La Ceniza de la Esperanza

La ceniza revela la hipocresía de prácticas religiosas que no tocan las injusticias

La ceniza no habla solo de la fragilidad biológica de nuestra corta vida terrena, sino también del destino de una existencia sin otros. Ceniza es el infierno sin prójimo, la pasión inútil de una vida sin amor. Es el destino de la soberbia, de los imperios de pies de barro, de las torres de Babel tecnocráticas y de las religiones convertidas en casta.

Pero también es signo de esperanza. Porque las Bienaventuranzas proclaman la dignidad de quienes han sido hechos polvo por este mundo. Porque Cristo ha vencido la muerte y ha transformado el fracaso en promesa.

cenizas de conversión
cenizas de conversión | P&P

Introducción: la Ceniza como profecía

El Miércoles de Ceniza tiene una función provocativa, desestabilizante: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19) o “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1,15). Si pensamos que es un monótono ritual tranquilizador, es que no entendemos nada. En un mundo que absolutiza el éxito, la técnica y el individualismo mientras domestica la religión como refugio burgués para el alma, la ceniza es una provocación profética, una herida que llama a la conversión sin anestesia.

La ceniza no habla solo de la fragilidad biológica de nuestra corta vida terrena. Habla también del destino de una existencia que se construye negando/ignorando al otro. Ceniza es el infierno sin prójimo, la pasión inútil de una vida sin amor. Cuando la relación se sustituye por el dominio, cuando la fraternidad se reemplaza por la competencia despiadada y la ostentación que humilla, la vida se vuelve irremediablemente efímera.

El Miércoles de Ceniza es un juicio luminoso sobre nuestras idolatrías personales, sociales y religiosas. Y al mismo tiempo, un anuncio de esperanza que es un don gratuito.

Cenizas de Esperanza
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I. Ceniza: destino de la soberbia y de los imperios de pies de barro

La Escritura no esconde la ceniza bajo la alfombra de la historia. La revela. Por eso no es ingenua respecto del poder humano. El libro de Daniel describe imperios grandiosos con pies de barro (Dn 2,33-34). La imagen muestra estructuras que parecen indestructibles, pero cuya base es frágil. Toda soberbia histórica acaba reducida a polvo.

La torre de Babel (Gn 11) es otro símbolo potente: la humanidad que quiere “alcanzar el cielo” para usurpar la divinidad termina confundida. Las torres tecnocráticas contemporáneas —que prometen salvación a través del mercado o de la eficiencia sin ética— no son muy distintas. Cuando la técnica se convierte en absoluto y el beneficio egoísta en dogma, el resultado tarde o temprano será guerra y ceniza.

El Concilio Vaticano II advirtió que los desequilibrios del mundo proceden de un desorden más profundo en el corazón humano (Gaudium et Spes, 10). Ese desorden es la soberbia: vivir como si Dios no existiera y como si el hermano no importara. La consecuencia no es solo espiritual, sino histórica: estructuras de pecado que generan exclusión y muerte.

¿Pueden nuestras naciones celebrar ritos penitenciales mientras sostienen economías construidas sobre siglos de explotación colonial, extracción de recursos y deuda impagable? ¿Podemos ayunar tranquilamente mientras millones pasan hambre por un sistema global que beneficia a unos pocos?

Ceniza es el destino de las naciones que basan su riqueza en siglos de explotación y niegan supervivencia a los migrantes. Ceniza será la herencia de los poderosos que levantan su bienestar sobre la precariedad ajena. Puede que las cifras macroeconómicas hoy les sonrían; pero la historia tiene una memoria que aguarda desenlaces climáticos y sociales apocalípticos: “Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! Porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis” (Lc 6,24)

La fe cristiana conlleva “hacerse cargo de la realidad”. Y la realidad nos muestra que la prosperidad de unos pocos ha sido posible gracias al sufrimiento de muchos. La ceniza nos recuerda que ningún poder es eterno y que toda injusticia deja heridos. Cuanto peor la combustión social, mayores son los “residuos” humanos.

Cenizas
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II. Ceniza y religión: cuando lo sagrado se vuelve casta

El riesgo no se limita a la política o a la economía. También la religión puede volverse ceniza anticipada cuando busca dominar. Jesús fue implacable: “No será así entre vosotros; el que quiera ser grande, que sea vuestro servidor” (Mt 20,26).

Sin embargo, la historia presenció religiosidades que se autoproclaman sagradas para dominar al pueblo y no están dispuestas a cambiar un ápice por más que anuncien rimbombantes sinodalidades. Castas que monopolizan lo divino, infunden temores reverenciales y amenazan con fuegos eternos mientras se encumbran a sí mismas. Estos clericalismos, aunque reciten salmos y latines, ya tienen su veredicto evangélico si no se convierten.

Jesús retoma esta línea profética en el Sermón de la Montaña: “Cuando des limosna… cuando ores… cuando ayunes, no lo hagas para que te vean” (Mt 6,1-18). El problema no es la práctica religiosa, sino su motivación. El ayuno puede ser solidaridad o dieta espiritual narcisista. La limosna puede ser justicia compartida o una tranquilizante moral. La oración puede ser rumiar la misericordia de Dios o evasión piadosa de las responsabilidades con las víctimas. La ceniza también es la hipocresía de prácticas religiosas que no tocan la injusticia estructural.

La Iglesia necesita una reforma permanente para evitar esta deriva autorreferencial. La reforma es el oxígeno para que el Espíritu arda y nos consuma de Amor, si no, la iglesia hace una mala combustión. José Comblin denunciaba una religión que legitima el orden establecido en lugar de la liberación para el Reino. Cuando la institución se convierte en fin y no en medio, comienza a desfigurarse y generar la escoria del abuso.

Jesús lo advirtió en Mateo 6: ayuno, oración y limosna pueden convertirse en farsa teatral. Y en Mateo 25 sitúa el criterio definitivo: “Tuve hambre y me disteis de comer… era forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Dios se hace visible en el prójimo necesitado, solo, excluido. El rito, la mística y el entretenimiento ascético no lo remplazan, porque Dios quiere misericordia y no sacrificios (Mt. 9, 13)

III. De los huesos secos al Reino: cuando Dios sopla vida a los que se convierten de corazón

Pero la Biblia no es fatalista. El profeta Ezequiel contempla un valle de huesos secos (Ez 37). Es la imagen de un pueblo derrotado, exiliado, aparentemente acabado. Y, sin embargo, Dios revive esos huesos dados por perdidos.

El Dios de la vida hace un Pueblo con los huesos de vidas efímeras. Donde la historia ve derrota, Él ve posibilidad. Donde el mundo ve ceniza, Él sopla vida. Esto ilumina el sentido más profundo del Miércoles de Ceniza: no es anuncio de aniquilación, sino preludio de resurrección.

Las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) son la inversión radical de los criterios mundanos. Bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran. Para la lógica del éxito, son fracasados. Para el Reino, son herederos. Ceniza es también la exaltación de los fracasados según el mundo y el ocaso de quienes “la pasan bien” a costa del hermano.

La esperanza cristiana no es evasión, sino confianza en que Dios actúa a favor de los pobres que son ceniza de la historia. El Miércoles de Ceniza no celebra la derrota humana; la aprovecha mediante la conversión y el nacer de nuevo (Jn 3,3).

La figura del ave Fénix —mito antiguo de muerte y renacimiento— sirve aquí como metáfora pedagógica. Cristo asumió nuestra condición hasta el extremo, descendió a la muerte para vencerla. Lo que para la soberbia humana es fracaso, para la Pascua es comienzo de una vida plena.

El Concilio afirma que Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (Gaudium et Spes, 22). La verdadera grandeza en Él no consiste en evitar la ceniza, sino en atravesarla con amor. La cruz, que parecía fracaso absoluto, se convierte en árbol de vida y el acceso al Reino de los que viven para siempre.

Jesús rescatándonos de las cenizas de la muerte
Jesús rescatándonos de las cenizas de la muerte | P&P

Conclusión: ceniza como inicio, no como clausura

El Miércoles de Ceniza es decisión acompañada. Podemos recibir la ceniza como rito tranquilizador y continuar igual, o podemos dejar que nos convierta en comunidad de bienaventurados y samaritanos para el Reino.

Ceniza es el destino de la soberbia, de los imperios de pies de barro, de las torres de Babel tecnocráticas y de las religiones convertidas en casta. Ceniza es la existencia sin amor, la negación del otro, la indiferencia ante el sufrimiento. Esa ceniza ya comienza aquí, cuando el corazón se endurece.

Pero también es signo de esperanza. Porque el Dios de Ezequiel sopla vida sobre los huesos secos. Porque las Bienaventuranzas proclaman la dignidad de los descartados. Porque Cristo ha vencido la muerte y ha transformado el polvo en promesa. La ceniza en la frente no anuncia clausura, sino posibilidad. Nos recuerda que somos frágiles, sí, pero llamados a la fraternidad eterna.

Que esta Cuaresma no sea un ejercicio estético de penitencia, sino un proceso real de conversión. Que rasguemos el corazón y revisemos estructuras. Que desmontemos las torres de soberbia y abramos espacio al Espíritu. Nada puede quedar igual en este proceso de Misericordia expansivo.

Entonces la ceniza dejará de ser símbolo de derrota y se convertirá en semilla de nueva creación. Y el polvo, tocado por la gracia, comenzará a florecer en el Reino fraterno.

poliedroyperiferia@gmail.com

Biblia, especialmente: Joel 2,12-18. Isaías 58. Ezequiel 37. Mateo 5–7 y 25. Marcos 1,15

Concilio Vaticano II: Gaudium et Spes. Especialmente nn. 1, 10 y 22: pecado estructural, dignidad humana y Cristo como revelador del hombre al propio hombre. Lumen Gentium. Cap. II: la Iglesia como Pueblo de Dios, llamada permanente a la conversión.

Teología profética y reforma eclesial: Verdadera y falsa reforma en la Iglesia – Yves Congar. Clave para entender la reforma permanente como fidelidad al Evangelio y no como ruptura ideológica. El poder y la Iglesia – José Comblin. Análisis lúcido del riesgo de convertir la religión en sistema de poder. Teología de la liberación – Gustavo Gutiérrez. Conversión como cambio de lugar histórico y opción por los pobres. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios – Ignacio Ellacuría. La fe como responsabilidad histórica frente a estructuras injustas.

Magisterio reciente: Evangelii Gaudium – Francisco. Crítica al clericalismo, llamada a la conversión pastoral y social. Laudato Si' – Francisco. Conversión ecológica y denuncia de estructuras económicas depredadoras.

Complemento bíblico-espiritual: Jesús. Aproximación histórica – José Antonio Pagola. Para comprender el horizonte del Reino que da sentido a la conversión.

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