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Luis Marín San Martín, nuevo limosnero papal

Tres grandes santos

En menos de una semana la liturgia nos invita a contemplar, en estos días finales de junio, la vida de tres grandes santos, universales y muy populares: San Juan Bautista, el precursor; San Pedro, la roca sobre la que Jesucristo fundó su Iglesia; y, el mismo día en el calendario, San Pablo, el gran apóstol de los gentiles. Son muchas las parroquias de nuestra Archidiócesis que les veneran como patronos. Y muchas personas llevan el nombre de estos grandes santos.

San Juan Bautista nació sólo unos meses antes que Jesús y su misión fue anunciar la inminente llegada del Mesías. Fue él quien le presentó a algunos de sus discípulos, que pasaron a serlo de Jesucristo. Entre ellos, Andrés, quien fue al encuentro de su hermano Simón y le dijo: "Hemos hallado al Mesías".

Juan fue el último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo. Su muerte, por decisión de Herodes, abrió el camino a tantos mártires que murieron por su fe, como Pedro y Pablo, el año 67, durante la persecución de Nerón.

San Pedro, escogido por Cristo como piedra angular de la Iglesia naciente, fue muy consciente de su responsabilidad. A menudo es quien toma la palabra en nombre de los demás; es el que toma la iniciativa, el que promete -a veces más de la cuenta- fidelidad al Maestro. El que se arrepiente cuando le ha fallado. El primer obispo de Roma y el primer Papa de la Iglesia, con el encargo de mantener la unidad y dar testimonio de la resurrección de Cristo con los demás hermanos.

San Pablo no fue discípulo de Cristo, pero sí su apóstol desde que le "conoció" de un modo absolutamente inesperado, cuando se dirigía a Damasco, precisamente con órdenes judiciales para arrestar a cristianos de la capital siria.

San Lucas, que recogió su testimonio, relata en tres ocasiones, en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, la conversión de Pablo. Algunos críticos con pretensiones científicas, como Ernest Renan, trataron de explicar la aparición del Resucitado y la caída del caballo diciendo que Pablo sufrió sencillamente una insolación. Al respecto, André Frossard comentó: "En tal caso sería la primera insolación de la historia que convierte a un judío en cristiano". La realidad es que Pablo, lo mismo que Pedro y que Juan, no se fabrican una idea a partir de una emoción, sino que se adhieren, con fascinación, a una persona: se enamoran de Cristo, corespondiendo al amor de Dios, que fue quien nos amó primero.

No escribió libros, ni tratados, sino cartas; la última a su discípulo Timoteo, en la que confiesa: "Yo estoy a punto de ser inmolado, y el momento de mi partida se acerca. He luchado un buen combate; he concluido la carrera, he guardado la fe".

¡Qué ejemplo son para nosotros de fe, esperanza y amor! Ahora nos corresponde a nosotros preparar los caminos del Señor, secundar a Pedro, que lleva el nombre de Francisco y que desde Roma dirige a la Iglesia; y, ser como Pablo, cuyas huellas espirituales son tan manifiestas en la Iglesia de Tarragona. Que nos convirtamos personalmente y seamos, como ellos evangelizadores, incansables.

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