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Semana Santa

La cuaresma es tiempo que invita a revisar la vida y a determinar cuáles son las verdaderas motivaciones de lo que hacemos a diario. Su culmen es la Semana Santa, días en los que se rememoran la pasión, crucifixión, muerte y resurrección de Jesús de Nazareth. Porqué este tiempo atrae tanto, no sólo a los habituales que participan asiduamente al culto, sino también a muchos que únicamente van a la iglesia “una vez por la cuaresma”?

La respuesta está en lo paradigmático de la vida de Jesús. Su existencia y sobre todo el final de su existencia asume la debilidad de la condición humana, el sufrimiento del inocente y la saña con que los que detentan el poder manejan los hilos de la historia. Vivimos en una sociedad en la que la libertad está cada vez más coartada y manipulada por los poderes mediático, político y económico.

Jesús sintió y padeció miedos. El sudor en el huerto de Getsemaní no fue un recurso teatral para ir más tranquilo a la crucifixión. Fue la experiencia límite de saber que la vida se le iba, que lo entregaba todo, que de nada valía su inocencia y su llamado a la verdad. Jesús conoce el antídoto del miedo: la experiencia de un Dios que cumple. La expresión popular: “arriba está el que para abajo mira”, expresa esa confianza en Dios que no elimina el miedo, sino que lo supera. De allí la invitación a la oración sincera y a la confianza en la fuerza del bien sobre el mal. Es lo que ha movido a los grandes de la historia y ha sido capaz de derrumbar a los imperios más sólidos, pero con pies de barro.

Quizá muchos de nosotros pasamos por la tentación de Pedro ante las mujeres que se calentaban en la noche aciaga del juicio a su maestro. Pedro aguanta su miedo todo lo que puede, pero cuando le llega el momento de la valentía, se derrumba y por miedo mienta y niega al Maestro. La mirada de Jesús sólo puede ser percibida desde las reacciones de Pedro, que hacen pensar en una mirada acusadora, decepcionada, pero, a la par, amable y comprensiva, de perdón y de segunda oportunidad. La vergüenza de Pedro, que desnuda su abandono en las manos del miedo, no es el fin del mundo. Su deshonra no es ni el miedo, ni el llanto, sino las acciones derivadas de un miedo no reconocido ni asumido. Hay que ser capaces como Jesús de resistir a la parodia de juicio de los que sí tienen miedo. Por eso abusan del poder y condenan sin ton ni son. No pueden soportar que alguien desnude sus más secretas intenciones, productos del miedo ocultados bajo la forma de poder represivo.

La cuaresma y la semana santa son tiempos de paso para la pascua. Es el tiempo propicio para reforzar la esperanza. La vida plena es un don que hay que alimentar para que superemos los miedos que enferman y matan. La Semana Santa es tiempo para el descanso y el reencuentro con seres queridos, amigos y con la golpeada naturaleza que nos sirve de entorno. Hay derecho y necesidad de descanso y relax. Pero es también tiempo para la interiorización, la espiritualidad, la búsqueda de Dios, a veces desconocido, oculto o ininteligible. Para los cristianos, la consigna de Juan Pablo II, no tengan miedo, con la que él supo afrontar tantas situaciones difíciles, es el mejor ejemplo y cercano de lo que puede la fe. A eso nos invita la Semana Santa. Aprovechémosla para construir el futuro, personal y colectivo, individual y social. Sin odios, con misericordia y perdón. Con la total seguridad de que ”todo lo puedo en aquel que me conforta, Jesús”.

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

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