La Viña no es nuestra: las usurpaciones del clericalismo y el nacionalismo

Dios no entrega su viña para que nadie la usurpe: ni el clérigo puede apropiarse del Reino ni el nacionalista adueñarse de la patria. Donde el don se vuelve privilegio nace la exclusión. El Evangelio llama a convertirnos al servicio y a no obsesionarnos por la posesión y el poder.

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La viña no es nuestra: clericalismo, nacionalismo y la tentación de apropiarse del don

La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) posee una violencia incómoda porque Jesús no describe a unos hombres que hayan descuidado la viña. Al contrario: la trabajan y probablemente se consideran indispensables para su funcionamiento. Su perversión comienza cuando dejan de reconocerse como administradores y se comportan como propietarios absolutos. Cuando el dueño envía a buscar los frutos, golpean a sus servidores; finalmente, ante la llegada del hijo, formulan el razonamiento que descubre su verdadera pretensión: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». No quieren destruir la viña. Quieren conservarla eliminando a quien les recuerda que no les pertenece.

Todos tenemos una sorprendente facilidad para apropiarnos de aquello que hemos recibido y justificarlo como “mérito”.  Ocurre con el poder, la religión, la cultura, la tierra y hasta con Dios. Transformamos los dones en propiedad absoluta (sin hipoteca social ni divina); la responsabilidad, en privilegio; la custodia, en dominio. Entonces aquello que debía producir frutos y bien común, termina usurpado para confirmar nuestra posición.

El clericalismo es una de sus expresiones religiosas. No es el ministerio ordenado ni la entrega de tantos sacerdotes que gastan su vida acompañando comunidades, pobres, enfermos y personas heridas. Es su corrupción: cuando quien fue llamado a servir comienza a considerarse dueño de aquello que recibió para cuidar. Entonces la ordenación se convierte en rango, la autoridad reclama sometimiento y la comunidad deja de ser Pueblo de Dios para convertirse en clientela religiosa. El báculo deja de ser apoyo y se transforma en cetro.

La gravedad del clericalismo no son solo los excesos personales. Es la apropiación de la viña: los sacramentos parecen pertenecer al clero, la conciencia al confesor, la parroquia al párroco y la verdad a los predicadores "oficiales". Cuando además defender la institución pesa más que el sufrimiento de las víctimas, la lógica de los viñadores protege la viña silenciando a quienes muestran sus heridas.

Pero esta parábola va más allá de las deformaciones eclesiásticas. La misma tentación aparece cuando hablamos de la patria.

También una patria es, antes que propiedad, herencia. Recibimos una lengua que no inventamos, instituciones construidas antes de nuestro nacimiento, paisajes trabajados por generaciones desconocidas, canciones, comidas, costumbres, relatos familiares y memorias colectivas. Incluso aquello que llamamos «nuestra tierra» estaba aquí antes que nosotros y continuará, esperamos, cuando ya no estemos. Amar todo eso es virtud. El arraigo, la gratitud y la pertenencia son bienes profundamente humanos. Jesús amaba su patria. El problema comienza cuando confundimos haber recibido con poseer.

El nacionalismo se vuelve tóxico cuando transforma la gratitud por la herencia en escritura de propiedad y frontera. El «esta es nuestra casa» puede significar responsabilidad, cuidado y pertenencia; pero puede también absolutizarse: «nosotros decidimos quién merece habitarla porque nos pertenece más que a los demás». La tradición deja de ser algo que recibimos para transmitir y se convierte en un título que acredita propietarios.

Algo parecido les ocurrió a los viñadores. No habían creado la viña. Otro había plantado, cercado, preparado el lagar y construido la torre. Ellos habían recibido una responsabilidad dentro de una historia comenzada antes de su llegada. Su error consistió en olvidar el don recibido, para dar frutos.

También los pueblos pueden olvidarla. Las culturas que hoy consideramos propias son resultado de encuentros, migraciones, conflictos, préstamos, mezclas y transformaciones acumuladas durante siglos. Muchas palabras que pronunciamos llegaron de otras lenguas; alimentos que identificamos con nuestra tradición nacieron en otros continentes; pueblos que se imaginan originariamente homogéneos fueron formados por desplazamientos humanos sucesivos, incluso hasta hace muy poco. La identidad no es falsa porque cambie. Es histórica.

Reconocerlo no significa que una sociedad deba renunciar a sus fronteras, despreciar sus tradiciones o considerar irrelevante su continuidad cultural. Tampoco obliga a negar los problemas concretos que pueden acompañar procesos migratorios intensos. Una comunidad política necesita normas, obligaciones compartidas y cierta conciencia de continuidad. La cuestión evangélica aparece en otro lugar: ninguna frontera de pertenencia puede convertirse en frontera de la dignidad humana.

Clericalismo y nacionalismo excluyente pueden parecer fenómenos diferentes, pero comparten una lógica perversa. Ambos pueden transformar el «nos ha sido confiado» en «nos pertenece absolutamente». Uno pretende administrar a Dios; el otro, apropiarse de la patria. Uno convierte el ministerio en privilegio; el otro, la pertenencia en superioridad. Y ambos terminan imponiendo quién posee las credenciales para estar dentro.

Frente a ellos, el Evangelio propone la lógica del don. Quien recibe una viña no recibe un trofeo, sino una responsabilidad; quien recibe una tradición religiosa debe hacerla fructificar en misericordia y sinodalidad; quien recibe una patria tiene el deber de cuidarla y transmitirla mejorada para generaciones que todavía no han nacido y a personas que, llegando desde otros lugares, comenzarán a formar parte de su historia.

Por eso necesitamos una Iglesia que deje de vigilar la viña como propiedad y vuelva a cultivarla y compartirla como don: humilde, sinodal, capaz de rendir cuentas, escuchar a las víctimas y comprender la autoridad como servicio. Y necesitamos también patrias suficientemente seguras de sí mismas para amar sus raíces sin convertirlas en trincheras; comunidades agradecidas por su herencia, pero conscientes de que ninguna generación posee la forma definitiva de un país.

La parábola termina hablando de frutos. Una religión puede exhibir templos llenos y una patria llenarse de banderas por todas partes; pero, si ambas producen miedo, sometimiento y exclusión, estamos hablando de usurpación de la Viña del Señor.

La buena noticia es que el dueño no abandona su viña. Continúa esperando frutos. Y nosotros todavía podemos aprender que recibir no significa poseer, sino cuidar; heredar no significa cerrar, sino transmitir; pertenecer no significa excluir, sino asumir responsabilidad. Cuando una Iglesia vuelve a servir y una patria aprende a hacerse prójimo, aquello que parecía propiedad recupera su condición originaria de don.

Y entonces la viña vuelve a dar fruto para la Vida del mundo.

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