Un Dios lejos pero seguro y manipulable
Los nuevos teoplanistas
Un Dios lejos pero seguro y manipulable
Hace algunos años escribí en estas páginas sobre los nuevos «terraplanismos»: negacionismos científicos, conspiracionismos, populismos de mercado y otras expresiones de una cultura que, decepcionada de las instituciones y desconcertada ante un mundo cada vez más complejo, sustituye la incertidumbre de lo real por certezas emocionales más fáciles de administrar. No es solo ignorancia. Hay detrás un sesgo tóxico con la realidad: "solo es verdadero lo que confirma lo que ya pienso".
El teoplanismo designa un fundamentalismo que construye una única manera válida, uniforme y cerrada de concebir a Dios y a la Iglesia. El teoplanista necesita respuestas inequívocas para preguntas complejas y experimenta la pluralidad teológica, el desarrollo doctrinal, el discernimiento pastoral e incluso determinadas enseñanzas del Magisterio contemporáneo como amenazas contra una verdad que considera ya perfectamente delimitada.
No necesariamente son personas perversas ni fanáticos sin remedio, tampoco nosotros estamos libres de posturas obsesivas. Detrás de la agresividad digital puede existir una inseguridad espiritual, cognitiva o afectiva que busca en cierta religión, el territorio seguro que no encuentra en el resto de la existencia. Nuestra relación con la verdad puede enfermar cuando dejamos de considerarnos sus servidores para convertirnos en propietarios.
¿Cómo puede alguien defender apasionadamente la fe y, simultáneamente, sospechar del Papa, del Concilio, de la teología, de la ciencia o de cualquier interpretación que introduzca matices en sus convicciones?
Para terraplanista ninguna evidencia consigue refutarlo definitivamente, porque la evidencia contraria es conspiración. Toda refutación y evidencia lo retroalimentan. Algo parecido ocurre con el teoplanismo. La realidad ya no interroga nuestra fe porque disponemos previamente de una explicación religiosa blindada frente a ella. No existe la fecunda relación fe-razón acuñada por el pensamiento católico durante siglos. Cuanto mayor es la contradicción exterior, más se aferra a la pertenencia a una minoría "auténtica".
De ahí la preferencia por una religión casi contable: normas perfectamente identificables, méritos, castigos, formulaciones intocables, autoridades escogidas y respuestas rápidas. El misterio es incómodo porque no se deja controlar; el discernimiento irrita porque necesita tiempo; la sinodalidad desconcierta porque obliga a escuchar; y una Tradición viva resulta más arriesgada que un depósito convertido imaginariamente en almacén de respuestas terminadas.
Paradójicamente, se busca seguridad en Dios y se termina reduciendo a Dios al tamaño de nuestras seguridades.
Aquí el concepto puede dar todavía un paso más. El problema del teoplanismo no es únicamente psicológico o eclesiológico. En último término es cristológico.
«El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) significa que el cristianismo no puede construir una trascendencia huyendo de la historia. El Dios cristiano no nos salva en una torre protegida desde la cual juzgar la confusión del mundo. Entra en ella. Tiene cuerpo, pueblo, relaciones, conflictos y víctimas delante de sus ojos. Nace en una periferia, toca impuros, conversa con extranjeros, coloca niños en el centro, come con pecadores y termina ejecutado fuera de las murallas.
Por eso la Encarnación es incompatible con cualquier teoplanismo que impide hablar de Dios sin cuerpos, de salvación sin historia, de pecado sin víctimas, de propiedad sin pobres, de nación sin extranjeros, de mérito sin dones recibidos y de libertad sin responsabilidad hacia los demás.
He sostenido otras veces que el Reino de Dios puede entenderse como la realidad curada y ampliada por Jesús. La fe no disminuye la realidad hasta conseguir que encaje en nuestra ideología; ensancha nuestra mirada para superar miedos y egoísmos. El samaritano no elaboró primero una teoría sobre el hombre caído junto al camino. Se dejó interrumpir por su existencia. Una presencia vale más que mil ideas.
Por eso tampoco sorprende la convergencia entre determinados integrismos religiosos y algunos populismos contemporáneos. No significa que todo conservador sea integrista ni que cualquier discrepancia con posiciones eclesiales dominantes constituya fundamentalismo. Sería fabricar otro teoplanismo de signo contrario. La afinidad aparece cuando se comparte una epistemología de la sospecha y una antropología del miedo.
Entonces aparecen los caballos de Troya religiosos: vida, familia, patria, libertad, tradición, civilización cristiana son un señuelo para caer en manos de los nuevos mesías. Y cuando el autoritarismo se hace con el poder, ya nada lo detendrá y siempre tendrá excusas para avasallar la dignidad humana.
Ya lo decía Francisco: detrás de alguien rígido siempre hay un hipócrita. La lista lo confirma: se protege la vida prenatal mientras la vida del migrante queda reducida a cuestión policial; se proclama la familia mientras se acepta una economía que dificulta dramáticamente formar y sostener familias; se reivindican las raíces cristianas de Europa mientras incomoda recordar que el extranjero pertenece al corazón de la revelación bíblica. Y cuando la Doctrina Social de la Iglesia habla de bien común, solidaridad, salario digno, destino universal de los bienes o límites del mercado, ocurre el pequeño prodigio teoplanista: la doctrina de la propia Iglesia es "comunista".
Al teoplanista difícilmente se lo derrota en una discusión. La controversia, especialmente en las redes, refuerza precisamente el mecanismo defensivo que pretendíamos desmontar. Si debajo de la rigidez existe miedo, inseguridad o alguna herida, la humillación intelectual sólo construirá murallas más altas.
Esto no significa renunciar al debate teológico ni aceptar el fundamentalismo. Significa recordar que la verdad cristiana no se impone con violencia, ése error ya lo cometió la Iglesia con sus inquisiciones, cruzadas de cátaros, albigenses, protestantes, etc. Acompañar, escuchar, establecer vínculos y esperar el momento de la palabra adecuada puede resultar mucho más evangélico que coleccionar victorias dialécticas.
Todos podemos ser cómplices de "teoplanismos", nadie está completamente inmunizado contra la tentación de fabricar un Dios que confirme nuestras posiciones. Un mercado absolutizado necesita un dios que bendiga triunfadores; un nacionalismo excluyente, un dios propietario de fronteras; un autoritarismo, un dios obsesionado con el orden; y un clericalismo, un dios que sacralice jerarquías humanas.
Pero esos dioses se parecen poco a Jesús de Nazaret.
La trascendencia cristiana no nos permite escapar de la historia. Nos devuelve a ella con mayor responsabilidad. Quizá por eso combatir el teoplanismo no consista en sustituir unas consignas por otras, sino en recuperar una inteligencia creyente capaz de escuchar, discernir y dejarse interpelar por la realidad; una fe suficientemente segura de Dios como para no necesitar estar seguro de todo.
Porque también existe un terraplanismo religioso: mirar al cielo con tanta obstinación que dejamos de reconocer al herido tendido junto al camino.
Y el Evangelio, con esa incómoda costumbre suya de devolvernos a la realidad, continúa preguntando:
«¿Cuál de estos tres te parece que fue prójimo?» (Lc 10,36).
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