Los nuevos Ciros

A propósito del uso político de la religión.

La Biblia no narra únicamente la llegada providencial de un gobernante extranjero; también cuenta cómo, después de esa liberación, surgieron proyectos de reconstrucción marcados por la exclusión y por la obsesión de definir quién pertenecía realmente al pueblo de Dios. El problema, entonces, no era solamente encontrar un Ciro. El verdadero desafío comenzaba después de Ciro.

Ciro el grande.
Ciro el grande.
"La Biblia no narra únicamente la llegada providencial de un gobernante extranjero; también cuenta cómo, después de esa liberación, surgieron proyectos de reconstrucción marcados por la exclusión y por la obsesión de definir quién pertenecía realmente al pueblo de Dios. El problema, entonces, no era solamente encontrar un Ciro."

El ungido inesperado

Desde distintos sectores del cristianismo conservador en América se ha instalado la idea de que nuestras naciones necesitan un "nuevo Ciro": un gobernante fuerte que, aun cuando no sea un creyente ejemplar, habría sido escogido por Dios para restaurar un supuesto orden moral y religioso perdido. Bajo esta lectura, el líder político termina siendo presentado como un instrumento providencial para liberar a nuestros pueblos de una decadencia espiritual atribuida al secularismo, a la izquierda política o a una cultura que se considera alejada del "verdadero Dios". La imagen de Ciro ha dejado de ser únicamente una figura del pasado bíblico para convertirse en una categoría política con la que se pretende interpretar el presente.

Sin embargo, antes de aceptar o rechazar este discurso conviene volver al texto bíblico y preguntarnos quién fue realmente Ciro. La respuesta resulta mucho más compleja de lo que suele presentarse desde algunos púlpitos. En primer lugar, Ciro constituye una excepción extraordinaria dentro de las Escrituras: no pertenece al pueblo de Israel, no participa de la alianza ni del linaje davídico y, a pesar de ello, el profeta Isaías pone en labios de Dios una expresión desconcertante: "Esto dice Yahvé a su Ungido Ciro" (Is 45,1). El término hebreo utilizado es māšîaḥ (מָשִׁיחַ), el mismo del que deriva la palabra "Mesías". Es la única ocasión en todo el Antiguo Testamento en la que un rey pagano recibe semejante título. La intención del profeta no consiste en canonizar al soberano persa ni en presentar al Imperio persa como la realización del Reino de Dios; lo que afirma es algo mucho más incómodo para cualquier pretensión nacionalista o confesional, Dios puede servirse incluso de un gobernante extranjero para realizar sus propósitos históricos.

Dignatario persa en un relieve de Persépolis (Irán). Esta ciudad, la fabulosa capital del Imperio aqueménida, la fundó Darío I, hijo de Histaspes, uno de los gobernadores de Ciro el Grande.
Dignatario persa en un relieve de Persépolis (Irán). Esta ciudad, la fabulosa capital del Imperio aqueménida, la fundó Darío I, hijo de Histaspes, uno de los gobernadores de Ciro el Grande.

Esta afirmación, sin embargo, no debe romantizar la figura de Ciro. El rey persa no fue un pacificador en el sentido moderno del término. Construyó su imperio mediante campañas militares y conquistas, derrotando, entre otros, al Imperio neobabilónico en el año 539 a. C. Su política hacia los pueblos sometidos tampoco respondió simplemente a un acto de benevolencia religiosa. A diferencia de los asirios y los babilonios, los persas comprendieron que permitir a los pueblos deportados regresar a sus tierras, reconstruir sus templos y restablecer sus cultos tradicionales era una estrategia eficaz para consolidar la estabilidad del imperio. La tolerancia religiosa formaba parte de una inteligente política de gobierno mucho antes de convertirse en un ideal moderno. Desde esta perspectiva, el famoso decreto que permitió el regreso de los judíos a Jerusalén puede leerse también como una decisión pragmática orientada a fortalecer la autoridad persa sobre sus nuevas provincias. Si Nicolás Maquiavelo hubiese revisado a detalle la historia de Ciro, probablemente habría encontrado en ella un ejemplo temprano de la manera en que la prudencia política puede servirse de la religión para asegurar la permanencia del poder.

El decreto de Ciro, por tanto, constituye un punto de inflexión en la historia de Israel, pero no inaugura un relato idílico. Conviene recordar que el exilio nunca implicó la desaparición total del pueblo de Judá. Mientras una parte significativa de la élite fue deportada a Babilonia, muchos campesinos permanecieron en la tierra; otros judíos lograron establecerse con éxito en el exilio y nunca regresaron. El retorno autorizado por Ciro fue el de un sector del pueblo, no el de toda la nación. A quienes decidieron volver, el rey persa no solo les permitió regresar, sino también reconstruir el Templo de Jerusalén (Esd 1,1-4). Y esto era mucho más que levantar nuevamente un edificio religioso: significaba reconstruir la identidad nacional, reorganizar la vida política, restaurar el culto y recuperar el centro simbólico alrededor del cual giraba la existencia del pueblo de Israel.

Es precisamente aquí donde el relato bíblico comienza a distanciarse de las lecturas simplificadas que hoy convierten a Ciro en un modelo político.

Es precisamente aquí donde el relato bíblico comienza a distanciarse de las lecturas simplificadas que hoy convierten a Ciro en un modelo político. Porque la llegada del "ungido" no resolvió los conflictos de Israel; apenas los hizo visibles. Los libros de Esdras y Nehemías muestran que la reconstrucción del Templo estuvo atravesada por profundas disputas acerca de quiénes podían formar parte del pueblo restaurado. Cuando los habitantes de la región ofrecieron colaborar en la reconstrucción afirmando que también buscaban al Dios de Israel (Esd 4,1-3), fueron rechazados por los dirigentes que habían regresado del exilio. A partir de entonces comenzaron las sospechas mutuas, las denuncias políticas y una creciente preocupación por preservar la pureza de la comunidad. Paradójicamente, la libertad inaugurada por Ciro desembocó en nuevas fronteras identitarias.

Quizá sea esta la parte del relato que con mayor frecuencia se omite. La Biblia no narra únicamente la llegada providencial de un gobernante extranjero; también cuenta cómo, después de esa liberación, surgieron proyectos de reconstrucción marcados por la exclusión y por la obsesión de definir quién pertenecía realmente al pueblo de Dios. El problema, entonces, no era solamente encontrar un Ciro. El verdadero desafío comenzaba después de Ciro.

Cuando los imperios hablan en nombre de Dios.

Durante siglos, la tradición judía y cristiana comprendió este episodio como un acontecimiento excepcional dentro de la historia de la salvación. Sin embargo, en las últimas décadas la figura de Ciro ha comenzado a ser reinterpretada con una finalidad muy distinta: ya no como una excepción providencial, sino como un modelo político destinado a repetirse en la historia.

La relectura contemporánea de la figura de Ciro encuentra uno de sus principales exponentes en el predicador estadounidense Lance Wallnau, quien popularizó la denominadaCyrus Prophecy”. Su tesis resulta, cuando menos, sugerente: así como Dios utilizó a un rey pagano para liberar a Israel del cautiverio babilónico, también habría escogido a Donald Trump para conducir a los Estados Unidos en un proceso de restauración nacional. No importa que el gobernante no responda al ideal clásico de virtud cristiana; basta con que sea eficaz para cumplir una misión providencial. En esta lógica, el criterio de discernimiento deja de ser la ética y pasa a ser el supuesto éxito de un proyecto histórico presentado como voluntad divina.

Jerry Falwell Jr. is a longtime Trump ally. Alex Wong/Getty Images
Jerry Falwell Jr. is a longtime Trump ally. Alex Wong/Getty Images

El atractivo de esta interpretación radica precisamente en su simplicidad. Convierte la historia en un relato lineal entre el bien y el mal, identifica con claridad a los enemigos de Dios y ofrece una figura política capaz de conducir al pueblo hacia una nueva tierra prometida. Sin embargo, esa simplicidad tiene un costo hermenéutico muy alto. Reduce un relato profundamente complejo, como el de Isaías y Esdras, a una legitimación del poder político. La pregunta ya no es cómo actúa Dios en medio de las contradicciones de la historia, sino quién ocupa hoy el lugar del ungido. La consecuencia resulta evidente: quien es presentado como "el Ciro de nuestro tiempo" deja de ser un gobernante sometido al juicio ético y democrático para convertirse en un instrumento cuya autoridad parece provenir directamente de Dios. La crítica política comienza entonces a confundirse con una forma de infidelidad religiosa.

En buena medida, este fenómeno constituye una expresión contemporánea del llamado nacionalismo cristiano estadounidense. No se trata simplemente de una corriente religiosa que participa en la vida pública, sino de una narrativa según la cual la identidad nacional, el proyecto político y la misión divina terminan por confundirse. El riesgo de esta perspectiva no consiste únicamente en la instrumentalización de la religión, sino en la sacralización del poder. Cuando una nación comienza a pensarse como depositaria privilegiada del designio de Dios, la política deja de ser el ámbito del discernimiento prudencial para convertirse en la ejecución de un mandato sagrado. En ese momento, la historia corre el peligro de dividirse entre quienes colaboran con la providencia y quienes son presentados como obstáculos para su realización.

Aunque este lenguaje resulte novedoso para muchos lectores, América Latina conoce desde hace décadas diversas formas de legitimación religiosa del poder. Durante la Guerra Fría, la región fue concebida por los Estados Unidos como uno de los principales escenarios de confrontación ideológica frente al bloque soviético. En ese contexto, la emergencia de la Teología de la Liberación despertó profundas preocupaciones en ciertos sectores políticos y eclesiales norteamericanos. La lectura del Evangelio desde la realidad de los pobres, la denuncia profética de las estructuras de injusticia y la recuperación de la dimensión histórica de la salvación comenzaron a ser interpretadas, con frecuencia, como una peligrosa aproximación al marxismo. Documentos programáticos como Santa Fe I (1980) recomendaron explícitamente contrarrestar la influencia de esta corriente teológica en América Latina, al considerarla un factor de desestabilización para los intereses estratégicos estadounidenses.

Mientras numerosos sacerdotes, religiosas y agentes pastorales eran perseguidos por denunciar la violencia estructural y defender los derechos humanos, comenzaban a consolidarse otras formas de cristianismo mucho más centradas en la moral individual, la experiencia privada de la salvación y una comprensión deshistorizada del Evangelio.

Sería históricamente incorrecto afirmar que el extraordinario crecimiento del pentecostalismo latinoamericano durante las décadas de 1970 y 1980 obedeció exclusivamente a una estrategia diseñada desde Washington. Las dinámicas religiosas son siempre mucho más complejas que los proyectos geopolíticos. Sin embargo, también sería ingenuo desconocer la intensa circulación de recursos económicos, proyectos misioneros, instituciones educativas y organizaciones religiosas procedentes de los Estados Unidos, así como la coincidencia existente entre determinados discursos religiosos y los intereses políticos del contexto de la Guerra Fría. Mientras numerosos sacerdotes, religiosas y agentes pastorales eran perseguidos por denunciar la violencia estructural y defender los derechos humanos, comenzaban a consolidarse otras formas de cristianismo mucho más centradas en la moral individual, la experiencia privada de la salvación y una comprensión deshistorizada del Evangelio. La pregunta, entonces, deja de ser exclusivamente teológica para convertirse también en política: ¿qué tipo de cristianismo resulta funcional para un determinado orden internacional?

La historia ofrece una respuesta inquietante. Entre mediados de la década de 1970 y comienzos de los años ochenta, las dictaduras militares del Cono Sur construyeron una de las más sofisticadas redes de coordinación represiva del siglo XX: la Operación Cóndor. Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil y posteriormente otros países articularon sus organismos de inteligencia para localizar, secuestrar, torturar, trasladar clandestinamente y asesinar opositores políticos incluso fuera de sus propias fronteras nacionales. Hoy sabemos, gracias a la desclasificación de numerosos documentos oficiales, que distintas agencias estadounidenses conocieron ampliamente el funcionamiento de esta coordinación represiva y mantuvieron diversos niveles de comunicación, apoyo o cooperación con los regímenes involucrados, todo ello bajo la lógica estratégica de la contención del comunismo en el hemisferio occidental.

No deja de ser paradójico que aquella inmensa maquinaria continental recibiera precisamente el nombre de "Cóndor". El ave sagrada de los Andes, símbolo ancestral de libertad, altura y mediación entre el cielo y la tierra, terminó convertida en el emblema de una arquitectura transnacional del miedo. Mientras tanto, el águila —símbolo por excelencia del poder estadounidense— permanecía ausente del nombre de la operación, aunque su influencia geopolítica sobre buena parte del continente resultara difícil de ignorar. La historia parece tener un extraño sentido de la ironía: el cóndor fue obligado a cargar con un significado que nunca le perteneció, del mismo modo que hoy la figura bíblica de Ciro parece soportar interpretaciones que difícilmente resisten una lectura seria del texto sagrado.

La disputa por los símbolos.

Existe, sin embargo, otra memoria del cóndor. La tradición mítica andina conserva un relato profundamente sugerente. En El mensajero del Sol, recogido por Samuel Feijóo en Mitología americana, se narra que, durante la celebración del Inti Raymi, cuando el imperio se encontraba inquieto por oscuros presagios sobre su futuro, apareció en el cielo un inmenso cóndor. Contra él se lanzó una bandada de águilas y halcones. Todo hacía pensar que el combate sería breve y que la superioridad numérica terminaría imponiéndose. Pero ocurrió lo inesperado: una tras otra, las águilas fueron cayendo derrotadas, mientras el gran cóndor permanecía invulnerable en lo alto del cielo. Entonces el sumo sacerdote interpretó aquel signo con unas palabras que marcarían para siempre la memoria del pueblo: “Éste es mi enviado, el cóndor victorioso; él lleva mi mensaje al pueblo de los incas”. Desde entonces —concluye el relato— el cóndor fue adoptado como “símbolo del glorioso poder del Imperio del Sol” (Feijóo, 2010, pp. 110-112).

No deja de sorprender que el antiguo mito sitúe al cóndor enfrentándose precisamente a las águilas. Naturalmente, el relato no estaba pensando en los Estados Unidos, inexistentes para aquella cosmovisión. Sería un anacronismo insostenible afirmarlo. Pero los símbolos poseen una capacidad extraordinaria para dialogar con épocas distintas. Leídos desde el presente, resulta inevitable advertir la fuerza de esa imagen: el ave que representa el mundo andino resiste el ataque de aquellas otras aves que pretenden dominar el cielo. No vence porque sea más fuerte, sino porque permanece fiel a la misión que le ha sido confiada. Es un mensajero antes que un conquistador.

Quizá por eso resulte aún más inquietante que, siglos después, el nombre del cóndor terminara asociado a una de las operaciones represivas más oscuras de la historia latinoamericana. El símbolo de libertad fue transformado en instrumento del miedo; el mensajero se convirtió en perseguidor. Algo semejante parece ocurrir hoy con la figura de Ciro. El rey persa, presentado en Isaías como un instrumento excepcional de la acción de Dios en una circunstancia histórica irrepetible, es convertido ahora en un modelo político permanente, capaz de justificar cualquier proyecto de poder que logre presentarse como una nueva restauración providencial.

No es casual que esta interpretación haya encontrado un terreno particularmente fértil en el entorno político de Donald Trump. La llamada Cyrus Prophecy terminó ofreciendo un lenguaje religioso para legitimar un proyecto político concreto, y esa influencia ha trascendido las fronteras estadounidenses, encontrando eco en diversos liderazgos latinoamericanos apoyados por sectores del cristianismo evangélico.

Más recientemente, la construcción del denominado "Escudo de las Américas" alrededor de una alianza de gobiernos liderados por figuras cercanas a las nuevas derechas continentales, varias de las cuales han encontrado respaldo en sectores del cristianismo que recurren a narrativas providencialistas semejantes a la que impulsó al hoy presidente de Estados Unidos, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda. No porque dicha iniciativa pueda equipararse sin más a la Operación Cóndor —sería históricamente irresponsable sostenerlo—, sino porque revela una tendencia persistente: la de organizar el continente bajo narrativas comunes de seguridad, civilización y defensa de determinados valores, narrativas que con frecuencia buscan legitimarse mediante un lenguaje religioso.

Y es precisamente aquí donde la discusión deja de ser política para convertirse en teológica. La verdadera pregunta ya no consiste en descubrir quién podría ser el nuevo Ciro. La pregunta es mucho más exigente: ¿quién tiene hoy la autoridad para hablar en nombre de Dios? Porque una cosa es reconocer que Dios puede servirse de gobernantes inesperados para abrir caminos de justicia, como afirma Isaías, y otra muy distinta convertir esa excepcionalidad en una doctrina política capaz de inmunizar del juicio ético a quienes detentan el poder. Cuando eso ocurre, la Escritura deja de iluminar la historia y comienza a ser utilizada para justificarla.

Tal vez ahí resida la advertencia más profunda que nos dejan, tanto el antiguo relato bíblico como el viejo mito andino. Ninguno de los dos invita a adorar al imperio. Ambos obligan a mirar más allá del poder. En Isaías, el protagonista nunca es Ciro, sino el Dios que libera incluso sirviéndose de un rey extranjero. En el mito inca, el protagonista tampoco es el cóndor, sino el mensaje que porta. El problema comienza cuando olvidamos el mensaje y terminamos venerando al mensajero.

Tal vez por eso el cristianismo nunca puso su esperanza definitiva en Ciro. Ni en Augusto. Ni en Constantino. Ni en ningún otro emperador. La puso en un crucificado. Allí reside quizá la mayor diferencia entre el Evangelio y los proyectos imperiales. Mientras los imperios necesitan ungidos que acumulen poder para salvar la historia, el cristianismo proclama a un Mesías que renunció al poder para salvar al ser humano. Quizá esa siga siendo la mejor brújula para discernir cada vez que alguien vuelva a presentarse como "el elegido de Dios".

Referencias.

Bastian, J.-P. (1994). La mutación religiosa de América Latina: Para una sociología del cambio social en la modernidad periférica. Fondo de Cultura Económica.

Benjamin, W. (2008). Sobre el concepto de historia (P. Oyarzún Robles, Trad.). LOM Ediciones. (Obra original publicada en 1940).

Committee of Santa Fe. (1980). A new inter-American policy for the eighties (Santa Fe Document I).

Dinges, J. (2004). The Condor Years: How Pinochet and His Allies Brought Terrorism to Three Continents. The New Press.

Feijóo, S. (Comp.). (2010). Mitología americana: Mitos y leyendas del Nuevo Mundo. Siruela.

Gjelten, T. (2018, March 5). How the Christian right came to see Donald Trump as its savior. Vox. https://www.vox.com/identities/2018/3/5/16796892/trump-cyrus-christian-right-bible-cbn-evangelical-propaganda

Instituto de Políticas Públicas en Derechos Humanos del MERCOSUR. (s. f.). Documentos desclasificados sobre el Plan Cóndor. https://ippdh.mercosur.int/documentos-desclasificados-plan-condor/

McSherry, J. P. (2005). Predatory States: Operation Condor and Covert War in Latin America. Rowman & Littlefield Publishers.

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Wilson, J. (2017, March 23). The Cyrus prophecy: The evangelical support for Donald Trump. The Guardian. https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/mar/23/cyrus-prophecy-evangelical-support-donald-trump

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