corbata!”. ¡Gran argumento teológico para no ascender a alguien al episcopado!

                Por eso Joaquín Luis Ortega, que se ha extinguido hoy como una pavesa de amor a Dios y a los hombres en una residencia sacerdotal de Burgos, será recordado como escritor, historiador y periodista, y, sobre todo, como un buen sacerdote, servidor de  la comunidad en cargos de cierta relevancia eclesial.

                No es infrecuente que uno busque el arropo para morir en la tierra que le vio nacer. Joquín Luis había nacido el 12 de agosto de 1933 en Burgo de Osma (Soria) pero de familia burgalesa. De allí se trasladó a Aranda del Duero, donde hizo el bachillerato. Seminarista en Burgos, se doctoró en Historia en la Gregoriana de Roma, habitando en el Colegio Español, semillero de sacerdotes escritores y poetas. Contaba además con la licenciatura en Filosofía y Letras por la Complutense, y era diplomado en Paleografía y Diplomática por la Escuela Vaticana. De regreso a Burgos los alumnos del Seminario y la Facultad de Teología de Burgos pudieron disfrutar de sus enseñanzas.

JOAQUIN l
JOAQUIN l

                Sus actividades periodísticas arrancan en la pionera emisora de la COPE de Burgos, de la que fue director (1959). En los años setenta José Luis Martín Descalzo lo llama a Madrid para completar el equipo de la renovada Vida Nueva, cuando el semanario fue relanzado como revista de información religiosa a imitación de Les Information Cahtoliques Internationales. Recuerdo como si fuera ahora mismo, la trinca simpática y comprometida que formaban aquellos tres curas periodistas de la redacción de VN: Bernardino M. Hernando, Joaquín Luis y Antonio Pelayo, y como “toreaban” al monstruo sagrado que era entonces su director, Martín Descalzo. Ellos dieron “vida” y “nueva” al gran invento informativo que fue entonces aquella revista en plena España tardofranquista.

                Pero Joaquín estaba llamado a mayores, y pasó enseguida a ser director de Ecclesia (1965-1985), lo que suponía acceder a una revista más oficial, en realidad órgano del episcopado y sus documentos. Pero hay que decir que, lejos de convertirse en un tiralevitas, Joaquín siempre, desde su talante moderado, mantuvo firme su compromiso con el Vaticano II. Claro, que aquella era la Iglesia de Tarancón, y él se permitía escribir editoriales vivos e inteligentes. Su preparación, buena pluma y fidelidad acabaron convirtiéndole en vicesecrertario de la Conferencia Episcopal para la Información y portavoz de la misma (1985-1990).

                Entrábamos ya de lleno en la involución de Juan Pablo II, cuando este pontífice no se contentaba con medios de información en España, sino con fuerzas de choque que impusieran, sin pluralismo crítico, su nueva cristiandad bajo el nombre de”nueva evangelización”. Esas cortapisas a la libertad de expresión acarrearon mi destitución como director de VN y la dimisión de todo mi equipo de entonces. En contraste con otras reacciones oficialistas de dar la espalda cuando uno cae en desgracia, Joaquín supo hacer un difícil equilibrio entre su cargo de portavoz, y su persona. Como tal, declaró: “Puedo decir que hoy no ha sido el día más feliz de mi vida”. No olvidaré ese rasgo en una Iglesia donde el “callar para escalar” suele ser prioritario. Durante estos periodos también enseñó en la Universidad Comillas y dirigió con buen pulso la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos) (1990-2006).

JOaquín Luis Ortega
JOaquín Luis Ortega

   De esa honradez y coherencia interior fue también testimonio su actitud frente a la COPE, en los tiempos tumultuosos de que el agnóstico Federico Jiménez los Santos y el pastor protestante César Vidal atronaban en la cadena de emisoras de la Iglesia.  Joaquín definía la cadena como “un problema eclesial”: “Diríase que en la COPE coexisten dos “copes”-señalaba-. Una, sensata y fiel a la identidad de la cadena, con muchos profesionales y no pocos programas. La otra, desmelenada, politizada y agresiva, de espaldas a dicha identidad. La que bulle y resuena es la COPE de la desmesura, la que –aun acertando en el qué– desbarra en el cómo, en el cuánto y en el desde dónde”. Frente a esa libertad agresiva, Ortega exigía más: “Con el mismo entusiasmo parece que tal cadena tendría que autodefinirse también como veraz, solidaria, pacífica y cristiana, por ejemplo. La libertad no es la esencia de todo. Es sólo otro atributo”.           

                Nos ha dejado también más de veinte libros, como El Mesías y otro cien, Muestrario de cristianos, Dios escribe, derecho, Mientras peregrinamos, Al hilo de los días. Su pluma era serena, equilibrada y llena de matices, como su propia vida. Hizo alguna incursión en la poesía, como el poema que dedicó a la secuoya del Silos en competencia con el famoso ciprés de Gerardo Diego.

Si pudiera la secuoya

cambiarse por el ciprés!

Quizá, plantada en el claustro

–dentro ella y fuera él–,

le saliera algún poeta

como le salió al ciprés.

¿Habrá quien le haga un soneto

como el que le hizo al ciprés

aquel don Gerardo Diego,

tan cristalino y cortés?

Un, dos, tres.

La secuoya y el ciprés.

Libro de Ortega

Con Joaquín Luis se nos va un componente destacado de aquella generación de sacerdotes escritores y periodistas que como Javierre, Cabodevilla, Martín Delcazo, Bernardino M. Hernando  y otros bajaron del púlpito a hablar con la voz de la calle, cambiaron el alambicado lenguaje clerical por palabras en calderilla, y escribieron no como meros altavoces de la jerarquía, sino como cristianos críticos y defensores de una opinión pública en el interior de la Iglesia, sacerdotes del sacramento de la palabra. Gracias, Joaquín. Ha llegada la hora de tu mejor verso.

Libro de Ortega

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