Ser cristiano… Perder la vida…
Es Jesús el que me dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Poco importa que, cuando sea la hora de la verdad sobre la vida perdida o ganada, yo le diga: Señor, fui a misa todos los domingos, comí contigo, pagué diezmos y primicias… Oiré un atronador: “No te conozco, apártate de mí…”.
Así lo vivió el profeta: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me violaste… La palabra del Señor se me volvió escarnio y burla constantes, y me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre. Pero la sentía dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos” …
Así lo cantó el salmista: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” …
Así describió Jesús de Nazaret el camino que había de recorrer, cuando dijo “que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho… y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”.
Y ése, no otro, fue el camino que Jesús mostró a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.
Si eres creyente, escoge con quién te identificas: con el profeta, con el salmista, con Jesús… No hay más que un Dios, un mismo y único Dios, para el profeta, para el salmista, para Jesús y para ti…
Claro que también me puedo identificar con Pedro, el apóstol que, por bien intencionado, razonable y cuerdo, se hizo acreedor al título de Satanás…
Me pregunto por el modo -modo profeta, modo salmista, modo Jesús, modo Pedro- que nos hemos dado de vivir la fe cristiana; me pregunto por la imagen que nos hemos hecho de Dios; me pregunto por el lugar que en mi vida ocupa esa cruz de la que Jesús me habla; me pregunto qué fuego es el que hay en mi corazón, me pregunto por mis anhelos, por mis esperanzas, por mi sed… Me pregunto de quién soy seguidor… Me pregunto si soy cristiano...
Para responder con verdad a esas preguntas, tendré que preguntarme aún dónde mi fe ve a Cristo, al Cristo en quien digo creer, al Cristo con quien se supone que estoy en comunión… Y he de reconocer que hago reverencias y postraciones ante el Cristo de la eucaristía, y que paso de él cuando lo encuentro que mendiga en la calle; he de reconocer que mi fe se encuentra con Cristo en las celebraciones de las catedrales, y ni siquiera lo vislumbra en la humanidad de los caminos, de las pateras, de los cayucos; mucho me temo que, a Cristo, lo respeto y lo llamo señor y don y padre en obispos y presbíteros, y lo llamo invasor y amenaza y violador en los inmigrantes pobres…
Algo me dice que mi modo de vivir la fe, no me acerca al mundo del profeta, tampoco al mundo del salmista, tampoco al mundo de Jesús…
Algo me dice que también yo, como Pedro, sigo pensando como piensan los hombres, no como Dios: sigo pensando como piensan los políticos, los poderosos, los buenos ciudadanos, la gente sensata, los que buscan salvar su vida…
Entonces es Jesús el que me dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Poco importa que, cuando sea la hora de la verdad sobre la vida perdida o ganada, yo le diga: Señor, fui a misa todos los domingos, comí contigo, pagué diezmos y primicias… Oiré un atronador: “No te conozco, apártate de mí…”.
“El que pierda la vida por mí, ése la encontrará”: Perder la vida por Jesús, por los pequeños, por los últimos, por los crucificados... Perder la vida por Jesús, haciéndome pequeño, último, crucificado, hijo de una Iglesia de “emigrantes dispersos por el mundo” (cf. 1 P 1, 1)… Perder la vida: ése es el único camino para encontrarla vivida en plenitud…
Sólo soy cristiano si pierdo la vida por Cristo.
Feliz abrazo con él en los pobres y en la eucaristía.
Feliz domingo.