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Abandono y Paz

El capuchino Ignacio Larrañaga tiene una reflexión muy necesaria para los tiempos actuales. En su libro Muéstrame tu rostro -un clásico de la espiritualidad cristiana- engarza una de las grandes máximas de la psicología con la mejor actitud cristiana: aceptar aquello que no se puede cambiar es uno de los principios de la sabiduría humana. Mientras haya algún atisbo de superar una realidad negativa, luchemos con esperanza y poniendo todos los medios. Pero cuando no es posible cambiar la realidad, por dolorosa que esta sea, es preciso soltar, es decir, aceptar y abandonar toda resistencia -desde la humildad- con la confianza puesta en Dios.

Lo contrario es luchar en vano, es resistirse emocionalmente ante un hecho consumado que no cabe hacer nada. Es locura resistir mentalmente ante tantas cosas que nos entristecen o nos hacen sufrir que no tienen solución, o la solución no está en nuestras manos.

La sabiduría consiste en discernir lo que puedo cambiar de lo que no, poniendo todos los esfuerzos para cambiar lo que todavía es posible lograr. Y abandonarse emocionalmente en la confianza del Señor cuando la realidad es insuperable. Seguramente, Larrañaga rezó muchas veces esta oración de San Francisco de Asís, como buen seguidor que era del Poverello:

Concédeme, Dios mío,

la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar las que puedo cambiar,

y sabiduría para reconocer la diferencia.

“Abandono” suena a retirada poco digna, pero es todo lo contrario. Con el nivel de madurez que nos propone el capuchino vasco en forma de proceso de purificación, “los fracasos dejan de ser fracasos, la muerte deja de ser muerte, las incomprensiones dejan de ser incomprensiones. Todo se transforma en paz”.

Lo cierto es que allá donde pronunciemos esta palabra, desencadena no pocos equívocos. Unos lo entienden como pasividad; para otros supone recomendar la resignación. Incluso es frecuente escuchar la expresión “resignación cristiana” cuando la resignación es una fatalidad que nunca fue cristiana, sino estoica. Lo genuino y específicamente evangélico es el abandono. ¿Por qué no se habla casi nada de este abandonarse con humildad en las manos de Dios en las meditaciones? La actitud de abandonarse no es solo cristiana, sino la actitud inteligente de todo aquél que busca aminorar el sufrimiento a base de desasirse emocionalmente de anhelos y realidades que se tornan imposibles.    

Cuanto nos resistimos ante un imposible se genera un estado creciente de angustia acelerada que desemboca en un círculo autodestructivo. Por el contrario, si cesa la resistencia -aceptación de lo inevitable- aceptando con paz aquellas realidades que nadie puede alterar, la angustia se transforma en la paz. No pocos ejemplos de experiencias de madurez nos ofrecen testimonios donde el binomio humildad y confianza otorgan una serenidad, aunque no evita la causa del quebranto afectivo.

Nos sentimos traicionados: parece que la vida no cumple sus promesas. Fijémonos en Jesús: no responde al mal con mal, sino que perdona a sus verdugos, única manera de romper la cadena del mal: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”; pero, expresándolo desde una confianza radical: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Solo podemos afrontar el mal en el horizonte de esperanza, “el principio de Arquímedes de toda filosofía” (J. Moltmann, teólogo protestante).

El mal tiene mucha fuerza… una fuerza que puede arrastrarnos. Ante esta realidad tan humana, todo acto de abandono es un morir a los impulsos más destructivos del corazón. Un NO a lo irreversible de lo que yo hubiese querido.  Vivir en constante resistencia agota, genera ansiedad y puede prolongar el sufrimiento. Al contrario, el abandono (soltar) es el acto de desapegarse de lo que causa dolor para acercarse a la paz. Permite ahorrar energía mental y encontrar alivio emocional.

Resistamos sin desfallecer solamente cuando el objetivo es alcanzable y depende de nosotros. Nos lo dice la ciencia de la psicología y el camino liberador marcado por Jesús.  

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