democracias del patio trasero
Soberanías violentadas
democracias del patio trasero
Introducción
Las imágenes de invasiones armadas, golpes de Estado o estallidos de violencia política en países empobrecidos suelen provocar una oleada de indignación moral en la opinión pública internacional. Hay una avalancha de declaraciones solemnes en defensa de la soberanía, condenas diplomáticas y discursos sobre la democracia. Sin embargo, esta reacción —frecuentemente selectiva y efímera— oculta una pregunta más profunda y perturbadora: ¿qué tipo de soberanía y qué clase de democracia son posibles cuando el orden económico internacional condena estructuralmente a pueblos enteros a la desigualdad extrema?
La Doctrina Social de la Iglesia invita a ir más allá del escándalo puntual para discernir las causas históricas, económicas y culturales que hacen frágiles las democracias, especialmente en los países pobres. No basta condenar las expresiones violentas del autoritarismo si se mantienen intactos los mecanismos que lo producen. Allí donde no se puede comer, educarse, tener techo, trabajo digno ni proyectar un futuro, la democracia se convierte en una falacia y las soberanías son una parodia. No es extraño que sean una cantera de dictadores, pero la solución no es invadir el país para capturarlos cuando dejen de convenir a los negocios del imperio.
El desafío de hoy es desenmascarar defensas hipócritas de soberanías que no cambian la explotación global y construir el horizonte de democracias justas y solidarias, capaces de articular justicia social nacional e internacional.
La democracia no puede reducirse a procedimientos electorales ni solo a institucionalidad formal. Su legitimidad ética se mide por su capacidad real de garantizar condiciones de vida dignas para todos. El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad: “El orden social y su progreso deben subordinarse constantemente al bien de las personas” (Gaudium et Spes, 26). Cuando este principio es traicionado, la democracia se vacía y se transforma en una ficción funcional al poder de las élites, expertas en diseñar trampas “legales” contra el pueblo.
Las democracias débiles —especialmente en contextos de pobreza estructural— suelen quedar atrapadas en redes de corrupción, endeudamiento y dependencia económica. No porque los pueblos sean incapaces de autogobernarse, sino porque se les niegan sistemáticamente las condiciones materiales para ejercer una ciudadanía real. Sin pan, sin educación, sin salud y sin trabajo digno, la participación política se vuelve ilusoria y la frustración social prepara el terreno para soluciones autoritarias…y emigraciones masivas.
Francisco advierte que “la política se debilita cuando se somete a la economía” (Fratelli Tutti, 177) y que una democracia sin justicia social termina siendo una promesa incumplida. La historia lo confirma: los totalitarismos no nacen de la nada, sino del fracaso de democracias incapaces de responder a las necesidades básicas de la población. Por eso el Papa denuncia con crudeza que “esta economía mata” (Evangelii Gaudium, 53), porque excluye, descarta y erosiona las bases mismas de la convivencia democrática.
Tras la caída del muro de Berlín, el neoliberalismo se presentó como la democracia definitiva. Sin embargo, lejos de garantizar justicia social, consolidó un modelo económico que debilitó los Estados, desreguló los mercados y subordinó la política al capital financiero. Pero “la política no debe someterse a la economía, y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia” (Laudato si’, 189). Cuando esta subordinación se impone, la democracia queda secuestrada por intereses privados y corporaciones transnacionales.
Este fracaso ha generado el caldo de cultivo para el resurgimiento de populismos autoritarios, que prometen orden y seguridad a cambio de sacrificar pluralismo, derechos y libertades. Su estrategia es conocida: fabricar chivos expiatorios —migrantes, minorías, países vecinos, “traidores internos”— y ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Es un relato que convierte a las víctimas en enemigos, pero “una sociedad que descuida la memoria de las víctimas está siempre dispuesta a repetir la barbarie” (Metz).
En los países pobres, esta dinámica adopta formas aun más crueles: dictaduras interminables, demagogias populistas cargadas de odio y una corrupción estructural que devora los bienes comunes. Todo ello ocurre mientras las democracias ricas condenan desde la distancia moralizante, pero sin cuestionar el sistema económico que han impuesto y que alimenta estas tragedias.
Aquí emerge el núcleo del problema: el respeto formal por la soberanía de los pueblos convive con una sistemática violación económica de esa misma soberanía. Dumping comercial, deudas externas impagables, extractivismo depredador, “comisiones” corruptas a dirigentes y tratados asimétricos vacían de contenido la autodeterminación política. Como afirma Gaudium et Spes, “las excesivas desigualdades económicas y sociales… son motivo de escándalo y se oponen a la justicia social” (GS, 29), no solo dentro de los países, sino también entre ellos.
Además, las potencias económicas no solo expolian recursos, sino que intervienen activamente en la vida política de los países pobres, sobornando élites, promoviendo represión, avalando el lawfare y la violencia para garantizar sus intereses. Luego, con cinismo, se escandalizan como “puritanos” ante las consecuencias que ellas mismas han ayudado a producir.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la democracia auténtica es inseparable de la justicia social y de la solidaridad entre los pueblos. “Si no comen todos, no hay democracia; y sin democracia, no comen todos”: esta retroalimentación no es obvia para los opresores que tienen tecnología para “no dejar ni las migas” (Lázaro y el rico Epulón, Lc 16,21). No bastan condenas poéticas a dictaduras lejanas ni discursos abstractos sobre derechos humanos; es necesaria otra forma de vida más austera y transformar las estructuras económicas injustas que generan pobreza y dependencia.
El papa Francisco alababa la política entendida como “una de las formas más preciosas de la caridad” (Fratelli Tutti, 180), la que construye democracias solidarias, donde los pueblos puedan decidir su destino porque tienen garantizadas las condiciones materiales para hacerlo, y donde las relaciones internacionales estén regidas por la justicia y la cooperación, no por la especulación salvaje y el saqueo.
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