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María, el nuevo comienzo de la historia humana

La fiesta de hoy viene a reforzar y a motivar la espiritualidad del adviento. Si adviento es un tiempo de preparación para el encuentro con el Señor al final de los tiempos y en la Navidad, la concepción sin pecado original de la Virgen María es el inicio histórico de la preparación de la mujer que sería la madre del Hijo de Dios.

¿De dónde sabemos los católicos que la Virgen María fue concebida sin pecado original? El Nuevo Testamento no habla directa o explícitamente de esta obra de Dios en la persona de la Virgen María. Pero sí habla de otras obras de Dios que permitieron a los fieles vislumbrar que el Hijo de Dios proyectaba su victoria sobre el pecado también hacia atrás en la vida de su propia Madre. Por eso nos preguntamos, ¿qué sensibilidad espiritual y teológica llevó a los cristianos a vislumbrar este elemento de la fe de la Iglesia? Surgió de una convicción fundamental: Dios y el pecado son absolutamente incompatibles.

Hace ya muchos siglos, los creyentes cristianos comenzaron a pensar que sería imposible que el Hijo de Dios pudiera tomar su humanidad de una mujer afectada por el pecado humano. En una cultura como la nuestra, que ha devaluado el pecado a mera debilidad humana, no entendemos el sentido de esa preocupación. El pecado no es ni siquiera una falta moral, es algo más. En la Biblia, el pecado en su más siniestra consistencia es la oposición a Dios y a su obra. Entonces se hace evidente que Dios y el pecado son incompatibles. En este sentido el pecado es una fuerza y una presencia antidivina y antihumana.

Según el testimonio bíblico, el pecado es la presencia del mal en la persona, y el pecado afecta no sólo el espíritu sino incluso el mismo cuerpo, que por eso está afectado de enfermedad y mortalidad. Si Jesús es verdadero Dios, su humanidad que deriva plenamente de la humanidad de la Virgen María, no podía estar marcada por el pecado. Recordemos la frase de la carta a los hebreos: Jesús es el sumo sacerdote que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado (Hb 4,15). En cierto modo entonces la confesión de la inmaculada concepción de María es una consecuencia de nuestra fe en Jesús como verdadero Hijo de Dios. Si el Hijo de Dios tomaría su condición humana de una mujer, entonces en medio de la humanidad pecadora, Dios eligió y libró de todo pecado a la mujer de la que su Hijo tomaría una humanidad inmaculada, porque Dios y el pecado no pueden estar juntos.

También se planteaba una segunda pregunta: La encarnación del Hijo de Dios, ¿es continuidad de la historia antigua de la humanidad o es un nuevo comienzo? La pregunta se planteaba, porque san Pablo habla de Jesús como un nuevo Adán, como un nuevo comienzo de la humanidad. Adán, el primer hombre procede de la tierra y es terrestre; Jesucristo, el segundo procede del cielo (1Cor 15, 47). Pero el segundo Adán, aunque viene del cielo, toma su humanidad de la Virgen María. ¿Asume el nuevo Adán una humanidad marcada por el pecado o asume una humanidad que ha sido liberada del pecado?

Nuevamente la fe en Cristo como el nuevo comienzo de la humanidad, el nuevo modelo según el cual se plasma la humanidad recreada por la resurrección y el don del Espíritu, lleva a la conclusión de que su origen es nuevo, libre y limpio de pecado.

La reflexión sobre la divinidad de Cristo, de su real humanidad, de la incompatibilidad entre Dios y el pecado llevó gradualmente la conciencia cristiana a concluir que Dios ha dado un nuevo comienzo a la historia humana, y ese comienzo es la Virgen María liberada de todo pecado desde el momento de su propia concepción en el seno de su madre. La concepción de la Virgen María por sus padres, Joaquín y Ana, fue del todo natural. Pero ese momento está marcado por una acción de Dios que da un nuevo inicio a la historia de la humanidad, al crear a María como un ser humano libre de pecado. En el fondo, lo que afirmamos es que Dios es más grande que el pecado humano y que Dios puede hacer todas las cosas nuevas. En la inmaculada concepción estamos afirmando el poder de Dios que vence el mal y que asegura la victoria definitiva.

Las lecturas que hemos escuchado han servido a la Iglesia para expresar su fe. Tras el primer pecado que trastorna las relaciones armoniosas de la creación, Dios sentencia a la serpiente asegurándole que la descendencia de la mujer aplastará su cabeza. En un primer significado obvio la sentencia divina se refiere a la práctica de matar a las serpientes aplastándoles la cabeza donde tienen el veneno; pero en su significado espiritual, la sentencia alude a la victoria de La Descendencia de la Mujer, Jesucristo, que aplasta la cabeza del demonio y del mal. Cristo preparó su propia encarnación librando del pecado y del mal a la mujer de la que tomaría su propia humanidad. En las imágenes de la Inmaculada Concepción quien aparece aplastando la cabeza de la serpiente es la Virgen, pero está claro que ella ha derrotado el pecado en cuanto que Dios la ha librado de todo pecado y de todo mal.

La carta a los efesios, por su parte, nos habla de esa voluntad de Dios de crear una humanidad santa e irreprochable. Dios nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos. Esa elección tiene su raíz en la elección de la Virgen María, de la cual nació el hombre nuevo Cristo. Unidos a él por el bautismo, renacemos a esta vida nueva, nos despojamos del viejo Adán, para asumir al nuevo, y ser parte de esa humanidad llamada a ser santa e irreprochable ante Dios.

Finalmente, siempre ha llamado la atención el saludo que el ángel le dirige a la Virgen María en el evangelio de san Lucas. La llama llena de gracia, es decir llena del favor divino. En el idioma griego en que fue escrito este evangelio, la palabra tiene el matiz y el sentido que indica que María ya había sido completamente agraciada y favorecida por Dios antes de que el ángel se le apareciera. María había sido elegida de antemano aunque ella no lo supiera. Los creyentes que meditaron sobre esa palabra a lo largo de los siglos llegaron a la conclusión de que María había sino “llenada de gracia” desde el inicio de su existencia, de modo que Cristo asumió su humanidad de una mujer que por la pura misericordia de Dios había estado siempre llena del favor de Dios y ajena a todo mal.

¿Tiene esta fiesta algún sentido y significado para la vida de cada día? El salmo responsorial canta la victoria de Dios. El Señor ha hecho proezas con su brazo, su brazo le ha dado la victoria. En esta fiesta nuestra atención se dirige finalmente a Dios. Hoy celebramos que Dios ha vencido todo mal. Vivimos afectados por el mal, el mal físico como la muerte y sus múltiples manifestaciones que socavan nuestro pleno desarrollo. Vivimos afectados también por el mal moral, las acciones perversas con las que afectamos a nuestro prójimo y a nosotros mismos. Hoy Dios nos asegura que ningún mal es definitivo. En él tenemos la victoria sobre la muerte y el pecado.

No es de extrañar que esta fiesta haya sido asumida por el pueblo cristiano con gran alegría y confianza. ¿Hay victoria sobre el mal? ¿Hay esperanza de salir librados de la muerte? ¿Podemos esperar que al final Dios nos dará la victoria? Esta fiesta de hoy nos asegura que la victoria es de Dios. La última palabra en la historia humana la tendrá el poder creador de Dios, no el poder destructor del pecado. La seguridad de la victoria divina sobre el mal nos alienta para saber que vale la pena ser justo, ser honrado, ser veraz y transparente. Quien actúa así ya está actuando del lado vencedor. El Señor ha desplegado su santo brazo, y nos ha dado la victoria.

X Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango-Totonicapán

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