Me quejaba de la dificultad en la oración
¡Cuántas veces me he quejado conmigo mismo de las dificultades de la oración!: ambiente, ruidos, obligaciones particulares... Y ahora me voy dando cuenta de que las verdaderas dificultades radican en uno mismo, en la propia persona, en la mente, en el corazón.
Cuando uno se encuentra libre de ciertos apegos, comienza a adherirse a Dios. Y presiento que, si llega en uno la limpieza interior relativa de este mundo, se podrá estar de verdad adherido al Señor en todo momento.
A la hora de la verdad se comprueba que el problema de oración es problema de limpieza interior. Dicho de una manera más sencilla, de sacrificio, renuncia a apegos, mortificación. Es imposible de todo punto orar bien, llegar a un mínimo de perfección cristiana, sin ser de veras una persona mortificada.
Las personas inapetentes, para despertar sus ganas de comer, comienzan con pequeños aperitivos. Luego comienzan y continúan a gusto. Esta es la realidad. Mi madre solía decir: "para comer y rascar, basta sólo empezar."
Lo mismo con las cosas de Dios. Nos da muchas veces como pereza empezar a orar, a meditar, a hacer un rato de lectura espiritual. Una vez que nos ponemos estamos a gusto con Dios. Merece la pena vencer ese primer momento de pereza natural. A veces para llegar al fervor me suele bastar con repetir por lo bajo una canción que en mi juventud me caló en el alma.
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