En la Economía de Dios no hay descartados
La parábola de los jornaleros cuestiona una economía que sabe calcula el precio del trabajo, pero olvida el valor de las personas
La parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16) es complicada a primera vista. Un propietario sale de madrugada a contratar jornaleros, vuelve a las nueve, al mediodía, a las tres y, cuando prácticamente ha terminado la jornada, sale todavía una vez más. Al anochecer ordena pagar a todos un denario. Los primeros protestan: han soportado «el peso del día y el cansancio», mientras los últimos apenas han trabajado una hora. Desde nuestra lógica económica, la protesta parece razonable. La lógica de Jesús abre la mirada: mientras unos trabajaban desde el amanecer, otros habían pasado el día entero angustiados por conseguir trabajo.
El propietario pregunta a los últimos: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?». Y ellos responden: «Porque nadie nos ha contratado» (Mt 20,6-7). No dicen que no quisieran trabajar. No reivindican el derecho a la pereza. Dicen algo doloroso: nadie los eligió. Podemos imaginar que los primeros contratados serían los más fuertes, jóvenes, conocidos o eficientes. Luego van quedando aquellos que el mercado laboral excluye. Son los sobrantes de la plaza, los descartados de aquella pequeña economía.
La parábola también es una radiografía actual. También nuestros sistemas producen descartados y para justificarse, después de excluirlos los culpabilizan de su exclusión. El parado es sospechoso de pereza; el pobre, de falta de esfuerzo; el inmigrante, de aprovecharse; quien fracasa escolarmente, de no haber trabajado bastante; quien no consigue subir en la escala social es porque no lo merece. Interesa justificar el sistema, no salvar a las personas.
Michael Sandel ha mostrado en La tiranía del mérito una de las trampas morales de la meritocracia: el vencedor puede terminar convencido de que merece íntegramente su éxito y, por una peligrosa simetría, concluir que quienes quedaron abajo también merecen su fracaso.
Un propietario que mira más allá de su viña
Jesús coloca en el centro de la historia a un propietario. Posee tierra, capital, capacidad productiva y recursos para contratar trabajadores. Pero la máxima rentabilidad de sus medios de producción es inclusiva humanamente. Su mirada alcanza más allá de los límites de su propiedad y llega hasta la plaza donde esperan seres humanos. Por eso sale una vez y vuelve a salir. Y cuando cualquier empresario sensato consideraría cerrada la contratación, él regresa todavía al atardecer.
No estamos ante una condena de la propiedad ni de la actividad empresarial. Hay algo más exigente: la propiedad queda situada dentro del horizonte del bien común. La viña debe producir, los trabajadores deben trabajar y los recursos no deben permanecer estériles, pero la finalidad última de toda esa actividad es humana. La economía está para la persona, no la persona para la economía.
Esta parábola nos recuerda la de los talentos (Mt 25,14-30). La riqueza no debe enterrarse. Y nuestra época conoce formas mucho más sofisticadas de esconder riqueza. Capital, propiedad, conocimiento, tecnología y capacidad empresarial pueden permanecer improductivamente acumulados, incluso protegidos en paraísos fiscales, mientras millones de seres humanos carecen de trabajo digno. Desde el Evangelio habría que preguntarse no solamente cuánto rendimiento proporciona una inversión, sino cuánta vida hace posible aquello que hemos recibido.
Es la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia: la propiedad privada es legítima, pero no absoluta; posee una función social porque sobre los bienes pesa el destino universal de lo creado. El trabajo no puede reducirse a mercancía y el trabajador jamás puede convertirse en simple coste de producción. La empresa cumple una función social cuando crea riqueza real, trabajo digno, bienes necesarios y posibilidades de desarrollo compartido. El problema comienza cuando los números tienen más dignidad que las personas.
Dios cuenta también las horas perdidas
La parábola está en las antípodas del economista Milton Friedman, Nobel de Economía y estrella de la Escuela de Chicago, quien argumenta que "la única responsabilidad social de la empresa es aumentar sus ganancias".
El empresario de la parábola tiene una visión más amplia y una moralidad más rentable socialmente. Cuando encuentra a los últimos a las cinco de la tarde, no contabiliza solo la hora de trabajo que todavía pueden ofrecerles. Mira las horas que llevan esperando. Los primeros soportaron el calor, ciertamente, pero desde la mañana poseían una seguridad: aquella noche regresarían a casa con un jornal. Los últimos fueron viendo pasar las horas mientras desaparecía esa esperanza e imaginaban el regreso a casa con las manos vacías.
Nosotros contamos las horas trabajadas. Dios cuenta también las horas sufridas. Quien alguna vez no se ha quedado sin trabajo, no lo entiende.
Ahí la justicia comienza a adquirir el rostro de la misericordia, no como sentimentalismo que dispensa responsabilidades, sino como capacidad de incorporar la situación del otro al juicio moral. El propietario prometió: «Os pagaré lo que sea justo» (Mt 20,4). Y al final descubrimos qué entiende por justicia: les entrega un denario, el jornal necesario para afrontar las necesidades del día.
Hay preguntas que necesitan formularse juntas: «¿Cuánto produjo?» y «¿Qué necesita para vivir dignamente?». Porque la eficiencia económica que abandona seres humanos por el camino puede ser eficiente para pocos, pero no es humana para muchos.
Por eso Francisco idenunciaba la «cultura del descarte». Hay economías capaces de producir cantidades extraordinarias de bienes y simultáneamente fabricar pobreza y destrucción climática. El Evangelio ve más: para Dios no existe población sobrante ni planeta descartable.
Cuando la misericordia molesta
Los primeros trabajadores reciben lo acordado. Nadie les roba nada. Sin embargo, protestan porque los últimos han recibido demasiado. Y el propietario desnuda el verdadero conflicto: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).
A veces no nos indigna tanto que alguien sea pobre como que reciba ayuda; no nos preocupa que esté sin trabajo digno, pero discutimos apasionadamente si merece el denario. Entonces aparecen ideologías de moda que justifican nuestra resistencia a compartir.
Jesús no elimina el esfuerzo, la responsabilidad ni el mérito; impide absolutizarlos. Porque nadie se ha dado a sí mismo su inteligencia, su familia, su salud, el país donde nació, las oportunidades recibidas o las personas que le abrieron puertas. Reconocer el esfuerzo es justo; olvidar todo lo recibido convierte el éxito en soberbia.
El final impacta: «Los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (Mt 20,16). No invierte la pirámide para que los antiguos perdedores sean vencedores. Lo que Jesús cuestiona es la lógica de una sociedad ultra-competitiva de ganadores y descartados.
Ésa es también una palabra de esperanza para nuestra Historia. Mientras haya alguien esperando en la plaza, Dios nos pide continuar saliendo: crear trabajo antes que descarte, distribuir oportunidades antes que culpabilidades, poner el capital al servicio de la vida, reconocer el esfuerzo sin olvidar las heridas, construir una economía donde producir más signifique también vivir mejor y permitir vivir a más personas.
El juicio evangélico sobre nuestras economías no pregunta solo cuánto acumulamos, cuánto crecimos o cuánto producimos, sino: «¿Quedó alguien fuera?»
Mientras tanto, la jornada no ha terminado. Todavía queda luz. Todavía podemos salir a la plaza. Y quizá la Historia comience verdaderamente a cambiar cuando comprendamos que nadie sobra en la viña de Dios.