La ultraderecha que prostituye el cristianismo, nueva herejía del siglo XXI
Rezan al Dios de la guerra y, desde la Casa Blanca, le piden su bendición para acabar con el enemigo y hasta quieren convertir la guerra contra Irán en una 'cruzada'. La ultraderecha está prostituyendo el cristianismo, convirtiéndolo en ideología identitaria, arma arrojadiza y coartada política. Se trata de una evidente adulteración del Evangelio y de la doctrina cristiana, que está alumbrando una nueva herejía del siglo XXI, tanto en Estados Unidos como en España y en diversos países del mundo.
El cristianismo político de la ultraderecha no nace del Sermón de la montaña, sino de los laboratorios del resentimiento cultural. Se presenta como “defensa de las raíces cristianas”, pero en realidad reduce la fe a bandera, a frontera y a muro. En lugar de “bienaventurados los pobres”, proclama “bienaventurados los ricos, los fuertes, los armados, los que expulsan al diferente ”.
En Estados Unidos, el trumpismo cristiano ha consagrado la figura del “presidente providencial” que defiende a la “América cristiana” frente a inmigrantes, feministas y minorías, mientras bendice la cultura de las armas y de la guerra, el supremacismo blanco y una agenda económica hipercapitalista.
En España, la ultraderecha invoca a Dios, la patria y la “cristiandad” para justificar políticas de odio contra migrantes, mujeres, LGTBI y cualquier disidente, sentando a Cristo en el banquillo de la guerra cultural.
La teología adulterada
Este cristianismo adulterado se sostiene sobre una falsa teología que comienza por una impugnación total del Concilio Vaticano II. Se demoniza el aggiornamento como “traición”, se rechaza la libertad religiosa, el diálogo ecuménico, la defensa de los derechos humanos y, no digamos, la opción preferencial por los pobres. Se sueña con una Iglesia de trono y altar, de cruz y espada, homogénea, disciplinada, más cercana al nacionalcatolicismo que al Evangelio.
A ello se suma una lectura perversa de la vieja teoría de las dos espadas: el poder espiritual y el poder temporal deberían marchar juntos, con un Estado fuerte, punitivo y “cristiano” que imponga por la fuerza un orden moral y cultural.
En la cosmovisión de la fachosfera católica, la cruz se fusiona con la espada, el púlpito con la ley de extranjería, la liturgia con el discurso del odio. El resultado es una especie de cristo-césar: un Cristo armado, identitario y excluyente, completamente ajeno al crucificado que muere entre ladrones y abre las puertas del paraíso a Dimas, el arrepentido.
Anticristo, Apocalipsis y aceleracionismo
Sobre ese humus teológico se injerta una escatología deformada: la idea de que la historia camina hacia la llegada inminente del Anticristo y hacia un gran Apocalipsis que purificará el mundo. Lejos de inspirar conversión, misericordia y responsabilidad, esta visión se convierte en coartada para el desastre: “todo va a explotar, así que aceleremos la explosión”.
Es lo que Fernando Vidal describe como aceleracionismo, en su reciente artículo de Vida Nueva: “Básicamente es una ideología que trabaja por acelerar –mediante hipercapitalismo, imposición del poder violento en el mundo e invasión masiva de las tecnologías– lo que consideran una inexorable catástrofe planetaria, que realizará una drástica selección darwiniana de humanos, y tras la que se impondrá una civilización dictatorial gobernada por la élite de tecnomagnates”. Esa lógica apocalíptica, vestida de lenguaje cristiano, legitima la destrucción del medio ambiente, la desigualdad extrema y la violencia geopolítica: cuanto peor, mejor; cuanta más crisis, más cerca el “triunfo final” de los “elegidos”.
Teología de la prosperidad, el Evangelio convertido en negocio
La teología de la prosperidad es otro de los pilares “teológicos” que alimentan a esta nueva herejía ultraderechista del siglo XXI. No nace del Evangelio, sino del mercado: convierte la fe en inversión, a Dios en aseguradora y la bendición divina en sinónimo de éxito económico.
Según esta falsa teología, quien cree de verdad, obedece al “ungido” de turno y siembra (es decir, dona) dinero. Al hacerlo, será recompensado por Dios con riqueza, salud y triunfo. La pobreza deja de ser lugar teológico –“bienaventurados los pobres”– para convertirse en signo de falta de fe, de pecado o de maldición personal.
Esta lógica encaja como un guante con el hipercapitalismo y la agenda neoliberal de buena parte de la ultraderecha cristiana, tanto en Estados Unidos como en el mundo hispano: se canoniza el éxito empresarial, se sacraliza la figura del millonario “elegido” y se culpabiliza a las víctimas de la injusticia estructural.
Dominionismo (teología del dominio): Esta corriente sostiene que los cristianos tienen el mandato divino de tomar el control de las instituciones sociales, políticas y culturales (gobierno, educación, medios), para imponer leyes basadas en su interpretación bíblica antes de la parusía o del regreso de Jesús.
Nacionalismo cristiano: Identifica a la nación (sobre todo, EE. UU.) como la patria elegida por Dios, equiparando el patriotismo con la piedad religiosa. Consecuentemente, sostiene el imperio absoluto de la ley de Dios sobre la sociedad.
Fundamentalismo bíblico: Hacen una lectura literal de las Escrituras y, con ella, rechazan los cambios sociales modernos, como los derechos LGBTQ+ o el feminismo, interpretados como señales del "apocalipsis".
Cruzada contra el secularismo: Se percibe a la cultura secular, al marxismo cultural y al progresismo como amenazas existenciales o satánicas que deben ser combatidas en una "batalla cultural" abierta, sostenida e implacable.
Herejía del siglo XXI
Todos estos elementos configuran una nueva herejía que niega en la práctica la centralidad de las bienaventuranzas y sustituye la misericordia por la fuerza. Además, vacía la cruz de contenido redentor para convertirla en símbolo de identidad tribal.
Por otra parte, justifica la violencia estructural (económica, racial, patriarcal) como herramienta “divina” para imponer un supuesto orden cristiano; rompe la universalidad de la salvación y reinstaura la lógica de los “puros” frente a los “descartados”, de los “buenos” frente a los “malos”.
En nombre de Cristo, se bendice lo contrario de Cristo. En nombre del Evangelio, se pisotea a los pobres, a los migrantes, a las mujeres, a las víctimas de la historia, a todos los que Él llamósus ‘preferidos’. Y ahí radica la gravedad: no es solo una desviación política, es una prostitución espiritual de la fe.
¿Y las Iglesias?
¿Dónde están las Iglesias, las conferencias episcopales, los pastores, cuando la extrema derecha secuestra el nombre de Dios? Aunque algunos obispos dan la cara (léase Cupich y MacElroy en USA o Planellas y Cobo en España), la inmensa mayoría de prelados callan, se dejan utilizar o pactan, por miedo a perder poder o influencia. O se refugian en un falso “neutralismo” que en la práctica deja el espacio libre para la colonización ultraderechista del cristianismo.
Si la Iglesia no denuncia con claridad esta herejía, si no separa explícitamente al Cristo del Evangelio de los ídolos de la extrema derecha, se convierte en cómplice. Y la fe de los sencillos, los que rezan el padrenuestro y ayudan al vecino en silencio, seguirá siendo secuestrada por quienes han convertido a Jesús en un logo más de su campaña política y de conquista del poder.