Experiencia emocionante de perdón
Estos días he conocido la noticia ocurrida hace pocos años en Irán en torno a la ejecución de un condenado a muerte. O debería decir la experiencia de perdón que atesora, y que me ha llevado de nuevo a la Buena Noticia de Jesús cuando insistió tanto en la importancia de esta actitud transformadora. Lo cuento:
Balal Abdullah, un joven de 26 años, había matado a otro muchacho en una pelea a cuchillos en una ciudad del norte de Irán. Fue detenido y condenado a muerte en un juicio largo y muy duro para las familias. Por fin llegó el momento de ejecutar la sentencia de muerte, con el patíbulo instalado la noche anterior en plena calle, en torno al cual se reunieron cerca de mil personas al amanecer, frente al cadalso.
El condenado gritaba clemencia, igual que algunos asistentes que pedían la gracia para el condenado. La madre de la víctima y su marido tenían derecho a participar en la ejecución o en el perdón, manteniendo o retirando la silla bajo los pies del reo, según las reglas de la Qisas, “el ojo por ojo” en la Sharia coránica.
Algo se rompió por dentro en Samereh Alinejad, la madre de la víctima, escuchando a este hombre pedir a gritos perdón y piedad. De modo que cuando Balal estaba ya sobre la pequeña silla con la soga al cuello y los ojos tapados por un pañuelo negro, la mujer detuvo la ejecución: acompañada por su marido subió al patíbulo y le propinó una bofetada al reo; un gesto de desahogo que en la cultura iraní se interpreta como que le ha perdonado la ofensa y, en este caso, salvado la vida. Acto seguido pronunció la palabra “perdonado”, y su marido retiraba la soga del cuello del joven Balal. El condenado había salvado la vida y no dejaba de llorar agradecido pidiendo perdón por el daño causado. Por su parte, el padre de la víctima aceptaba que no hubo intención de matar a su hijo deliberadamente.
La familia ya había sufrido la muerte de otro hijo en accidente de tráfico. Pero lo más emocionante ocurrió cuando ambas mujeres, la madre del reo y la madre de la víctima, se abrazaron, sellando un gran pacto sanador emocional y espiritual, en un país tan criticado por su alto número de ejecuciones, muchas de ellas públicas. El derecho penal iraní es muy injusto, sobre todo al trasladar la responsabilidad sobre el futuro del condenado en manos de los familiares de las víctimas. Es una disposición inhumana al convertir las víctimas en verdugos cuando los parientes participan activamente en la ejecución del condenado volcando la silla para que el ahorcamiento sea efectivo. La voluntad social de venganza es el trasfondo cultural que permite ejecutar personalmente al asesino.
Por supuesto que no siempre somos capaces de perdonar, especialmente en una situación tan extrema como es la muerte violenta de un hijo. En estas circunstancias, da igual ser una persona ilustrada y adinerada o poseer una cultura primaria y pocos recursos. Ahí no está la dificultad, sino en la capacidad de compadecerse, de perdonar, de amar. Por eso traigo aquí este caso real, para invitar a la reflexión sobre la capacidad que tenemos a nivel personal para no seguir los dictados primarios ante una petición del perdón, y concederlo. El perdón es una decisión que sana, es el atributo de los fuertes de corazón que son capaces de pedirlo como de aceptarlo en las grandes decepciones de la vida… y en el día a día, ay, tan difícil. Diría más, perdonar y aceptar el perdón es parte esencial de la naturaleza de Dios.