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La dignidad de Pérez Pueyo en Torreciudad

Una Virgen, una ermita y un obispo libre: la batalla por la dignidad de Barbastro-Monzón

" No es un órdago. Es la coherencia de un obispo que parece dispuesto a perder el puesto antes que aceptar lo que interpreta como una desposesión de la memoria religiosa y popular de su diócesis"

Ángel Pérez Pueyo

Ángel Pérez Pueyo ha puesto sobre la mesa una palabra que en la Iglesia rara vez se pronuncia sin temblor: renuncia. No la emplea como chantaje, ni como desafío a Roma, ni como gesto teatral. La coloca, más bien, como límite de conciencia. Si la solución definitiva para el conflicto enquistado de Torreciudad supone que la talla original de Nuestra Señora de los Ángeles no permanezca en su ermita histórica, pondrá su cargo “a disposición por lealtad a nuestro pueblo”.

Virgen de Torreciudad

No es un órdago. Es la coherencia de un obispo que parece dispuesto a perder el puesto antes que aceptar lo que interpreta como una desposesión de la memoria religiosa y popular de su diócesis. En una Iglesia donde algunos se agarran al báculo como si fuera una prolongación del cargo, Pérez Pueyo hace lo contrario y se muestra dispuesto a dejarlo. Y ese gesto -se comparta o no cada matiz de la controversia- tiene la fuerza moral de lo profético.

La Madre en su casa

La disputa de Torreciudad no trata sólo de un lugar, una imagen o una titularidad. Trata de quién custodia la memoria de un pueblo. La diócesis defiende que la imagen original, una talla románica del siglo XI, vuelva y permanezca en la ermita-santuario que considera su casa de siempre, mientras que en el nuevo templo pueda venerarse una copia fiel. La propuesta no reclama control financiero, dado que la diócesis ha expresado su renuncia a una compensación económica, así como al gobierno del nuevo santuario, de sus bienes y de sus cuentas.

Lo que pide el obispo se resume en una frase que tiene la sencillez y contundencia de la devoción popular: “No pedimos privilegios. Pedimos que la Madre permanezca en su casa de siempre”. Una madre no es una pieza de museo ni un activo estratégico. Para las gentes de Barbastro-Monzón, la Virgen de Torreciudad forma parte de una historia de mil años, de peregrinaciones, oraciones, promesas y raíces compartidas. El 5 de septiembre volverá temporalmente a la ermita con motivo de la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, tras más de medio siglo fuera de ella.

No contra Roma, sino con Roma

Conviene decirlo para no simplificar un contencioso complejo. En contra de los que algunos aseguran y otros sugieren, Pérez Pueyo no está desafiando a la Santa Sede. Al contrario, plantea que Torreciudad sea reconocido como santuario internacional bajo dependencia directa de Roma, de modo que la Santa Sede supervise su dimensión pastoral y económica. Su propuesta busca distinguir entre la vida del complejo moderno, que puede tener un marco internacional y una gestión autónoma, y la custodia de la imagen original, vinculada a la ermita y a la memoria devocional del territorio.

Alejandro Arellano

El conflicto está sometido al acompañamiento de un comisario pontificio plenipotenciario, monseñor Alejandro Arellano, cuya autorización fue necesaria para el traslado de la imagen a la ermita el 5 de septiembre. Por eso, la posición del obispo no es la de quien se rebela contra Roma, sino la de quien expone una convicción ante Roma y se somete a su decisión, aun dejando claro que no podrá firmar aquello que juzga “contrario a la dignidad de la diócesis”. Porque quiere ser un obispo como Dios manda.

El Evangelio contra la apropiación

La cuestión de fondo es incómoda, porque lo que se plantea es, si puede una advocación mariana, una imagen que ha sostenido la fe de generaciones, quedar desligada de la comunidad que la ha venerado históricamente.

El Opus Dei ha contribuido de forma decisiva a la proyección internacional del santuario moderno de Torreciudad. Eso merece reconocimiento. Pero la fuerza institucional, los recursos y la capacidad organizativa no deberían convertir una devoción popular en patrimonio exclusivo de una realidad eclesial, por muy poderosa e influyente que sea.

Pérez Pueyo reclama que la Virgen siga siendo del pueblo, no de una élite religiosa. Y esa intuición conecta con una Iglesia en salida, con una Iglesia que no privatiza los símbolos de la fe, que no aleja a la gente sencilla de sus raíces espirituales y que entiende que la piedad popular no es un residuo folclórico, sino un lugar teológico donde el pueblo creyente expresa su fe, su dolor y su esperanza.

El obispo habla de no aceptar un “improbable expolio a vuestra dignidad”. Es una expresión fuerte, pero explica la hondura de lo que percibe. Es decir, no se discute únicamente la ubicación de una talla, sino el derecho de una diócesis y de sus fieles a conservar el vínculo entre su Virgen y su ermita milenaria.

Pérez Pueyo, en Torreciudad | Iglesia en Aragón

Un gesto que interpela

“Vuestro pastor nunca firmaría” una solución que prive definitivamente a la ermita de la imagen original, prometió Pérez Pueyo a sus fieles. Ahí está el núcleo de su gesto. Porque el obispo no quiere ganar una batalla de poder ni levantar una bandera contra nadie. Quiere ser fiel a una comunidad. Y, si esa fidelidad tuviera precio personal, dice estar dispuesto a pagarlo. Algo que muy pocos obispos suelen hacer.

La Iglesia necesita obispos así: no perfectos, no infalibles, pero libres. Pastores que no entiendan su ministerio como propiedad ni su permanencia como una obsesión. Hombres capaces de decir que el báculo no vale más que la conciencia; que el cargo no vale más que el pueblo; o que un acuerdo institucional no puede pasar por encima de la memoria creyente de los pequeños. Obispos que, como decía Francisco, vayan por delante, en medio y, a veces, por detrás de su pueblo.

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