Tecnicismos, clericalismo creativo y esperanza sinodal

Una Iglesia que se absuelve a sí misma mediante tecnicismos, pero no repara heridas, pierde credibilidad. Frente al clericalismo de autodefensa, la sinodalidad aparece como único camino de conversión: escuchar, hacer justicia y volver a poner a las víctimas en el corazón del Evangelio. Así también será creíble cuando denuncia guerras y otras injusticias humanas.

Jesús increpado por los maestros de la ley
Jesús increpado por los maestros de la ley | P&P

Introducción: cuando lo correcto oculta lo verdadero

“Algo huele mal en Dinamarca”, advertía Shakespeare. Hoy, con respeto pero con honestidad creyente, esa intuición resuena también en la Iglesia: ¿puede proclamarse la verdad mientras se la diluye en procedimientos? ¿Puede hablarse de misericordia mientras las víctimas quedan burladas por tecnicismos? ¿Puede anunciarse el Evangelio mientras se protege más la institución que a las personas?

El reciente archivo de la denuncia contra el obispo Zornoza, basado en un discutible tecnicismo canónico, ha vuelto a poner en evidencia una herida más profunda. No se trata solo de un caso. Se trata de un modo de mirar, de juzgar y de decidir. Un modo que, bajo apariencia de corrección formal, corre el riesgo de traicionar la verdad evangélica.

Aquí emerge lo que podríamos llamar “clericalismo creativo”: una sofisticación del poder religioso que no se impone de forma bruta, sino que a través de lenguajes jurídicos, prudencias técnicas y procedimientos alambicados… para terminar protegiendo el sistema y sus administradores más que sanando el dolor.

La pregunta de fondo no es jurídica. Es teológica:

¿Qué pesa más en la Iglesia: la verdad del Evangelio o la autodefensa institucional?

I. Cuando la forma sustituye a la verdad: el sesgo clerical como lente de realidad

Toda comunidad necesita normas. El problema surge cuando éstas dejan de servir a la vida y son administradas por quienes se creen los dueños de la justicia divina sin ningún contrapeso.

El caso mencionado no puede reducirse a una cuestión técnica. Revela un modo de proceder donde el límite probatorio sirve a un entramado jurídico cuyo fin es proteger la jerarquía y absolverla moralmente. Pero el Evangelio no opera en ese registro. Jesús se mueve en la lógica del cuidado radical del vulnerable:

Aly del que escandalice a uno de estos pequeños…” (Mc 9,42).

Aquí aparece un problema estructural: el sesgo clerical en la percepción de la realidad. Un sesgo que se intensifica cuanto más se asciende en la jerarquía y cuanto más integrista esta es. Allí la institución tiende a percibirse no como medio al servicio del Reino, sino como fin en sí misma. Y cuando la institución se absolutiza, todo lo demás se subordina: incluso la justicia.

Se configura así una lógica peligrosa que protege la imagen antes que a las personas, evita el escándalo antes que sanar la herida y cuida la autoridad antes que escuchar a sus víctimas.

El resultado es devastador, no solo para las víctimas, sino para toda la comunidad creyente. Como advertía Santo Tomás de Aquino:

“el mayor problema de no hacer justicia no es que el culpable quede impune, sino el desaliento de los justos”.

Ese desaliento hoy es real. Muchos creyentes perciben que la Iglesia puede ser rigurosa en lo doctrinal, inflexible en lo disciplinar y, al mismo tiempo, ambigua en lo ético cuando se trata de sí misma y sus ministros. Y esa contradicción erosiona la credibilidad mucho más que cualquier error reconocido con humildad.

Porque el problema no es equivocarse. El problema es no querer ver.

II. “Clericalismo creativo”: cuando la Iglesia se protege a sí misma

El papa Francisco ha sido claro: el clericalismo es una deformación. Pero hoy asistimos a una forma más sofisticada: un clericalismo que no se impone, sino que gestiona; que no silencia abiertamente, sino que filtra; que no niega la participación, sino que la encauza hasta neutralizarla.

Este “clericalismo creativo” dibuja, para su conveniencia, tecnicismos, protocolos, mediaciones y lenguajes especializados que afianzan una “aduana espiritual”: todo pasa por instancias que controlan, interpretan y validan desde una casta sagrada e incuestionable.

En este contexto, la Sinodalidad se degrada en discurso demagógico sin cambios reales en las actitudes y las estructuras que las favorcen.

Se habla de escucha… pero se seleccionan las voces.

Se habla de participación… pero deciden pocos y los mismos de siempre.

Se habla de transparencia… pero se desinforma como ingeniería social para consolidar el poder.

Y lo más grave: se habla de víctimas… pero realmente no interesan ni se las coloca en el centro.

Este modelo no solo protege estructuras. Produce una cultura. Una cultura donde el cuestionamiento se recrimina como amenaza... y "falta de fe".

Es la raíz más profunda del problema: una Iglesia que ha olvidado que no existe para sí misma ya que "el que ama su vida la perderá"...(Jn 12,25, Mt 10,39)

Cuando la institución se convierte en fin, el Evangelio se instrumentaliza. Y entonces todo puede justificarse: desde el encubrimiento hasta la absolución dudosa, desde la minimización del daño hasta la falta de reparación digna.

Esta lógica genera algo más grave que el error: genera deshumanización.

Ministros percibidos como intocables, angelizados, alejados de la cotidianeidad humana, pero que terminan actuando como demonios. Víctimas reducidas a expediente, a duda, a problema para gestionar.

Pero el cristianismo no nace de esa lógica. Nace de un Dios que se hace carne, que se expone, que se deja herir y resucita con cicatrices.

Por eso, la respuesta no puede ser técnica. Tiene que ser espiritual y estructural al mismo tiempo.

Y aquí aparece con fuerza la necesidad de una sinodalidad real, como conversión.

Una sinodalidad que implique:

  • participación efectiva de todo el Pueblo de Dios,
  • diversidad de miradas más allá del sesgado mundo clerical célibe,
  • estructuras que permitan escuchar sin filtrar de antemano,
  • y decisiones que no estén condicionadas por la autodefensa corporativa.

Porque donde solo decide un grupo homogéneo, la realidad se empobrece y la verdad se manipula.

Conclusión: esperanza sinodal, entre verdad y conversión

Esta situación actual es grave. Pero no es estéril. No estamos en el Renacimiento y tal vez no necesitemos otro Lutero para poner las barbas en remojo...o sí.

Puede ser un momento de gracia que revela contradicciones y empuja a la Iglesia a elegir.

Este tecnicismo absolutorio es un salvoconducto para un jerarca eclesiástico que además es un baluarte integrista. Por eso también cerraron filas en torno a él con todo el aparato farisaico.

Pero Sinodalidad es elegir entre la defensa institucional y la conversión evangélica; entre el poder que se protege y el servicio que se entrega.

La esperanza no vendrá solo de perfeccionar procedimientos, sino de cambiar el lugar desde donde se mira la realidad. Vendrá de una Iglesia que escuche antes de juzgar, repare antes de justificarse y acompañe antes de defenderse. Vendrá de comunidades donde las víctimas no sean problema, sino lugar teológico.

Donde el dolor no sea "gestionado" con clericalismos "creativos", sino asumido con misericordia evangélica. Donde la verdad no sea negociada para prevalecer, sino buscada con humildad.

La sinodalidad no es una estrategia. Es una forma de ser Iglesia. Y hoy se vuelve urgente.

Porque solo una Iglesia que se deja cuestionar y renuncia al control puede volver a ser creíble y ser también escuchada cuando habla de las guerras u otras injusticias.

Solo una iglesia que hace justicia puede generar esperanza en todos los planos.

Quizá entonces, poco a poco, deje de oler mal el ambiente. No porque desaparezcan los conflictos, sino porque se los afronta con verdad, autocrítica y conversión. Y allí donde la verdad se encuentra con la misericordia, la justicia se une a la compasión y el poder se convierte en servicio…comienza algo nuevo.

Un Pueblo de Dios renovado donde la sinodalidad deje de ser promesa para convertirse en camino real de salvación.

poliedroyperiferia@gmail.com

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