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El sábado, Barcelona se convirtió en un infierno: ¡Basta ya de violencia!

La violencia no es libertad de expresión. El vandalismo no es protesta. La destrucción no es democracia. Y sembrar el terror no es defender los derechos humanos. Estamos jugando con fuego. Y lo más grave es que algunos, en nombre de la democracia, de la libertad de expresión o de determinadas causas políticas, están echando gasolina a ese fuego

Disturbios en Barcelona | Efe

El sábado Barcelona se convirtió en un infierno. Las calles de una ciudad que es símbolo de convivencia, libertad y diversidad fueron escenario de una violencia absolutamente intolerable. Unos violentos sembraron el miedo, el caos y el terror bajo la apariencia de una reivindicación. Y quiero decirlo alto y claro, sin medias tintas y sin miedo a que me etiqueten: ¡BASTA YA! ¡NO TODO VALE!

No existe reivindicación, por legítima que sea su causa, que justifique la violencia. Ningún derecho se defiende destrozando las calles, atacando a las fuerzas de seguridad, sembrando el miedo o poniendo en peligro la integridad de las personas. La violencia no es libertad de expresión. El vandalismo no es protesta. La destrucción no es democracia. Y sembrar el terror no es defender los derechos humanos. Estamos jugando con fuego. Y lo más grave es que algunos, en nombre de la democracia, de la libertad de expresión o de determinadas causas políticas, están echando gasolina a ese fuego.

La violencia engendra violencia, y el odio siempre alimenta más odio. Y cuando una sociedad empieza a justificar lo injustificable dependiendo de quién lo haga, está entrando en una pendiente peligrosísima.

Lo estamos viendo a nivel global: La crispación crece, el respeto desaparece, la agresividad se normaliza y el ambiente se está haciendo irrespirable. ¿En qué momento hemos llegado a aceptar que la violencia puede ser una forma legítima de hacerse escuchar? ¿En qué momento hemos confundido la libertad con la impunidad? Y aquí quiero decir algo que quizá incomode a algunos: ¡Pedir orden, no es ser facha!

Pedir respeto a la ley no es ser autoritario. Defender a los Mossos d’Esquadra, a la Policía y a todos los profesionales que trabajan para garantizar nuestra seguridad no significa renunciar a los valores democráticos. Significa precisamente defenderlos. Atizar el fuego contra la Policía que el sábado en Barcelona quería poner orden en medio de una ola de violencia, como lo hizo la Señora Ada Colau, es sencillamente repugnante.

Las fuerzas de seguridad tienen la obligación de actuar con profesionalidad, proporcionalidad y respeto a los derechos fundamentales. Pero también tienen derecho a ser respetadas y protegidas cuando cumplen su deber, porque ellos también son personas, son ciudadanos y merecen respeto por su trabajo. No podemos exigirles que garanticen nuestra seguridad y después abandonarlas frente a quienes utilizan la violencia en cualquiera de sus formas.

La democracia necesita libertad, pero también necesita límites, responsabilidades y consecuencias. Porque sí. Todos los actos violentos deben tener sus consecuencias. Quien destroza debe responder por lo que destroza. Quien agrede debe responder por sus agresiones. Quien amenaza, intimida o pone en peligro a los demás debe asumir sus responsabilidades ante la justicia.

No hablo de venganza. Hablo de justicia. Hablo de proteger la convivencia. Hablo de garantizar que los derechos de unos no se conviertan en una amenaza para los derechos de todos.

Estamos llegando tarde a la educación. Nos hemos preocupado mucho de formar personas competitivas, preparadas para producir, consumir y triunfar. Pero ¿qué estamos haciendo para educar en el respeto, en la convivencia, en la gestión de la frustración, en la responsabilidad y en la cultura de la paz?

Y hay otra cuestión que me preocupa profundamente: estamos llegando tarde a la educación. Nos hemos preocupado mucho de formar personas competitivas, preparadas para producir, consumir y triunfar. Pero ¿qué estamos haciendo para educar en el respeto, en la convivencia, en la gestión de la frustración, en la responsabilidad y en la cultura de la paz?

Una sociedad que no educa en valores termina pagando un precio altísimo. Y ojo, no basta con reaccionar cuando las calles arden. Hay que preguntarse qué está fallando en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestras instituciones y en nuestra manera de relacionarnos. O ir más allá, ¿por qué hay tanto interés en destrozar la familia y poner en cuestión sus valores?

Necesitamos medidas. Medidas educativas, sociales, preventivas y también legales. Necesitamos recuperar la autoridad moral de los educadores, el respeto a las instituciones y la responsabilidad individual. Y necesitamos hacerlo ya, porque me temo que llegamos tarde.

Hay algo especialmente perverso en estos episodios: los violentos terminan perjudicando precisamente a quienes se manifiestan pacíficamente para reclamar derechos legítimos. Miles de personas salen a las calles con convicciones sinceras, con reivindicaciones justas, con voluntad de transformar la sociedad. Y unos pocos, utilizando la violencia, terminan secuestrando sus causas, ensuciando sus reivindicaciones y desacreditando sus movilizaciones.

Estoy convencida de que muchas de esas personas que protestan pacíficamente son las primeras perjudicadas, indignadas e incómodas ante estos actos.

La violencia no puede tener colores políticos. No puede haber violentos buenos y violentos malos dependiendo de nuestras simpatías ideológicas. O condenamos toda la violencia, venga de donde venga, o perdemos nuestra autoridad moral para condenar ninguna.

Como mujer, como ciudadana y como persona comprometida con los derechos humanos, con los más vulnerables y con la paz, no puedo permanecer callada.

He visto demasiado sufrimiento, he visto lo que el odio es capaz de provocar y las consecuencias devastadoras de la violencia y la destrucción. Y precisamente por eso me niego a aceptar que la violencia se normalice en nuestras calles, y a que existan políticos que de forma taquillera minimicen los efectos de las olas violentas que nos sacuden como sociedad.

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