Roma coloca al obispo Zornoza por encima de las víctimas y en la Iglesia parece seguir reinando la impunidad de siempre
"Esta lógica explica por qué tantos altos funcionarios de la Iglesia han mirado con recelo el legado de Francisco. Él tronaba contra el clericalismo, rompía las componendas, desbarataba los arreglos de despacho y aplicaba con claridad la tolerancia cero, también para los obispos"
La pregunta duele, porque apunta al corazón mismo de la crisis eclesial: ¿siguen teniendo bula los obispos cuando se les acusa de abusos sexuales? Lo que transmiten demasiados casos es una sensación insoportable de privilegio, de triquiñuela canónica y de protección interna, cuando el acusado pertenece a la cúpula.
Y esa impresión, más allá de lo que finalmente dicte el propio León XIV, hiere a las víctimas, a la Iglesia entera y a la conciencia de cualquiera que espere justicia de la institución.
El caso Zornoza era sólido desde el principio: había denuncia de la víctima, corroborada por al menos un testigo, que vio al obispo con el denunciante en la cama. Sin embargo, en lugar de caminar con transparencia hacia la verdad, el proceso quedó atrapado en dilaciones, cautelas y fórmulas jurídicas pensadas, más que para esclarecer, para evitar una condena. Esa es la parte más amarga de esta historia. Porque la norma canónica deja de ser instrumento de justicia y se convierte en parapeto del clericalismo más atroz, que intenta salvar a la cúpula de los funcionarios de lo sagrado.
La propia secuencia del caso es elocuente. La Rota de Madrid aconsejó abrir proceso, pero en Sevilla se optó por maniobras dilatorias y por una salida canónica que impidiera una condena, con la consiga de ‘salvar al soldado Ryan’ y culpar a los medios. Después, Roma se acogió a la sugerencia sevillana y todo quedó atado, para absolver al obispo.
El resultado no solo deja una herida abierta en la víctima de Zornoza; también lanza un mensaje devastador a las muchas personas que han sufrido abusos en la Iglesia española. Y es que, cuando el acusado viste de mitra, el sistema tiende a proteger primero al mitrado y no a quien fue dañado.
Y el coste no termina ahí. La credibilidad eclesial vuelve a salir erosionada, porque cada decisión percibida como encubrimiento refuerza la sospecha de que existe una justicia de dos velocidades dentro de la Iglesia. Pero los funcionarios de lo sagrado viven en función del carrerismo más que del amor a la Iglesia.
Lo peor es que este tipo de resoluciones también comprometen al papa León XIV en vísperas de su visita a España, porque llegan en un momento en el que la Iglesia necesita mostrar verdad, limpieza y valentía moral, no más sombras ni más cálculos.
En el fondo, esta lógica explica por qué tantos altos funcionarios de la Iglesia han mirado con recelo el legado de Francisco. Él tronaba contra el clericalismo, rompía las componendas, desbarataba los arreglos de despacho y aplicaba con claridad la tolerancia cero, también para los obispos.
Por eso resultaba incómodo. Porque donde otros veían carreras, equilibrios y silencios prudentes, él veía el rostro de las víctimas y la necesidad de una Iglesia sin privilegios y con justicia para todos. Y esa es, precisamente, la lección que aún está pendiente. Y la asignatura que tiene que aprobar su sucesor, León XIV.