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Venite ad me: ¿conversión estructural de la Iglesia o nuevas respuestas institucionales para conservar lo de siempre?

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe propone recuperar la centralidad de Jesucristo ante la crisis de transmisión del cristianismo. Sin embargo, deja lagunas sobre el clericalismo, la participación del Pueblo de Dios, las víctimas y la responsabilidad de la propia institución en su pérdida de credibilidad.

Transmitiendo la fe
Transmitiendo la fe | P&P

Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, merece una recepción atenta, agradecida y también críticamente responsable. El documento aborda una cuestión preocupante: la interrupción de la transmisión generacional del cristianismo, especialmente en sociedades donde la pertenencia religiosa era habitual.

El larguísimo documento acierta en recuperar la centralidad del encuentro con Jesucristo y el amor incondicional del Padre, frente a modelos evangelizadores únicamente preocupados por enseñar doctrinas, asegurar observancias o conservar instituciones. Sin embargo, ¿puede renovarse verdaderamente la transmisión de la fe sin transformar las estructuras eclesiales que condicionan su credibilidad?

Es valioso que recuerde que el cristianismo comienza con el encuentro con una Persona, no con la aceptación de un sistema normativo, y que Jesucristo revela un Dios cuyo amor alcanza a todos sin exclusiones. En los números 16-18 presenta a Jesús cuestionando los abusos del poder religioso, las discriminaciones y las cargas impuestas a las personas (solo en su época, no en la actualidad). En el 29 reconoce que toda la Iglesia es sujeto de evangelización, mientras insiste en la fuerza del testimonio, la cercanía a los pobres, la sinodalidad y la necesidad de lenguajes comprensibles para las nuevas generaciones. Esta herencia del Vaticano II y de Evangelii gaudium, supera la nostalgia de la cristiandad o la reducción del Evangelio a un conjunto de preceptos.

El problema es confrontar estos principios con el diagnóstico institucional. Venite ad me reconoce, en el número 53, que numerosos sacerdotes parecen dedicados al mantenimiento de estructuras mientras la sociedad cambia profundamente. Pero las causas de la descristianización se buscan preferentemente en las transformaciones culturales, familiares y tecnológicas, el individualismo y la secularización. Son factores reales, pero incompletos.

¿No deberíamos preguntarnos también cuánto han contribuido determinadas formas de autoridad, exclusión y funcionamiento eclesial al alejamiento de los creyentes? Una institución que examina su pérdida de relevancia atribuyéndola principalmente a los cambios de su entorno corre el riesgo de descubrir demasiados problemas fuera y demasiado pocos dentro.

El método del documento revela esta limitación. Los números 6 y 7 agradecen las aportaciones de Conferencias Episcopales y testimonios de obispos, de personas que descubrieron o recuperaron la fe. Tiene valor pastoral, pero no son una investigación sociológica representativa.

No se explicitan los procedimientos de selección, las preguntas ni la diversidad de experiencias recogidas. Tampoco se acredita paralelamente una escucha comparable de quienes abandonaron la Iglesia por experiencias negativas. Conviene preguntarse qué diagnóstico ofrecerían las mujeres excluidas de decisiones importantes, los laicos ignorados, las víctimas de abusos y encubrimientos o quienes conservan su estima por Jesús, pero han perdido la confianza en sus representantes institucionales. No se trata de subestimar la voz de estos obispos, pero su perspectiva no representa por sí sola y aisladamente, la complejidad del Pueblo de Dios.

clero y multitud
clero y multitud | P&P

También es paradójico proclamar que todos los bautizados son responsables de evangelizar sin reconocer por qué la mayoría no decide nada. Se critica a los laicos por no participar o falta de compromiso, olvidando que hace siglos que una minoría clerical enseña, gobierna y decide, mientras la mayoría escucha, obedece y colabora. El Vaticano II recuperó la dignidad bautismal y el sensus fidei de todo el Pueblo de Dios, pero aún no se traduce institucional y sinodalmente. La pasividad laical es también consecuencia histórica de estructuras que han limitado su responsabilidad efectiva.

Sorprende que el documento no utilice expresamente la palabra «clericalismo», pese a denunciar el ejercicio despótico del poder religioso. La omisión no invalida sus principios, pero dificulta confrontarlos con una cultura eclesial donde el ministerio suele confundirse con privilegio y la comunión con subordinación. Es justo reconocer que el número 80 menciona la necesidad de reformar estructuras y que el 101 propone avanzar en sinodalidad. Pero ésta no puede quedarse en buenas intenciones: necesita participación real, decisiones compartidas y rendición de cuentas. De poco sirve “escuchar” al Pueblo de Dios si, a la hora de decidir, vuelve a quedarse fuera.

El número 116 reconoce la necesidad de ampliar la presencia de las mujeres en ámbitos de decisión. Es un avance, aunque todo queda en el campo de los “deseos”. Algo peor ocurre con el silencio sobre los sacerdotes casados, completamente anulados en la pastoral orgánica de la Iglesia, un colectivo numeroso cuya formación, experiencia pastoral y trayectoria familiar podrían enriquecer el discernimiento eclesial. Son aproximadamente cien mil personas con una experiencia humana y pastoral únicas. Su necesaria integración ni se menciona. La Iglesia hasta el momento los ha descartado completamente, no existen.

Todavía más grave resulta la escasa atención a las víctimas de abusos sexuales, espirituales y de conciencia, y a quienes sufrieron encubrimientos o comportamientos autoritarios. No deberían ser consideradas solamente destinatarias de asistencia y reparación, sino interlocutoras indispensables para comprender qué necesita cambiar en la Iglesia.

La Iglesia resultaría más creíble cuando, en lugar de acumular tantos relatos edificantes de conversiones piadosas (cap VIII), reconoce humildemente sus propios pecados, escucha y repara el dolor causado por sus ministros y se deja transformar por la misma misericordia que predica. Su historia incluye testimonios admirables, pero también cruzadas, Inquisición, complicidades coloniales y abusos que no pueden quedar soslayados. La conversión que reclama a los demás debe comenzar por ella misma y alcanzar las estructuras que favorecen esas injusticias.

Jesús no anunció la misericordia desde la superioridad religiosa, sino compartiendo la vida de los últimos y cuestionando la autosuficiencia de los poderosos. Por eso, más que exhibir tanta santidad institucional, la Iglesia debería dar testimonio, desde la humildad del Pueblo de Dios, de una comunidad pecadora que necesita y recibe continuamente el perdón que anuncia.

Las consideraciones pastorales del documento son valiosas, pero requieren transformaciones concretas. No se trata de elegir entre evangelización y transformación institucional, como proyectos rivales. Una reforma organizativa sin encuentro con Jesucristo quedaría reducida a administración; una renovación espiritual que no modifique relaciones de poder es espiritualismo opiáceo.

Deberíamos abandonar la obsesión por recuperar antiguas cifras de pertenencia religiosa. Me da vergüenza ajena cuando festejan que el número de bautismos o jóvenes ha aumentado…porcentajes ínfimos. La fidelidad al Evangelio no se mide más que por la calidad humana, comunitaria y solidaria de una Iglesia capaz de hacer reconocible el Reino.

La pregunta decisiva que deja abierta Venite ad me no es simplemente cómo conseguir que la gente vuelva a ir a misa a escuchar al cura de siempre, sino qué clase de Iglesia estamos dispuestos a construir para que el Evangelio pueda ser reconocido en ella. El desafío no es solo que el mundo cambia deprisa, sino en que algunas estructuras eclesiales son una momia y encima se quejan de la falta de fe de la gente. Y mientras la invitación de Jesús a los cansados y agobiados no incluya también a quienes fueron heridos por la propia institución, seguiremos anunciando mediante correctas palabras institucionales… un bonito evangelio lejano a la gente.

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