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La Ascensión del Señor

Esta solemnidad de la ascensión del Señor nos invita a dirigir una vez más la mirada a Cristo y al acontecimiento pascual. En el testimonio del Nuevo Testamento, la ascensión del Señor Jesús tiene varios significados. Por una parte manifiesta, sin género de dudas, que la nueva vida de Jesús resucitado no es una vuelta a la existencia que él tenía antes de morir en la cruz, sino que gracias a su resurrección Jesús inauguró una nueva forma de vida para él y para los humanos. La resurrección de Jesús no es una vuelta a la vida aquí en la tierra con los discípulos, sino el avance hacia la vida plena con Dios. En su resurrección, Cristo comenzó una vida nueva en Dios y junto a Dios. Cuando Jesús se aparecía a los discípulos después de su pasión, él venía desde Dios. La resu-rrección de Jesús es su exaltación a la derecha del Padre, Jesús, en su condición humana participa de la gloria de Dios, se manifiesta como Señor.

Por otra parte, la ascensión de Jesús pone fin a su convivencia con sus discípulos para instruirlos. El Nuevo Testamento ya no registra nuevas apariciones de Jesús, como las que ocurrieron después de Pascua, cuando Jesús convivía unos momentos con sus discípulos, comía con ellos, les explicaba las Escrituras, les encargaba una misión. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejo ver por ellos y les habló del Reino de Dios. Esto ya no volverá a ocurrir. Aunque hay tres personajes en el Nuevo Testamento que todavía ven a Jesús después de su ascensión, sin embargo lo ven en el cielo, lo ven en su gloria, oyen su voz. Se trata de la visión que tuvo san Pablo durante su conversión, la de Esteban durante su testimonio ante el Sanedrín y la de Juan, al inicio de las visiones del Apocalipsis. Ellos ven a Cristo resucitado, pero Jesús resucitado ya no convive, come o los instruye.

La ascensión de Jesús marca el inicio de una época nueva. Jesús envía desde el cielo al Espíritu Santo como presencia divina que acompaña a la Iglesia durante el tiempo de este mundo. La ascensión de Jesús marca el tiempo de la Iglesia, de la evangelización y el testimonio, el tiempo en el que a través de la acción de los creyentes el mundo poco a poco entra en la dinámica del Reino de Dios.

La segunda lectura de hoy presenta el significado de la ascensión de Jesús de un modo singular. Para explicar lo que ha ocurrido con Jesús, el autor toma como modelo el ritual del día de la expiación, que se realizaba en el templo de Jerusalén una vez al año. Los lectores de la Carta a los hebreos evidentemente estaban familiarizados con ese ri-tual; nosotros, en cambio, no. Por eso nosotros necesitamos que se nos explique también el ritual. En el libro del Levítico se explica que el sumo sacerdote del templo de Jerusalén, una vez al año, podía entrar hasta el recinto donde estaba el arca de la alianza, la presencia simbólica de Dios, para pedir el perdón de los pecados del pueblo, presentando

como ofrenda la sangre de un chivo. Ese recinto estaba separado del resto del templo por una cortina.

Tomando pie en ese ritual, el autor de la Carta a los hebreos dice que Cristo hizo lo mismo de manera definitiva. Cristo ejerció como sumo sacerdote de la humanidad en el templo del cielo. Llevaba su propia sangre, y no la sangre de animales. Entró hasta la presencia de Dios, y no sólo del símbolo de la presencia de Dios. La cortina que Cristo atravesó para llegar hasta la presencia de Dios fue la de su propio cuerpo, la de su propia muerte. De este modo Cristo abrió el camino hasta Dios no sólo para él mismo, sino para todos los que están unidos a su cuerpo. La ascensión de Jesús es pues el ejercicio del sacerdocio de Cristo, para llegar hasta la presencia de Dios y obtener, no solo el perdón de los pecados, sino el acceso hasta la comunión de vida con Dios. En virtud de la sangre de Jesucristo, tenemos la seguridad de poder entrar en el santuario, porque él nos abrió un camino nuevo y viviente a través del velo, que es su propio cuerpo. Acerquémonos, pues, con sinceridad de corazón, con una fe total, limpia la conciencia de toda mancha y purificado el cuerpo con el agua saludable. Mantengámonos inconmovibles en la profesión de nuestra esperanza. A la luz, pues, de este texto, el acontecimiento de la ascensión es el acto donde se completa la obra sacerdotal de Cristo, y el que abre para nosotros la comunión de vida en la presencia de Dios.

Sin embargo, también hay otras dimensiones y consecuencias de la ascensión de Jesús al cielo. En la primera lectura y en el evangelio hemos escuchado los dos relatos con que el mismo autor, san Lucas, conserva para nosotros la memoria del acontecimien-to. En ambos relatos Jesús pide a sus discípulos que permanezcan en Jerusalén hasta que reciban el don del Espíritu Santo. La exaltación de Jesús lo convierte en mediador para otorgarnos el don del Espíritu, que hace posible desde ahora compartir la vida de Dios y con Dios. El Espíritu será también la fuerza que los capacite para la misión, pues la tarea que les va a encomendar no es una obra que se pueda realizar con las solas fuerzas huma-nas. Los apóstoles y quienes vengan después serán en realidad colaboradores, instrumen-tos dóciles, que actuarán con la fuerza del Espíritu, quien es el verdadero guía de la Iglesia. No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto.

La tarea, la misión, la obra que deben realizar los discípulos consiste en anunciar a todo el mundo que Jesús es el Salvador. En su nombre se ha de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. De muchas maneras, en los evangelios queda claro que este es el encargo definitivo y final de Jesús. Esta fiesta, por lo tanto, trae a nuestra conciencia la tarea de la evangelización. Es verdad que el fin y el propósito de la Iglesia es procurar la unión de todas las personas con Dios, y desde la unión en Dios y con Dios, procurar la unión de todas las personas entre sí. Esta unión con Dios y de unos con otros en Dios conduce a nuestra plena realización, pues para eso fuimos creados por el mismo Dios. Pero es necesario comunicar esta noticia, es necesario proponer esta forma de vida, es necesario ser testigos de esta alternativa que se nos ofrece.

La Iglesia, que somos nosotros mismos, existimos en función de una misión, de una tarea. El primer ámbito misionero para cada uno de nosotros es la propia familia. La familia debe ser lugar donde se transmite la fe de una generación a otra, debe ser el lugar donde nos ayudamos unos a otros a perseverar en la fe a través de las adversidades y las pruebas. La familia debe ser el lugar primero de la evangelización a través de la oración, de una vida íntegra, a través de la conciencia de que vivimos en la presencia de un Dios bueno y misericordioso. El segundo ámbito misionero para nosotros es el lugar de trabajo. Incluso el modo responsable, honesto, servicial como desempeñamos nuestro trabajo debe ser testimonio evangelizador. Nuestra alegría, nuestra integridad de vida, la calidad de nuestro desempeño y servicio debe ser contribución al bien de nuestra comunidad y signo de que dejamos que el reino de Dios transforme, a través nuestro, las realidades temporales. El tercer ámbito misionero para nosotros es la comunidad, nuestra participa-ción ciudadana. Debemos contribuir al bien común, tener la valentía para hablar de Dios como el fundamento de nuestra realidad y de nuestra acción. Sobre todo los fieles laicos tienen en el ámbito de las realidades temporales el campo de acción para que el reinado de Dios también vaya haciéndose realidad en ellos.

Alegrémonos, pues, en esta fiesta que mira también hacia el futuro. Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse. Esa certeza de la fe es promesa que orienta nuestra mirada y nuestras acciones. Vamos desde ahora al encuentro del Señor que vendrá. Esa promesa sostiene nuestro presente que tiende así a la plenitud de Dios.

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