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En la muerte de Habermas

Miedo en las curias de los religiosos españoles

Los tienen enfilados. Se sienten vigilados y, sobre todo, poco apreciados y escasamente queridos. Los religiosos y las religiosas españoles (sobre todo los frailes)viven con miedo permanente. Como agarrotados. Esperando a que escampe. Temen sobre todo a los "inquisidores" que se dedican a denunciar sus dichos y hechos, hábitos y corbatas. Y, sobre todo, temen y se duelen de los obispos que hacen caso de esas denuncias, a menudo anónimas, que las dan por buenas y que, a las primeras de cambio, descuelgan el teléfono y advierten al provincial de turno. Llamadas cada vez más habituales y conminativas

Un clima de este tipo resta fuerzas a la labor de las órdenes religiosas y a sus carismas. Órdenes y congregaciones nacidas para estar en la frontera, que se ven obligadas a resguardarse en sus cuarteles de veranos. Esperando a que vuelva a salir el sol. Y a que la jerarquía española vuelva a valorar su inestimable aportación, vuelva a contar con ellos (y no sólo con los nuevos movimientos, que también), deje de perseguirles, de hacer caso a los anónimos y les asocie al despertar de una pastoral creativa y original que tanta falta hace.

En definitiva, la vida religiosa española está esperando que el péndulo de la jerarquía vuelva al centro y deje de ser una realidad el que el arzobispo de Valladolid, monseñor Blázquez, pase por ser progre. O que insignes historiadores de la Iglesia, moderados y centristas desde siempre, como Joaquín Luis Ortega y Juan María Laboa, pasen, en estos momentos, por ser casi rojos. Todo un contrasentido, una falsedad y un claro signo de dónde habita la cúpula episcopal. Más a la derecha no se puede estar.

Por cierto, una cúpula que no acaba de entender que de la derecha le vienen siempre los problemas. Que los que más les atacan, si no van al cien por cien en su carro a misa, es la ultraderecha eclesiástica. Ellos son los que les crean los problemas y los que más furibundamente señalan a los obispos. A unos mas que a otros, lógicamente. Sobre todo, a los más moderados. Y no digamos a los últimos de Tarancón, que han pasado a ser, para ellos, una especie de apestados.

José Manuel Vidal

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