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Newman y el valor religioso de su Apología

"El 11 de agosto de 2026 se cumplen 136 años de su muerte y 162 años de la aparición de su “Apología pro vita sua” que retrata la historia de sus ideas religiosas, un hecho singular en la historia del cristianismo de los últimos siglos"

Newman

“Littlemore, 8 de octubre, 1845. Espero para esta noche al Padre Dominic, pasionista…No sabe nada de mis intenciones, pero me propongo pedirle que me reciba en el único rebaño de Cristo”[1]. Con estas palabras, John Henry Newman, hacía pública a varios amigos anglicanos, su voluntad de abrazar la fe católica. Cuando Benedicto XVI beatificó a Newman en Cofton Park de Rednal (Birmingham/Inglaterra) el Domingo 19 de septiembre de 2010, fijó la fecha 9 de octubre para su memoria litúrgica. El papa cambiaba una tradición que se había impuesto en su pontificado, delegar las “beatificaciones” a las Iglesias locales (fue la “única” en todo su pontificado); con este gesto expresaba su profundo amor por Newman, tal como lo había testimoniado en 1990 en el primer centenario de su muerte en una recordada conferencia en la sala Borromini (Roma) en la Chiesa Nuova (del Oratorio de San Felipe Neri) siendo cardenal prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, donde llamó a “Newman, uno de los grandes maestros de la Iglesia”[2]. Al mismo tiempo dejaba de lado la tradición del “dies natalis” (día del nacimiento a la vida eterna) para la celebración de los santos, y proponía el día de su “paso” a la Iglesia católica como día de su celebración.

Newman

El 11 de agosto de 2026 se cumplen 136 años de su muerte y 162 años de la aparición de su “Apología pro vita sua” que retrata la historia de sus ideas religiosas, un hecho singular en la historia del cristianismo de los últimos siglos. En 1963 en plena celebración del Concilio Vaticano II, Pablo VI en la beatificación del Padre Domingo Barberi que el 9 de octubre de 1845 en el pequeño poblado de Littlemore, cerca de Oxford, había recibido a Newman en la Iglesia católica, recordó que “solo por el amor a la verdad y por fidelidad a Cristo, Newman trazó el itinerario más arduo, pero también el más significativo y válido, que el pensamiento humano haya seguido durante el siglo pasado y, se puede decir, aún durante la edad moderna, para conseguir la plenitud de la sabiduría y de la paz”[3]. Este artículo acompaña una conferencia que tendré el próximo 12 de agosto en la biblioteca de la Facultad de Teología (UCA), junto a una donación que haré de un ejemplar de la Apología, edición 1864, adquirido en la histórica St Philip’s Books de Oxford, durante mi segunda estancia en Inglaterra, preparando mi tesis doctoral sobre “La unidad de la Iglesia. Su desarrollo en la eclesiología-biográfica de John Henry Newman”[4], de la que el próximo 14 de diciembre se cumplirán diez años de su defensa en esta Facultad. Estos gestos son un mínimo de la gratitud que tengo para con este “amigo entrañable” que ha acompañado e iluminado gran parte de mi vida y con la querida Facultad a la que pertenezco, de la que tanto he recibido y en la que he podido canalizar mis estudios sobre el autor al igual que mi vocación teológica.

La “Apología pro vita sua”, es tal vez el escrito más notorio y amado de Newman, el que mejor retrata la historia de sus ideas religiosas, un clásico juntamente de la literatura y espiritualidad moderna. Inicio estas reflexiones con algunas breves consideraciones sobre el contexto, característica y recepción de la Apología. Trataré luego sobre el contenido del escrito siguiendo algunas etapas importantes de la peregrinación interior de Newman. Finalmente busco de resumir la actualidad y el valor permanente de la “Apología”.

1. Contexto, característica, recepción

El Contexto  

En 1864, cuando Newman escribe la “Apología” tenía 63 años. Desde su conversión a la Iglesia católica habían pasado diecinueve años. Newman se encontraba ahora en el momento más sombrío de su vida. En la opinión pública muchos dudaban de su integridad personal, porque no estaban en condiciones de entender como un hombre tan inteligente hubiese podido dejar la Iglesia de Inglaterra (Church of England), para unirse a un pequeño grupo de católicos, marginados y abiertamente despreciados por la sociedad británica de entonces. Por parte de los anglicanos Newman era considerado un traidor, un hombre desequilibrado que se había asociado a una comunidad corrupta, en contradicción con el verdadero cristianismo y ligada a la causa del anticristo. En la Iglesia católica, Newman había encontrado la paz interior, pero rápidamente sus ideas e iniciativas no habían sido correctamente comprendidas: su grandioso proyecto de una Universidad católica en Dublin (Irlanda), desgraciadamente había fallado[5]; sus reflexiones sobre la consulta a los fieles laicos en materia de doctrina fueron mal interpretadas, antes bien sospechadas de ser heréticas[6]. En fin, en la comunidad de los Oratorianos fundada por Newman mismo, se habían manifestado graves contrastes que hacía sufrir al alma sensible del fundador[7].

A comienzos de 1864 la personalidad de Newman estaba casi olvidada. Él mismo pensaba que moriría pronto. Pero el mismo año, con la publicación de la “Apología” la situación cambiaría completamente. ¿Por qué Newman escribe la “Apología”? ¿De dónde viene el “estímulo” para tal publicación, la “llamada” sin la cual Newman no escribía nada? En el número de 1864 del “Macmillan’s Magazine”, Charles Kingsley, profesor de historia moderna en Cambridge, y conocido escritor en todo el país, publicó una recensión sobre “History of England” de James Anthony Froude, con una breve alusión a John Henry Newman. “La verdad por si misma” -así escribe Kingsley- “no ha sido jamás considerada una virtud del clero romano. Father Newman nos informa de que no necesita serlo y que, en definitiva, no debe serlo; que la astucia es el arma que el cielo ha dado a los santos para que resistan la fuerza bruta y masculina del mundo malvado”[8]. Newman es por lo tanto acusado de no tomar en serio la verdad. Es claro que Él no puede tolerar tal acusación y exige una pública retractación. Kingsley responde con otra ambigua declaración, en la cual repite la acusación en lo sustancial. Por ésta razón Newman se siente obligado a hacer pública su correspondencia con Kingsley junto a algunas observaciones conclusivas. Por su parte, Kingsley reacciona con un amplio escrito titulado: “¿Qué cosa finalmente quiere decir el Doctor Newman?”[9].

En este ensayo polémico Él confirma su crítica en las confrontaciones con Newman y con todo el clero de la Iglesia católica. En los años precedentes, Newman había sido frecuentemente acusado y había aceptado estas calumnias con un espíritu de penitencia, dejando su refutación para un futuro en el cual se habrían apagado resentimientos personales. Pero las acusaciones de 1864 fueron de naturaleza diversa y no tocaron solamente su vida personal, por esto sintió el deber de defenderse con el objeto de defender al clero católico y a la misma Iglesia católica. Escribe al respecto: “Aunque el deber hacia mi propia fama me hubiera permitido dejar sin contestación un alegato tan detallado contra mi moralidad, el deber hacia mis hermanos en el sacerdocio católico me habría impedido tomar semejante decisión. Mis hermanos sacerdotes se veían envueltos en las acusaciones que este escritor tan confiada y pertinazmente había formulado desde el primer texto aparecido en la revista hasta el último párrafo del folleto […] al exculparme a mí mismo, no prolongaba una mera disputa personal. Ofrecía mi humilde contribución a una causa sagrada. Hacía una declaración a favor de un inmenso número de hombres de gran categoría, de mente religiosa y honesta, de un honor delicado; hombres que tenían su puesto y sus derechos en este mundo, aunque fueran ministros del mundo invisible; hombres que mi acusador había insultado […] no solo en mi persona de sacerdote sino directa y expresamente en la de ellos. Inmediatamente me puse a escribir la “Apología pro vita sua”[10].

Oxford

El 10 de abril de 1864, Newman comienza su trabajo. Le bastan solamente diez semanas para recorrer la propia vida hasta la conversión: “un esfuerzo intelectual, emocional y también físico intensísimo, del cual nace un texto de singular poder evocativo, un extraordinario documento histórico y humano que nos permite entrar en relación directa con una personalidad fascinante”[11]. En el volúmen 21 de sus “Letters and Diaries”, Newman señala que escribe “desde la mañana hasta la noche, casi no teniendo tiempo para las comidas”[12]. Sirviéndose de numerosos documentos y cartas todavía en su poder, con la colaboración de muchos amigos, tanto anglicanos como católicos y con la ayuda de una memoria extraordinaria, Newman consigue reconstruir detalladamente la historia, los orígenes y el desarrollo de sus convicciones religiosas. Cada jueves por siete semanas consecutivas, viene publicada una parte del texto. Con algunas modificaciones, éstas partes forman la “Apología pro vita sua” publicada sucesivamente también en libro.

La característica

La “Apología” es una autobiografía de tipo particular[13]. La gran acusación de Kingsley es que Newman -junto a todo el clero católico- no sería honesto y no tomaría en serio la verdad. Por esto Kingsley titula su escrito irónicamente: ¿qué cosa finalmente quiere decir el Doctor Newman?. Newman comenta: “Pregunta sobre lo que pienso, no sobre mis palabras, ni sobre mis argumentos, ni sobre mis acciones […] sino sobre la inteligencia viva, por la que escribo, discuto y obro. Quiere conocer mi mente, mis pensamientos y mis sentimientos; y tendrá una respuesta”[14]. De la acusación de Kingsley deriva la primera característica de la “Apología”: ella no es una descripción de hechos exteriores. En efecto, Newman habla raramente de su familia, de sus viajes, de su vida cotidiana. La “Apología” es la “historia de una conciencia”, es un relato de hechos interiores, en el cual Newman revela, como él mismo dice “mis pensamientos más íntimos, antes bien mi relación personal con el Creador” (“myself and my Creator”)[15]. Por esta razón la “Apología” es a veces parangonada a la autobiografía más notable de la historia de la Iglesia, esto es con las “Confesiones” de San Agustín[16]. En la “Apología”, Newman intenta narrar su historia personal. Esta historia, sin embargo, no es una presentación de sentimientos o bien de experiencias subjetivas que se reducen al límite interno del yo. Se trata por el contrario de una apasionada búsqueda de la verdad, amada por Newman desde su juventud. Tal verdad, por una parte es ciertamente personal y también subjetiva, en cuanto que el hombre individualmente la busca, la reconoce y se apropia de ella; por otra parte, ella vive en sí misma, subsiste en la propia esencia trascendente, y precisamente por esto se presenta inmutable a todos los individuos, en las más variadas condiciones de la historia universal y personal, y es buscada con gran respeto y veneración.

Como segunda característica se puede afirmar que la “Apología” es la historia de “una conciencia” que está dispuesta a someterse a la verdad, aún cuando comporte grandes sacrificios y sufrimientos. La intención con la cual Newman redacta la “Apología” es precisamente ésta: “narrar la verdad y dejar la cuestión en las manos de Dios”[17]. Newman no se esconde detrás de justificaciones, aún cuando estas pudieran perjudicarlo en su imagen: “deseo ser conocido como un hombre vivo, y no como un espantapájaros vestido con mi ropa”[18]. La tercera característica está en el hecho que la “Apología” es la historia de una peregrinación interior, la cual demuestra discretamente que una conciencia sincera y abierta a Dios no es un adversario de la Iglesia, sino su aliado más íntimo y más potente. Como ha señalado Meriol Trevor -una de las mejores biógrafas de Newman-, escribir la “Apología” fue sin duda una experiencia emocional tremenda y, por el efecto que tuvo en Newman a nivel personal, se asemejó a la experiencia de escribir el “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina”[19].

La recepción

El efecto de la “Apología” en Inglaterra fue impresionante; el libro pasó de mano en mano, fue leído en las familias, en los negocios, en el club, en los trenes. Fue recomendado a los fieles y a los hombres de buena voluntad, desde los púlpitos anglicanos como de los católicos. Numerosos diarios publicaron presentaciones y comentarios. En la opinión pública fue claro que Newman había vencido en la controversia contra Kingsley. Su integridad personal fue de nuevo reconocida. Pero no solamente esto, la “Apología” ha contribuido notablemente a la renovación de la Iglesia católica en Inglaterra. En efecto, Newman no demostraba solamente su identidad personal. Él se había hecho voz de todo el clero católico, que recuperaba un nuevo prestigio público. Se entiende por qué junto al arzobispo de Birmingham, 558 sacerdotes -cerca de la mitad del clero católico inglés de entonces- se dirigieron a Newman presentándoles sus más vivos agradecimientos. Por primera vez desde el tiempo de la Reforma, un libro de un autor católico fue recibido con entusiasmo por parte de los ingleses. La “Apología” ha destruido una serie de prejuicios profundos en la confrontación de los católicos. Gracias a éste libro el catolicismo era de nuevo una religión digna de respeto en Inglaterra[20]. También por parte de la Iglesia anglicana, la “Apología” fue acogida positivamente. Muchos anglicanos estaban maravillados; Newman en efecto, hablaba de modo muy cortés y comprensivo de su primera patria religiosa, describía su historia con gran sinceridad, y usaba un inglés tan bello que no podía no tocar el alma inglesa. El biógrafo anglicano contemporáneo de Newman, Richard Hutton, escribía al respecto: “para superar la desconfianza inglesa en las confrontaciones de la Iglesia romana, la ‘Apología’ ha contribuido más que toda otra literatura religiosa de nuestro tiempo”[21].

2. Algunas etapas de la peregrinación interior de Newman

Vamos a ocuparnos ahora del “contenido” de la “Apología”. Es claro que no es posible exponer aquí toda su riqueza, belleza y dramaticidad. Debemos en cambio contentarnos con la presentación de algunas etapas importantes de la peregrinación interior de Newman hacia la Iglesia católica.

Newman en su escritorio

La primera conversión

En la infancia John Henry Newman no ha tenido “sólidas convicciones religiosas”[22]. Su padre que era banquero, desde el punto de vista religioso era un anglicano mediocre. La madre, también anglicana, buscaba introducir a sus hijos en la lectura de la Biblia, pero practicaba una religiosidad de sentimientos y no de convicciones de fe. El joven Newman pues, no tenía una fe verdadera y propia; de éste modo narra en la “Apología” haber copiado versos franceses tal vez de Voltaire, dónde se niega la inmortalidad del alma y “haberme dicho a mí mismo, ¡es tremendo pero es lo más probable!”[23]. Pero Dios llamó a la conciencia del joven estudiante. La experiencia que hace a la edad de quince años fue el primer gran cambio de su vida interior, la “primera conversión”, como amaba llamarle. Sobre esta experiencia escribe: “cuando tenía quince años (en el otoño de 1816) se produjo en mí un gran cambio interior. Caí bajo la influencia de un credo definido y recibí en mí intelecto la marca de lo que es un dogma, que gracias a Dios nunca se ha borrado ni oscurecido”[24]. ¿Cómo se produjo éste gran “cambio de pensamientos” y cuáles fueron las consecuencias? En el verano de 1816 Newman, permaneciendo en la escuela de Ealing (Londres) a causa de una enfermedad y de dificultades económicas en la familia, lee el libro “Force of Truth” de Thomas Scott, un ferviente y notorio calvinista. Este libro tuvo un grandísmo influjo sobre el alma de Newman.

Lo guió ante todo a una gran certeza de dos modos: por una parte, le hizo entender la variedad de las cosas de éste mundo. Confiesa que la experiencia de 1816 tuvo el efecto de: “aislarme de las cosas que me rodeaban, en confirmar mi desconfianza hacia la realidad de los fenómenos materiales, y en hacerme descansar en el pensamiento de dos y solo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador”[25]. Por otra parte, Newman hizo propias dos frases del libro de Scott que habían de caracterizar toda su vida: “la santidad antes que la paz” y “el crecimiento es la única prueba de que hay vida”[26]. La primera conversión de Newman entonces no fue de naturaleza sentimental como era habitual entre los evangélicos de este período. Se trataba de un cambio de pensamientos que lo guiaba a un credo bien definido y a una firme voluntad de crecimiento en la fe y en la virtud, con el objeto de encontrar la vida y la santidad. Este “cambio de pensamiento”, característico en la conversión de Newman es de tono paulino: “no tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,2). El cristianismo para Newman, no es cuestión de puros sentimientos, sino de convicciones y pensamientos que deben convertirse en realidad vivida. Veremos ahora el alacance de ésta intuición del joven Newman.

El descubrimiento de la Tradición

Después de los estudios en el Trinity College de Oxford, Newman decide convertirse en ministro de la Iglesia anglicana y profesor (fellow) de Oriel College. En el mundo intelectual de Oxford se pone en contacto con muchas personalidades que lo influenciarán de varios modos. De gran importancia para su desarrollo religioso fue la profunda amistad con Hurrel Froude y John Keble. Ambos pertenecían a la high-church  de la Iglesia anglicana, que, a diferencia del movimiento evangélico y del liberal, subrayaba la importancia de la Tradición y la independencia de la Iglesia del Estado. Bajo su influjo Newman recibe, por ejemplo, la fe en la presencia real de Cristo en la eucaristía, la doctrina de la sucesión apostólica, el valor de la virginidad y una cierta veneración de la Virgen María. En las vacaciones de 1828, Newman comenzó a leer en orden cronológico los Padres de la Iglesia, comenzando por Ignacio de Antioquía y Justino. Estos estudios se convertirán para él en la llave para descubrir la plenitud de la revelación cristiana. Había ya estudiado profundamente la Escritura y la conocía en gran parte de memoria. Desde este momento se le abrió también el tesoro de la Tradición testimoniado por los Padres de la Iglesia. Newman estaba particularmente fascinado por la escuela de Alejandría, sobre todo con la filosofía de Clemente y Orígenes. Aprendió de ellos el llamado “principio sacramental”, que completaba el “principio dogmático” de su primera conversión y que estaba ya de algún modo presente en su alma.

A propósito de Clemente y de Orígenes, señala: “Algunas partes de su enseñanza, magníficas en sí mismas, sonaban como música a mi oído interior, en respuesta a ideas que, con poca base externa para estimularlas, ya había alimentado durante mucho tiempo. Estas ideas se apoyaban en el principio místico o sacramental, y postulaban distintas revelaciones de lo eterno. Entendí que esos pasajes significaban que el mundo visible, físico o histórico, no eran sino una manifestación a nuestros sentidos de realidades mayores. La naturaleza era una parábola, la Escritura una alegoría y la literatura, filosofía y mitología paganas, debidamente entendidas, no eran sino una preparación del Evangelio”[27]. En este período Newman comienza además a ver, que la Iglesia primitiva era el auténtico exponente de las doctrinas del cristianismo y la base de la Iglesia de Inglaterra. Estudiaba así, con entusiasmo el desarrollo de la doctrina de los primeros siglos cristianos. El resultado de tal estudio fue su primera gran obra que lleva por título: “The Arians of the fourth Century” (1833). Sin embargo, mientras Newman descubre la doctrina de los Padres, ve crecer el influjo del liberalismo en Oxford y en toda Inglaterra. Turbado por este contraste y fatigado por el trabajo, emprende junto a su amigo Hurrel Froude un viaje a través del Mediterráneo, visitando Italia y diversas islas. Durante este viaje, en julio de 1833, encontrándose en Sicilia, cayó gravemente enfermo; en su lecho de convalecencia junto a un sirviente pronunció aquellas emblemáticas palabras: “No voy a morir, porque no he pecado contra la luz”[28]. Newman no ha llegado a saber jamás que querían decir exactamente éstas palabras. Parece de cualquier modo que había experimentado la llamada de Dios a una fe más radical. Después de algunas semanas ya restablecido, dijo a su amigo servidor: “Tengo una misión que cumplir en Inglaterra”[29].

El Movimiento de Oxford

Algunos días después del retorno de Newman a Inglaterra, John Keble predicó en la iglesia universitaria de Santa María, de la cual Newman era párroco, un sermón que fue publicado con el título “Apostasía Nacional”. Keble afirmó que a causa del influjo del liberalismo, Inglaterra había perdido la fe y tenía necesidad de una segunda y mejor Reforma, con el objeto de reencontrar la fe auténtica de los primeros siglos. Newman ha considerado siempre éste sermón como el nacimiento del Movimiento de Oxford. Tal Movimiento cultivó la intención de renovar el anglicanismo en el espíritu del crsitianismo primitivo. Como guía del Movimiento, no había un comité -“los movimientos vivos no nace de comités-”[30], sino de algunas personalidades como Newman, Keble, Froude y otros amigos que tenían las mismas convicciones[31]. Ellos difundían sus pensamientos a través de conferencias y sermones, y ante todo a través de las publicaciones que llamaban “Tracts” (“panfletos”) y que llegaron a identificar al movimiento con el nombre de “Tractariano”. El trabajo de años del teólogo inglés James Tolhurst, nos ha proporcionado la primer edición crítica de estos textos, indispensables para conocer el espíritu y la doctrina del “movimiento tractariano”[32].

Estos volantes o panfletos de carácter y contenido diverso, tuvieron un inmenso influjo en la Universidad de Oxford, pero también en las familias, donde el rol de las mujeres fue determinante, como lo ha demostrado un exhaustivo estudio de Joyce Sugg sobre el “círculo femenino de Newman”[33]. Eran distribuidos personalmente en reuniones sociales y comentados según la oportunidad. Su influjo fue tan potente que alcanzó a todas las regiones de Inglaterra, incluyendo la ciudad y el campo. Tres principios han distinguido al Movimiento de Oxford: el primero y fundamental era el principio antidogmático que había ya caracterizado a la primera conversión de Newman. “Mi batalla era contra el liberalismo, que representaba para mí el principio antidogmático y sus desarrollos […] Desde los quince años, el dogma ha sido el principio fundamental de mi religión. La religión como mero sentimiento me parece algo ilusorio y una burla. La existencia objetiva de verdades religiosas fue el principio fundamental del movimiento de 1833”[34].

El segundo principio era el llamado sacramental, es decir, la convicción de que existe una iglesia visible, con ritos sacramentales que constituyen los canales de la gracia invisible, y con obispos que son los sucesores de los apóstoles[35]. Por esto el movimiento de Oxford subrayaba la importancia de una sana disciplina, ante todo, la necesidad de obedecer al obispo. La desobediencia al obispo, representante de Cristo, era juzgada, en la línea de Ignacio de Antioquía, como fidelidad a Cristo mismo. De este modo, se entiende por qué Newman tuvo el máximo respeto por su obispo: “Mi obispo era mi Papa. No reconocía otro. Era el sucesor de los apóstoles y vacario de Cristo”[36].

El tercero era el principio “anti-romano”. A causa de sus convicciones los lideres del movimiento de Oxford fueron rápidamente acusados de papismo. Pero ellos combatían contra tal acusación distanciándose decididamente de la Iglesia de Roma. Siguiendo los principios indiscutibles de toda la iglesia anglicana de entonces, también Newman creía firmemente “que el Papa era el anticristo”, y que la Iglesia de Roma estaba vinculada a la causa del anticristo en el Concilio de Trento[37]. En conciencia, Newman se sentía con el deber de protestar contra Roma y de defender su identidad anglicana.

Ejemplar de la Apología (1864)

La Teoría de la Vía Media

Por estos años Newman buscaba profundizar el fundamento teológico de la Iglesia anglicana y desarrollaba, a partir de los grandes teólogos anglicanos, la teoría de la “Via Media” para lo cual había escrito dos “Tracts” el 38 y el 41. Según ésta teoría, los protestantes habían rechazado algunas verdades de fe, mientras los católicos se supieron alejar de la fe a causa de añadidos y de errores del medioevo. Los anglicanos por el contrario habían conservado la fe verdadera y originaria de la Iglesia de Cristo y de los Padres[38]. Newman estaba muy convencido de su causa: “en la primavera de 1839 mi posición en la iglesia anglicana estaba en su apogeo. No temía la controversia, sentía una confianza inexpugnable en mis ideas y había logrado un gran éxito, al recomendarlas a otros”[39]. En el verano de 1839, sin embargo le vinieron las primeras dudas acerca de la teoría de la “Vía Media”. Estaba estudiando la historia del siglo V y descubría reflejado el cristianismo de los siglos XVI y XIX. “Vi mi rostro en el espejo: yo era un monofisita. La Iglesia de la “Vía Media” ocupaba el lugar de la comunión oriental; Roma estaba donde está ahora; los protestantes eran los Eutiquianos”[40]. Dos años después hizo una experiencia similar, estudiando la historia del arrianismo, sin quererlo, le viene a la mente que los arrianos puros eran los protestantes, los semiarrianos eran los anglicanos y Roma era siempre la misma en ese momento como hoy. Newman se da cuenta que la verdad no estaba en la “Vía Media”. Por eso escribe al respecto: “había visto la sombra de una mano en la pared. Pero todavía tenía muchas cosas que aprender en la cuestión de las iglesias, y tal vez recibiera alguna nueva luz. Quién ha visto un fantasma no vuelve a ser nunca el de antes. Los cielos se habían abierto y vuelto a cerrar. Por un momento había tenido la idea de que después de todo, la Iglesia de Roma es quién tiene razón, para luego desvanecerse. Mis antiguas convicciones continuaban como antes”[41].

Algunos fieles guiados espiritualmente por Newman, comenzaron sin embargo a convertirse a la Iglesia católica afirmando que la Iglesia anglicana se había deformado radicalmente por el protestantismo. El fundamento del anglicanismo, los llamados 39 artículos parecían protestantes. Por eso Newman buscó dar a estos 39 artículos, que en sí mismos no son del todo unívocos, una interpretación católica. Ese fue el Tract 90, aparecido en 1841, en la Fiesta de la conversión de san Pablo, como el último y el más famoso del Tracts del Movimiento de Oxford[42]. Pero las reacciones por parte de las autoridades anglicanas fueron una gran desilución para Newman: su obispo tenía una serie de objeciones; los otros obispos anglicanos para no expresar una condena formal, se distanciaron decididamente del Tract 90 y prohibieron a Newman que publicara otros Tracts. De este modo, mientras Newman se empeñaba con todas sus fuerzas en hacer redescubrir en la Iglesia anglicana los elementos católicos, la jerarquía de su iglesia se alejaba expresamente de estos. Al mismo tiempo los obispos se declaraban favorables al nombramiento de un obispo anglicano para Jerusalén, con jurisdicción también sobre los fieles protestantes. Newman veía en esta decisión un paso de la Iglesia anglicana hacia el protestantismo y sentía la obligación de hacer sentir su voz: “protesto aquí solemnemente contra la medida arriba mencionada y la rechazo en cuanto suprime los fundamentos actuales de nuestra Iglesia y tiende a descomponerla”[43].

La búsqueda de un nuevo fundamento

Newman había entendido que la teoría de la “Vía Media” no era competente y en realidad, no existía. Desde final de 1841, como miembro de la Iglesia anglicana, se encontraba “sobre el lecho de muerte”[44]. Después de los acontecimientos arriba mencionados, renunciaba a su puesto en el movimiento de Oxford, pero no pensaba de ningún modo abandonar su amada Iglesia de Inglaterra y de pasar a Roma. Algunas de sus antiguas objeciones contra Roma, en efecto, eran para él más fuertes que nunca. Por otra parte confiesa: “A pesar de mis muy arraigados temores respecto a Roma, a pesar de la explícita reprobación de mi conciencia contra sus prácticas, a pesar de mi cariño entrañable por Oxford y Oriel, abrigaba yo un secreto amor por Roma, la madre de la cristiandad inglesa y tenía una auténtica devoción por la Bendita Virgen María”[45]. Con el objeto de encontrar luz para su camino, Newman se retiraba -junto a algunos amigos- a Littlemore, una pequeña aldea junto a Oxford, que formaba parte de la parroquia universitaria de St Mary’s que le era tan querida. El mundo protestante del anglicanismo lo perseguía a través de los diarios. Newman fue acusado de construir un monasterio “anglo-católico”[46], o bien de estar ya “al servicio del enemigo”[47], y de criar en Littlemore un “nido de papistas”[48]. En realidad, Newman era obediente a su obispo quién estaba informado cuidadosamente acerca de su situación, al mismo tiempo detenía a otros en su intento de pasar a la Iglesia católica.

En cuanto a la búsqueda de un nuevo fundamento, Newman se dejaba guiar por algunos principios. Ante todo se empeñaba en cumplir fielmente su deber: “Yo había resuelto este gran problema diciendo: haz lo que veas que tienes obligación de hacer en tu estado, y deja que tus hechos hablen por ti; habla con hechos”[49]. Así lo hizo. En 1843, habiendo entendido que la veneración a la Virgen María y a los Santos no impedían al hombre entrar en una relación directa con su Creador[50], hizo dos pasos muy significativos: en febrero publica una retractación de todos los duros ataques contra la Iglesia de Roma; en septiembre renunció, con profundo dolor a su cargo de párroco de St Mary’s y ministro de la Iglesia anglicana, y dicide servirla como laico[51]. Newman había elegido ocuparse, ante todo de su propia alma y no de otras personas. En una oportunidad vino una mujer a consultarlo sobre una cuestión acerca de la verdadera Iglesia. Pero Newman no tuvo una respuesta para ella. Escribe al respecto: “no negaré que mi actitud, en ese caso y otros, pudiera parecer egoísta, pero era un egoísmo religioso. Yo veía con toda claridad cual era mi deber. Los santos pueden sanar a otros, pero mi caso era de los de ‘médico, cúrate a ti mismo’. Mi primera preocupación era mi propia alma”[52].

En los años de Littlemore, Newman no podía guiar a otros fieles, debía llegar a la propia “certeza”. Con una profunda capacidad para expresar su propio estado de conciencia, explica: “mi insatisfacción iba en aumento pero al principio me resultaba difícil darme cuenta del punto en que la turbación era ya tan grande que no se podía reducir. La certeza es instantánea, se da en un momento concreto; la duda, en cambio, es un proceso. Yo, todavía no andaba cerca de la certeza. La certeza es una acción refleja, es saber que uno sabe. Y eso es algo que no tuve hasta poco antes de mi conversión”[53].

El drama de la conversión

En los últimos meses antes de la conversión Newman debió luchar contra dos sutiles tentaciones: la primera consistía en el miedo de estar engañándose, notando que los otros líderes del movimiento de Oxford no compartían su postura. “Mi problema era este: me habían engañado ya una vez en algo muy serio. ¿Cómo podía estar seguro ahora de que no me iban a engañar por segunda vez. La primera vez creía estar en lo cierto, ¿cómo estar seguro de que estoy en lo cierto ahora? ¿qué prueba interior tenía yo de que iba a cambiar de nuevo después de hacerme católico?[54] Newman sabía que éste estado de incertidumbre debía confiarse a alguien más poderoso que él y lo hizo.

La segunda tentación estaba ligada al amor “pastoral” de Newman. Como párroco de St Mary’s había guiado a muchas personas hacia una vida cristiana fiel a los principios de la Iglesia anglicana. Si dejaba esta Iglesia -así pensaba él- todas estas personas podían escandalizarse y extraviarse: “lo que me mata es la confusión, la inquietud, alarma y escepticismo que provoco en muchos”[55]. Newman informaba a muy pocas personas sobre su crisis de conciencia, precisamente porque no quería ser causa de confusión: “si algo me horrorizaba era la posibilidad de andar sembrando dudas e incertidumbres en las conciencias, sin necesidad”[56]. Estas dos tentaciones eran muy dolorosas para Newman, sin embargo él continuaba su búsqueda. A finales de 1844 Newman toma la decisión de escribir un “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina”. En éste estudio profundiza la cuestión crucial, esto es, si las recientes enseñanzas católicas eran agregados a la doctrina de la Iglesia primitiva o bien desarrollos orgánicos de tal doctrina. El trabajo sobre éste argumento, publicado luego con el título “An Essay on the Development of Christian Doctrine”, fue decisivo para el futuro de Newman, como se desprende del siguiente pasaje de la “Apología”: “a medida que avanzaba, mis dudas se iban disipando, de tal manera que dejé de hablar de ‘católicos romanos’ para decir simplemente ‘los católicos’. No había llegado al final, cuando decidí convertirme; el libro está hoy como quedó entonces, sin terminar”[57]. El hecho que el libro haya permanecido incompleto, prueba de modo ejemplar la gran fidelidad de Newman a la voz de su conciencia. Cuando hubo comprendido cual era su deber, lo puso rápidamente en práctica sin ulteriores dilaciones.

El 8 de octubre de 1845, el día antes de la conversión, Newman escribe a varios amigos una carta en la cual informa brevemente que espera ese mismo día la llegada del P. Domingo de los Pasionistas. Continuaba la carta con estas palabras: “es un hombre sencillo y santo; con talentos muy especiales. No sabe nada de mis intenciones, pero me propongo pedirle que me reciba en el único rebaño de Cristo”[58]. Para Newman la conversión a la Iglesia católica no fue una ruptura en su vida, sino la consecuencia lógica de la primera conversión en 1816.

Oriel college

Actualidad

Como conclusión, intento recoger brevemente la actualidad y el valor permanente de la “Apología”. Entre tantos aspectos me limito solamente a tres.

*Ante todo la “Apología” nos presenta una persona que tiene el coraje de dejarse guiar por la fe, semejante a una estrella luminosa durante un viaje en la noche. Desde la primera conversión, la vida de Newman ha estado caracterizada por una fe profunda y sincera en Dios, una fe que se ha purificado y madurado en los años sucesivos. La fe ha iluminado su conciencia y, a través de la conciencia, sus pensamientos, sus palabras, sus elecciones. De tal modo la fe se ha convertido en una realidad vivida, con tantas consecuencias prácticas en la vida. La fe, para Newman, no es un sentimiento, una opinión, una idea abstracta; ella vuelve nuestra mirada más allá de nosotros mismos y nos deja entrar en el mundo de Dios; la fe es aquella “Kindly Light” que nos conduce, paso a paso, hacia la plena realización de nuestra vocación. El mundo de hoy tiene necesidad de testigos valientes de la fe, a ejemplo de Newman. Son éstos testigos los que dan al mensaje cristiano una particular credibilidad; con su palabra y enseñanza hecha vida, pueden resistir a las ideologías del racionalismo, del sentimentalismo y del liberalismo religioso, y son capaces de atraer a hombres y mujeres que buscan el sentido de la vida[59].

*Además la “Apología” nos presenta un buscador apasionado de la verdad del cristianismo y de la Iglesia de Cristo. En ésta búsqueda no se deja influenciar por determinadas teorías filosóficas (idealismo, positivismo, etc) razón por la cual tantos buscadores del pasado y del presente han encontrado y encuentran un cristianismo “deformado”. Newman no quiere someter nada a preconceptos, sino que se deja guiar por la conciencia y por las fuentes mismas de la fe. Por éste camino comprende siempre más la naturaleza sacramental de la Iglesia y su catolicidad que se extiende a todos los pueblos de todo tiempo. Consigue superar poco a poco los límites de una Iglesia ligada al Estado, y para encontrar su verdadero rostro, se vuelve al pasado, a los Padres de la Iglesia. No se exagera cuando se afirma la importancia que tuvieron los Padres en la peregrinación interior de Newman. Él mismo confiesa: “los Padres me hicieron católico” (“The Fathers made me a Catholic”)[60]. Para descubrir y redescubrir el verdadero rostro de la Iglesia, también nosotros debemos superar el “chaleco de fuerza” de teorías puramente sociológicas, naturalistas o bien nacionalistas y abrirnos a las fuentes de la fe; debemos ponernos a la escucha de los grandes de la historia, ante todo de los Padres de la Iglesia.

*Finalmente, la “Apología” tiene también una gran importancia ecuménica. Nos enseña que la conversión es el corazón de todo verdadero empeño ecuménico. Que es menester superar, en una búsqueda sincera y común, los malos entendidos y los prejuicios que se han formado las diversas comunidades eclesiales. También que es necesario eliminar en cuanto sea posible los abusos y los contrastes entre doctrina y vida, entre teoría y praxis. Por último, que se debe buscar, profundizar y obedecer a la verdad revelada sin compromisos, sin miedos, sin dejarnos condicionar por proyectos muy humanos. Alguien podría pensar ¿no habría sido mejor para Newman permanecer en la comunidad anglicana y empeñarse por su unión con Roma? De este modo habría podido trabajar, contra la voluntad de los obispos, por la catolización de la Iglesia anglicana, pero habría perdido su integridad personal y actuado contra el imperativo de su conciencia; en fin habría perdido también su influjo. Dejar la Iglesia anglicana, no ha sido fácil para Newman. Él amaba a su Iglesia, amaba Oxford y a Oriel, amaba su familia y a sus amigos. Pero la llamada de su conciencia era más fuerte que todo vínculo humano. En esta llamada reconocía la voluntad de Dios. Para Newman era evidente que, no obstante todos los argumentos humanos estamos siempre llamados a seguir la verdad. En éste sentido él es una figura eminentemente ecuménica.

Concluyamos con unas palabras del P. Hugo de Achaval, que fue pionero de los estudios newmanianos en Argentina: “Hoy, como al tiempo de su aparición, la “Apología” se identifica con su autor. Para muchos de nuestros contemporáneos, Newman no es más que eso. De ella saben ser uno de los pocos escritos autobiográficos que haya superado la prueba del tiempo, no ser un libro fácil y ameno, y tener en ella lo anecdótico poca o ninguna parte de relieve. Si se es capaz de un esfuerzo sostenido, su lectura es su propia recompensa”[61].

Newman

Notas de referencia

[[1]] John Henry Newman, “Apologia pro Vita sua. Being a history of his religious opinions”, Edited, with an introduction and notes by Martin J. Svaglic, Oxford: Clarendon Press, 1990, pp. 211; (en adelante citamos: Apo. [la traducción es nuestra]).

[[2]] Joseph Kardinal Ratzinger, “Newman gehört zu den grossen lehrern der Kirche”, John Henry Newman. Lover of Truth, Academic Symposium and Celebration of the first Centenary of Death of John Henry Newman, Edited by Maria Katharina Strolz and Margarete Binder, Rome: Urbaniana University Press, 1991, pp. 141-146.

[[3]] “Insegnamenti di Paolo VI”, Editrice Vaticana, Città del Vaticano, vol. 1 (1963), p. 269.

[[4]] Ricardo M. Mauti, “La unidad de la Iglesia en John Henry Newman”, Buenos Aires: Agape, 2018, 528 pp.

[[5]] Cf. Ricardo M. Mauti, “Newman, peregrino de la verdad. Un camino teológico-espiritual”, Buenos Aires, Agape, 2011, pp. 162-172.

[[6]] Puede verse: Ricardo M. Mauti, “Newman el hombre más peligroso de Inglaterra”, [en línea]: https://www.religiondigital.org/pensar_un_cristianismo_incomodo-_ricardo_mauti/Newman-hombre-peligroso-Inglaterra_7_2823687609.html

[[7]] Keith Beaumont, “The Oratory”, en Frederick D. Aquino & Benjamin J. King (eds.), “The Oxford Handbook of John Henry Newman”, Oxford: Oxford University Press, 2018, pp. 40-44.

[[8]] Apo. p. 2.

[[9]] Apo. p. 3.

[[10]] Apo. p. 4.

[[11]] Luca Obertello, “Introduzione”, p. IX, en John Henry Newman, “Apologia pro vita sua” (trad. Italiano de M. Guidace e G. Velocci), Milano: Jaca Book, 1995, p. X.

[[12]] “The Letters and Diaries of John Henry Newman”, edited by Charles S. Dessain, vol. XXI, London: Thomas Nelson, 1970, p. 103; (en adelante citamos LD).

[[13]] Puede verse un detallado estudio de: Jan Marten Ivo Klaver, “The Apologia”, en Frederick D. Aquino, Benjamin J. King (eds.), “The Oxford Handbook of John Henry Newman”, pp. 466-470.

[[14]] Apo. p. 12.

[[15]] Apo. p. 18.

[[16]] “Newman’s autobiography was not only the culmination of the English Protestant tradition but also bears marked resemblances to the famous of all spiritual autobiographies, the ‘Confessions’ of St Augustine”, Ian Ker, “Introduction”, p. XXVI, in John Henry Newman, “Apologia pro vita sua”, London: Penguin Books, 1994.

[[17]] LD XXI, p. 103.

[[18]] “I wish to be known as a living man, and not as a scarecrown which is dressed up in my clothes”, Apo. p. 12.

[[19]] Meriol Trevor, “Newman. Light in winter”, II, London: Macmillan & Co. LTD, 1962, p. 341.

[[20]] Ian Ker, “Introduction”, op. cit., pp. XIX-XX.

[[21]] Richard H. Hutton, “Cardinal Newman”, London: Methuen & Co., 1891, p. 231.

[[22]] Apo. p. 15.

[[23]] Apo. p. 17.

[[24]] Apo. p. 17.

[[25]] Apo. p. 18.

[[26]] “Holiness rather than peace”, “Growth the only evidence of life”, Apo. p. 19.

[[27]] Apo. p. 36.

[[28]] “I shall not die, for I have not sinned against light, I have not sinned against light”, Apo. p. 43.

[[29]] “I have a work to do in England”, Apo. p. 43.

[[30]] Apo. p. 46.

[[31]] Sobre las personalidades del movimiento de Oxford, puede verse: Sheridan Gilley, “Keble, Froude, Newman, and Pusey”, en Stewart J. Brown, Peter B. Nockles, James Pereiro (eds.), “The Oxford Handbook of the Oxford Movement”, Oxford: Oxford University Press, 2017, pp. 97-110.

[[32]] John Henry Newman, “Tracts for the Times”, with an Introduction and notes by James Tolhurst DD., Leominster, Gracewing, 2013.

[[33]] Cf. Joyce Sugg, “Ever yours affly. John Henry Newman and his female circle”, Leominster, Gracewing, 1996, pp. 53-121.

[[34]] Apo. p. 54.

[[35]] Puede verse: George Westhaver, “Mysticism and Sacramentalism in the Oxford Movement”, en “The Oxford Handbook of the Oxford Movement”, pp. 255-270.

[[36]] “My own Bishop was my Pope; I knew no other; the successor of the Apostles, the Vicar of Christ”, Apo. p. 56.

[[37]] Apo. p. 57.

[[38]] Cf. Ricardo M. Mauti, “La unidad de la Iglesia en John Henry Newman”, pp. 217-234.

[[39]] Apo. p. 91.

[[40]] Apo. p. 108.

[[41]] Apo. p. 130.

[[42]] Tract 90 “Remarks on certain passages in the thirty-nine articles”, op. cit., 383-475.

[[43]] Apo. p. 135.

[[44]] “From the end of 1841, I was on my death-bed”, Apo. p. 137.

[[45]] Apo. p. 152.

[[46]] Apo. p. 159.

[[47]] Apo. p. 162.

[[48]] Apo. p. 162.

[[49]] Apo. p. 195.

[[50]] Apo. p. 177.

[[51]] Apo. pp. 181-182.

[[52]] Apo. pp. 197-198.

[[53]] Apo. p. 195.

[[54]] Apo. p. 205.

[[55]] Apo. p. 206.

[[56]] “If there is any thing that was abhorrent to me, it was the scattering doubts, and unsettling consciences without necessity”, Apo. p. 194.

[[57]] Apo. p. 211.

[[58]] Apo. p. 211.

[[59]] En este sentido ha citado Juan Pablo II a Newman junto a otros maestros del pensamiento en su Encíclica “Fides et Ratio” (14/9/1998) n. 74.

[[60]] John Henry Newman, “Certain Difficulties felt by Anglicans in Catholic Teaching”, I, p. 179, 379; II, p. 24.

[[61]] Hugo de Achaval, “La Apología de Newman (Cien años después, 1864-1964)”, Stromata, Año XXI nn. 3-4, (1965), p. 449.

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