¿Cómo es posible?
¿Cómo es posible que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sus datos pasen tan desapercibidos sobre la muerte de niños menores de cinco años? Y descendiendo al detalle, resalta que la mortalidad de niños menores de 28 días es especialmente preocupante por las complicaciones en el parto y los nacimientos prematuros.
Hablar de la mortalidad infantil significa toparnos con las desigualdades en el acceso a cuidados esenciales, sobre todo en las regiones con menos recursos, situación provocada por la injusticia social de la falta de recursos y esfuerzos solidarios coordinados internacionalmente para salvar vidas. Las cifras de niños muertos en 2024, las últimas disponibles por Naciones Unidas, cerca de 4,9 millones de niños menores de cinco años murieron en todo el mundo, en su mayoría por causas evitables. De ellos, casi la mitad fallecieron antes de cumplir los 28 días de vida y 100.000 fallecieron por hambre aguda. Para Unicef, se trata de una realidad comparable a la de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la zona subsahariana de África y Asia meridional, donde acumulan el 80% de los fallecimientos.
Niños que murieron y siguen muriendo por causas prevenibles derivadas de la miseria, sin olvidar que algunos países ricos han reducido o suprimido las ayudas humanitarias siguiendo la estela abominable de Estados Unidos.
De continuar esta tendencia, la ONU anuncia que más de 27 millones de niños morirán en los próximos cuatro años antes siquiera de cumplir un mes de vida por el abandono deshumanizado del mundo que no sufre fenómenos meteorológicos extremos, crisis económicas o conflictos violentos. Simplemente, no hay voluntad en quienes pueden evitarlo, ni sensibilidad suficiente en el ciudadano medio para presionar a sus gobernantes en lo urgente de verdad: evitar los recortes presupuestarios básicos para paliar esta inhumanidad.
Los primeros 28 días de la vida de un niño siguen siendo el período de más riesgo para su supervivencia. Y después del primer mes de vida hasta los cinco años, la malaria fue la principal causa de la muerte (el 5% fallecieron por esta causa en 2024). Sin embargo, esta cifra es mucho mayor, ya que la desnutrición debilita el sistema inmunitario de los niños y aumenta el riesgo de morir por enfermedades como malaria, neumonía y diarrea. Además, los recién nacidos menores de un mes tampoco están incluidos en esa cifra.
Ningún niño debe morir por enfermedades que sabemos cómo prevenir. Cada vida perdida afecta directamente también al desarrollo social y económico del resto de naciones. perpetuando ciclos de pobreza y desigualdad. Lo cierto es que existen señales preocupantes de que el progreso en la supervivencia infantil se ralentiza, en un momento en que nuevos recortes presupuestarios se dan a nivel global.
Los recortes en las ayudas al desarrollo y el cierre de la Agencia de Cooperación Estadounidense (USAID) ordenado por Trump para multiplicar el gasto en defensa, al que siguieron drásticos recortes por varias potencias europeas en su ayuda oficial al desarrollo, son causas directas de tanta miseria con resultado de muerte, sobre todo infantil.
Cuando algunos países ricos ponen a delincuentes a “gobernar” un país tercermundista es para llevarse sus recursos a costa de sus legítimos propietarios. Lo verdaderamente escandaloso es que esto no sucede por una dinámica imposible de frenar.
En definitiva, la pobreza no es un problema de los pobres solamente, sino de todo el mundo, tal cual, y combatirla es una cuestión de justicia básica que impide las políticas egoístas. La solidaridad en forma de cooperación al desarrollo no es una forma de limosna, sino una obligación moral, aunque algunos crean que lo que ayudo a otros, les debilitan económicamente: que ayuda a crear competidores, y que lo mejor es sojuzgarles y servirse de ellos. Suena fatal, pero es la realidad.
El problema está, pues, perfectamente identificado y la solución recae sobre quienes tienen en su mano la ayuda al desarrollo y la niegan convirtiendo la realidad en una tragedia silenciosa que asola el planeta, cuando esta atrocidad debería clamar en todos los rincones de la Tierra. Los cristianos del Primer Mundo y todas las personas con un mínimo sentido ético de la existencia tenemos un compromiso vital de no formar parte de esta letal indiferencia.