La saludable incomodidad de la democracia...y la sinodalidad

Las elecciones nos recuerdan que ninguna mayoría es propietaria de la verdad ni del poder. Una lección que también interpela a nuestra Iglesia, donde la credibilidad de la sinodalidad pasa por transformar el clericalismo estructural.

Democracia y sinodalidad en la Iglesia
Democracia y sinodalidad en la Iglesia | P&P

Las elecciones estadounidense revelan mucho: los demócratas han recuperado posiciones legislativas y han sido elegidos legisladores y gobernadores de distintas razas y orientaciones personales. Más allá del resultado partidario, las elecciones muestran la capacidad de los ciudadanos para modificar los equilibrios de poder y exigir responsabilidades a quienes gobiernan. Una pequeña luz en la oscura noche autoritaria de esta época.

Las instituciones demuestran madurez cuando son capaces de corregirse y pone límites a quienes ejercen la autoridad. Porque «El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente» (Lord Acton, historiador y político católico británico)

Que una sociedad pueda modificar pacíficamente sus equilibrios de poder es una gran conquista de la convivencia humana. Los resultados han modificado el poder y expresan el descontento de muchos con la orientación del gobierno actual. Es un mecanismo que permite corregir decisiones, abrir nuevos equilibrios y recordar a los gobernantes que no son perpetuos.

La democracia también recuerda que ningún triunfo electoral convierte a una mayoría momentánea en la voz definitiva del pueblo y sus supuestas "esencias". Quien hoy gobierna puede dejar de hacerlo mañana, y esa posibilidad limita los excesos del poder. Está en el corazón humano la tentación de aferrarse a la autoridad, justificarlo cualquier medio y situarse en el centro.

Juan Pablo II valoró expresamente la democracia en Centesimus annus (46) porque permite elegir a los gobernantes, controlar su actuación y sustituirlos pacíficamente. Pero advirtió que una democracia necesita fundamentos éticos, respeto a la persona y auténticas posibilidades de participación. Votar es indispensable, aunque la democracia no se agota en contar votos. Las mayorías gobiernan dentro de un Estado de derecho, mientras las minorías conservan derechos que ninguna victoria electoral puede cancelar.

Además, la democracia debe alcanzar a los otros poderes económicos y tecnológicos, para también queden subordinados al servicio del Bien Común y la dignidad de todos.

Una elección no es un triunfo de los buenos sobre los malos. Revela qué experiencias, temores y aspiraciones llevan a millones de personas a apoyar propuestas diferentes. Quien vota busca distintos medios para lograr seguridad, vivienda, cambios económicos, mayor igualdad, etc. Escuchar esas motivaciones no obliga a compartir las soluciones elegidas pero muestra que una sociedad es siempre más compleja que nuestras clasificaciones ideológicas. Escuchar y respetar la voluntad popular, aunque no coincidamos, es un ejercicio de convivencia a largo plazo.

el Papa votando
el Papa votando | P&P

Las fisuras de cualquier hegemonía son oportunidades para aprender. Cuando una orientación política cree haber interpretado definitivamente las necesidades del pueblo, las voces discrepantes le recuerdan que ninguna ideología puede abarcar toda la realidad. Las circunstancias cambian, aparecen problemas inesperados y cambian las respuestas. Una democracia madura necesita instituciones capaces de reconocer esos cambios, sin pensar cada rectificación como una humillación.

Francisco desarrolló esto en Fratelli tutti. Advirtió que el pueblo no puede reducirse a una masa manipulable ni a una suma de individuos enfrentados, y denunció las formas de populismo que utilizan sus necesidades para perpetuarse en el poder (nn. 157-160). Propone una política orientada al bien común en la que gobernar es hacerse responsable también de quienes no nos votaron, de quienes carecen de influencia y de las generaciones futuras.

La doctrina social de la Iglesia enseña que la legitimidad política nace en la dignidad humana, la solidaridad, la subsidiariedad y la participación. Estos principios no pueden identificarse automáticamente con un partido. Exigen examinar las políticas concretas, sus consecuencias y la atención que prestan a los más vulnerables. La democracia pierde calidad cuando las diferencias se polarizan en enemistades irreconciliables, pero también cuando hablar de unidad sirve para ocultar injusticias.

Y por casa, ¿cómo andamos?

Sería cómodo criticar mecanismos de corrección de las sociedades democráticas sin preguntarnos cómo afrontamos los creyentes el desacuerdo, la crítica y la necesidad de cambiar en la Iglesia. Aunque ella no sea una democracia parlamentaria ni su fe dependa de mayorías electorales. Pero no toda forma histórica de gobierno eclesial es voluntad de Dios. Una cosa es la naturaleza sacramental de la Iglesia y otra, muy distinta, la organización concreta de sus relaciones de autoridad.

El Concilio Vaticano II transformó nuestra comprensión eclesial. La recuperación de la categoría Pueblo de Dios, la colegialidad episcopal, la dignidad bautismal y la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo exigieron revisar planteamientos que parecían inamovibles. Fue un esfuerzo por discernir la fidelidad al Evangelio en circunstancias históricas nuevas. Ese discernimiento continúa.

Francisco propuso la sinodalidad para concretar el Vaticano II, recuperando la escucha, la participación y el discernimiento comunitario, reconociendo que el Espíritu Santo actúa en todo el Pueblo de Dios. Si no avanza es porque el clericalismo impide procedimientos que permitan compartir responsabilidades y modificar decisiones para... confirmar su hegemonía de siempre.

El clericalismo, al que ya ni se lo menciona en los documentos como en la época de Francisco, es no solo una actitud de superioridad de algunos, sino una estructura cultural que concentra la palabra autorizada, administra la participación y conserva para sí la capacidad de decidir. Acepta consultas mientras impide sus consecuencias; celebra la diversidad mientras mantiene intactas las exclusiones. La paradoja es dolorosa: la Iglesia escucha solo a quienes tienen poder para que nada cambie.

No se trata de trasladar mecánicamente los procedimientos parlamentarios a la Iglesia. La sinodalidad tiene fundamento teológico propio. Por eso debería comprometer más a las jerarquías timoratas. Escuchar verdaderamente supone aceptar la posibilidad de que los demás tengan razón, reconocer errores y permitir que el discernimiento transforme las instituciones. Sin esa disposición, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en una parodia participativa que entretiene al Pueblo de Dios mientras el clericalismo continúa gobernando en su nombre.

Tal vez la lección más profunda de la democracia sea su reconocimiento práctico de nuestra falibilidad. Nadie debería ejercer el poder como si estuviera libre de error, y ninguna institución puede considerarse tan perfecta que ya no necesite aprender. También en la Iglesia conocemos las consecuencias de haber confundido la defensa de la autoridad con la defensa de la verdad, especialmente cuando se preserva la institución a costa de sus víctimas.

Jesús advirtió a sus discípulos contra el ejercicio del poder entendido como dominio: autoridad es servicio humilde (Mc 10,42-45). Esa enseñanza ilumina tanto las responsabilidades políticas como eclesiales. La autoridad se justifica por el bien que procura, la dignidad que protege y el servicio.

Las sociedades democráticas necesitan aprender continuamente a convivir con sus diferencias. Nuestra Iglesia, sin renunciar a su identidad, necesita también reconocer que la comunión no exige inmovilidad y que la fidelidad puede reclamar cambios profundos. Quizá entonces la sinodalidad deje de ser una promesa administrada desde arriba y se convierta en una experiencia compartida de conversión.

Cualquier institución muestra su verdadera fortaleza cuando se corrige sin sentir que por ello pierden su razón de existir. Esta es una de las formas más exigentes de humildad que nuestro tiempo necesita recuperar.

poliedroyperiferia@gmail.com

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