Un pasaje del Evangelio en el siglo XXI
Leo en Vida Nueva (nº 3.438) una feliz historia contada por Rubén Cruz que nos acerca al corazón del Evangelio. Dos mujeres que se aman -Ana y Teresa-, seguidoras de Cristo. Hasta aquí no hay nada novedoso, porque no son las primeras que viven su fe y su amor de esta manera.
Lo significativo de esta historia de amor entre dos mujeres católicas e implicadas en el seguimiento de Jesús es que un buen día, un Sábado Santo, se celebraba el sacramento de la Reconciliación en una parroquia, y una de ellas fue a confesarse: “Le conté al sacerdote que estaba saliendo con una mujer y que eso, de alguna manera sabía que chocaba con la Iglesia. Él solo me hizo una pregunta: ´¿Cómo es ese amor?´ Ella le contestó: “Ella me hace acercarme a Dios. El cura me dijo que agradeciera y compartiera ese amor con el mundo porque es un regalo de Dios. Eso fue como un despertar, una resurrección total”. Esta mujer concluye su relato expresando que ese momento fue “el más lleno de Dios y de alegría de toda mi vida”. Ella había sido transformada por el amor de Dios, de ahí su inmensa alegría.
La pareja madura su fe en una comunidad espiritual ignaciana. El enfoque de las cuestiones morales pasa por el tamiz del amor verdadero, sincero y entregado, como lo más importante, más que la norma. Son diez años desde que se promulgó la Exhortación papal Amoris laetitia que derivó en la Declaración Fiducia supplicans sobre el sentido pastoral de las bendiciones, y que a su vez las Acta Apostolicae Sedis, convirtieron en Magisterio de la Iglesia. Hay mucho escándalo y rechazo -parecido al que hubo en tiempos de Jesús- porque algunos entienden la norma como lo más importante, no las actitudes, a pesar del fundamento del mensaje cristiano. Para el arzobispo de Auxerre (Francia), Hervé Giraud, “es el estilo de Cristo”.
Nuestra Iglesia mira a Cristo la que, según el Nuevo Testamento, no debe ser la Iglesia del unitarismo centralista que aboga por la uniformidad. Quienes siguen criticando a Francisco, deberían leerse el Evangelio y tener el valor de aplicar sus críticas y su rigidez moral contra las actuaciones de Jesús de Nazaret con personas a todas luces excluidas según las leyes religiosas por las que se regía el Pueblo elegido. El espíritu del Evangelio, hoy también está en juego.
Esta pareja de mujeres se aman de verdad, y eso es lo más grande que existe, dentro y fuera de la Iglesia. No es cristiano ni tiene lógica alguna, que el amor sincero y entregado entre dos mujeres sea menos tolerado que una pareja heterosexual que se engañe o viva desde un egoísmo alejado del amor. No seamos tan hipócritas al “interpretar” las leyes morales. El ejemplo es Jesús de Nazaret, y ese confesor lo entendió muy bien al hacer la pregunta del millón: ¿Cómo es ese amor?
Aquí tenemos un ejemplo maravilloso, un pasaje del Evangelio en medio de nuestro tiempo. Ellas dos recibieron la bendición al poco tiempo de que se aprobara Fiducia supplicans: ¿Cuál es el delito moral, cristiano? Basttante tenemos con ser consecuentes en el amor como para juzgar a otras personas.
Algunos interpretan al pie de la letra el perturbador mensaje de Jesús de que no vino a traer paz al mundo, sino la espada, en lugar de interpretarlo de esta otra manera: vivir el Evangelio como lo que realmente es, un modelo de amor para vivir más plenamente, que es lo que Dios quiere. Y esto no permite actitudes acomodaticias en nuestro compromiso de evangelizar el Reino de la justicia y del amor de Cristo. De lo otro, de la condena excluyente, ya tuvo bastante Jesús por amar siempre más y mejor.