Jesús cura nuestras cegueras para humanizar el mundo

La fe comienza cuando la luz de Cristo nos libera de las cegueras que normalizan la injusticia. Allí donde los pobres recuperan su dignidad y la misericordia vence al poder, el Reino de Dios ya está aconteciendo en la historia.

Jesús cura nuestra cegueras
Jesús cura nuestra cegueras | P&P

Introducción: ver lo que el sistema nos impide mirar

El Evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9) no es sólo un milagro individual. Habla sobre las cegueras humanas, sociales y religiosas que impiden reconocer el Reino de Dios y su Justicia.

«Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento». Jesús ve lo que otros no ven. En un mundo acostumbrado a convivir con la exclusión, su mirada se detiene en el herido condenado a vivir al margen de la sociedad. Nos parece "natural" que haya gente que sufre, que es algo que no se puede cambiar. A Jesús no.

En tiempos de Jesús, la discapacidad o la pobreza se interpretaban como consecuencia de un pecado personal o familiar. La exclusión social se justificaba con argumentos religiosos. El ciego no solo estaba privado de la vista, sino también atrapado en un sistema cultural que lo culpabilizaba por ello.

Jesús rompe esta lógica. No sólo devuelve la vista al hombre; también desmonta una forma de pensar cultural y religiosa que legitima la exclusión. El milagro se convierte así en una metáfora de la liberación de las cegueras que estructuran las sociedades humanas y generan pobreza y desigualdad, se legitiman con falsas meritocracias y responsabilizan a los propios pobres de su situación. El Evangelio invita a abrir los ojos frente a estas cegueras, ser sensibles y “no solo ayudar a los pobres, sino preguntarnos por qué hay pobres” para orientar nuestro compromiso cristiano en el mundo.

por qué se multiplica la pobreza
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I. Ver: reconocer las cegueras personales y sociales

El primer paso consiste en ver la realidad con honestidad. Un largo proceso de convertir la mirada y ser autocrítico del lugar desde donde miro. El método de la Doctrina Social de la Iglesia —ver, juzgar y actuar— comienza precisamente por este ejercicio de lucidez.

El Evangelio muestra que la ceguera más grave es creer ver con claridad y, sin embargo, permanecemos incapaces de reconocer la verdad del que sufre.

Los fariseos del relato representan esta ceguera espiritual. Se aferran a interpretaciones rígidas de la ley que les convienen para afirmar su statu quo y no pueden aceptar que la misericordia de Dios se manifieste fuera de sus esquemas de control religioso.

Cuando el hombre curado cuenta lo que ha vivido —«me puso barro en los ojos, me lavé y veo»—, los fariseos reaccionan con hostilidad. Su problema no es la falta de pruebas; es la incapacidad de aceptar una realidad que descoloca sus seguridades.

Algo similar ocurre en nuestras sociedades. Muchas veces preferimos explicaciones simplificadas que justifican las desigualdades existentes. Se dice que los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo suficiente o porque carecen de mérito o porque son unos "vivos".

Sin embargo, la Doctrina Social de la Iglesia insiste en que la pobreza no puede comprenderse únicamente como resultado de decisiones individuales. Con frecuencia es consecuencia de estructuras económicas, políticas y culturales que producen exclusión. También dentro de la Iglesia.

El papa Francisco lo expresa con claridad cuando denuncia «una economía que mata» (Evangelii Gaudium, 53). El Evangelio del ciego de nacimiento nos invita a reconocer estas cegueras colectivas que normalizan el sufrimiento humano.

II. Juzgar: el Evangelio revela la verdad sobre el ser humano

El segundo momento del discernimiento cristiano consiste en juzgar la realidad a la luz del Evangelio. En el relato de Juan, este juicio aparece como una confrontación entre dos formas de comprender a Dios y la religión.

Están quienes interpretan la fe como un sistema destinado a proteger el orden establecido y la seguridad institucional. Por otro lado, está Jesús, que revela un Dios cuya prioridad es la vida y la dignidad de las personas concretas.

La curación ocurre el sábado, lo que escandaliza a los fariseos. La transgresión del mandamiento que ellos reglamentan (para su conveniencia) invalida el milagro. Para Jesús, en cambio, el centro no es esa reglamentación sino el ser humano. Las religiones suelen inventar y defender una parafernalia de normas que Dios no ha revelado y olvidan las víctimas.

Esta tensión no pertenece sólo al pasado. El papa Francisco denunció a la Iglesia que se vuelve autorreferencial, más preocupada por preservar su propia seguridad institucional que por responder al sufrimiento del mundo.

Aquí aparece una forma de clericalismo que atraviesa la historia: una religión que se siente amenazada cuando la misericordia cuestiona sus seguridades. En tiempos de Jesús, los líderes religiosos se escandalizan de un hombre marginado que recobra la vista. En nuestro tiempo, algunos sectores eclesiales se escandalizan cuando la Iglesia insiste en la opción por los pobres.

No faltan voces que presentan esta opción como algo accesorio, de beneficencia. Sin embargo, el Evangelio muestra lo contrario. El Reino de Dios se revela precisamente allí donde la vida de los últimos es restaurada.

Cuando la institución se protege a sí misma antes que a los que sufren, corre el riesgo de repetir la actitud de aquellos que, en el relato, terminan expulsando al hombre curado del espacio religioso.

III. Actuar: una fe que humaniza el mundo

El último paso del discernimiento cristiano consiste en actuar para transformar la realidad. El encuentro final entre Jesús y el hombre curado es significativo.

Después de ser expulsado por las autoridades religiosas, el hombre vuelve a encontrarse con Jesús. Entonces no recibe solo la vista física, sino que también comprende su identidad y su fe.

El diálogo culmina con una confesión sencilla pero decisiva: «Creo, Señor». El marginado por la religión se convierte en testigo del Evangelio. Cree no por proselitismo, lavado de cerebro o conciencia de clase. Cree porque ha experimentado la Misericordia.

Este final revela un aspecto central del mensaje cristiano: los pobres no son sólo destinatarios de la acción de Dios; son también protagonistas del Reino.

Por eso Francisco y León insisten en que la Iglesia está llamada a dejarse evangelizar por los pobres. Ellos no son objeto de asistencia; son sujetos de dignidad y de sabiduría que revelan a Dios.

El verdadero problema aparece cuando el clericalismo convierte la fe en un sistema cerrado que protege privilegios religiosos, oculta sus víctimas y se resiste a escuchar el clamor de quienes sufren. Entonces la religión corre el riesgo de transformarse en una estructura que controla y juzga, en lugar de sanar y liberar.

El Evangelio del ciego de nacimiento recuerda que el seguimiento de Jesús no consiste en angelizar la vida humana ni en escapar de la historia. Consiste en humanizarla, en devolver dignidad a quienes han sido descartados y así empezar la Vida Eterna y su ciento por uno.

Conclusión: la luz que libera de la ceguera

El Evangelio concluye con una escena simbólica. Quien había sido considerado pecador y excluido reconoce a Jesús y cree en él. En cambio, los guardianes de la religión permanecen encerrados en su ceguera.

Esta inversión recorre la historia del cristianismo. Dios no se revela principalmente en los espacios de poder, sino en los lugares donde la vida humana es más vulnerable. Desde el Pesebre hasta el fin de los tiempos.

No se puede ignorar el magisterio pontificio: los pobres no son un tema secundario del cristianismo, sino un lugar donde Dios sigue hablándonos. Hay que “nacer de nuevo”, yendo a las periferias para comprenderlo.

Abrir los ojos, como el hombre del Evangelio, significa reconocer que la fe cristiana no puede separarse de la justicia y de la compasión.

Cuando el cristianismo se vive así, deja de ser un sistema de seguridades religiosas para ser una luz capaz de devolver la vista a un mundo que mercadea con la ceguera.

Guillermo Jesús Kowalski, sc

poliedroyperiferia@gmail.com

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