Leer a Dios
Dios escribe muy raro. Su profeta se expresó así: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo”. Y nosotros, mientras leemos, miramos de reojo hacia el pesebre que “sostiene” al niño que acaba de nacer; y, a lo lejos, adivinamos la silueta de una cruz que “sostiene” al hombre que acaba de morir…
El profeta continuó a la suyo, a lo de Dios: “Mirad a mi siervo… mi elegido… Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Y nosotros, que escuchamos lo que el Señor va inspirando a su profeta, continuamos viendo aquel pesebre y aquella cruz, a aquel niño y a aquel Hijo, continuamos viendo trabajos y penalidades, inocencia pisoteada, humanidad vejada, santidad profanada… “El siervo” de Dios, “el elegido”, “el amado”, es un último, es un crucificado… “El siervo” de Dios, “el elegido”, “el amado”, es un nadie, al que todos podemos ignorar, del que todos podemos pasar, al que podemos despreciar, como se desprecia lo que nada significa…
Y, sin embargo, la fe te dice que la palabra escrita es verdadera. Ese “nadie” trajo al mundo una justicia que sólo Dios puede ofrecer: la justicia que es propia de Dios, una que hace justos a quienes la reciben. Ese “nadie” trajo al mundo una paz que sólo Dios puede dar, una paz que nos habita, que nos posee, que nos inunda. Ese “nadie” ha hecho realidad un mundo nuevo, una humanidad nueva, un mundo de hermanos, un mundo en comunión, un mundo de hombres y mujeres que son uno, que son un solo cuerpo con “el siervo”, con “el elegido”, con “el amado”.
A ese mundo pertenecen cuantos entran en él por la puerta de la fe: los bautizados en Cristo Jesús, los que, ungidos por el Espíritu al modo de Cristo Jesús, se hacen uno con Cristo Jesús, para ser, como Cristo Jesús, del Padre y de todos.
Y algo me dice que, a ese mundo nuevo, al mundo del Hijo de Dios, pertenecen también y de modo muy especial, aunque no entren por la puerta de la fe, cuantos, por su condición de víctimas, llevan marcada en sus vidas la imagen del “siervo”, del “elegido”, del “amado”: los espalda mojada, el sudaca, el negro, el moro, los ilegales, los sin papeles, que hemos arrojado al desierto, al mar, que hemos dejado morir, lázaros hambrientos y sedientos, a la puerta cerrada de nuestro bienestar.
Y el mismo susurro me dice que al mundo del Hijo no pertenecen -aunque se presenten como creyentes, aunque presuman de cristianos, aunque profanen con su presencia los espacios de la comunidad creyente- los epulones, los dueños del poder, los señores de la guerra, los abusadores, los corruptores, los ídolos endiosados que deciden sobre el bien y el mal…
En Jesús de Nazaret, en los humillados de la tierra, la fe reconoce la verdad de la palabra de Dios, pues en ellos reconocemos “ungidos por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”, hijos de Dios, amados de Dios, predilectos de Dios, en los que Dios se complace, y a los que Dios pide que escuchemos: “Se abrieron los cielos y se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado: escuchadlo»”.
Y no nos olvidemos de pedir por los epulones, por los verdugos, por los tiranos, con la esperanza de que la compasión de las víctimas los pueda llevar al conocimiento del amor…
En Jesús de Nazaret, también en los humillados de la tierra, la fe aprende a leer a Dios.
Feliz comunión con Cristo Jesús.