El Corredor de la Bondad: un río que desemboca en el mar de Odesa y toca la herida viva de Ucrania
"La pregunta ahora no es si Ucrania resiste. La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de su resistencia"
El mar sigue allí.
El viento sigue soplando.
Pero nada es igual.
En Odesa el mar Negro respira como si la historia no pesara. Sin embargo, cada ola parece traer nombres, recuerdos, ausencias. Aquí, donde el agua se abre al horizonte, desembocó también nuestro corredor: un río de solidaridad que nació lejos y vino a tocar una herida abierta.
Han pasado cuatro años desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. Cuatro años que no se cuentan en calendarios, sino en sirenas, en apagones, en fotografías que ya no se actualizan porque alguien no volvió.
En este cuarto aniversario, la Caravana de la Bondad salió de Barcelona con la bendición del cardenal, con el compromiso de los donantes, con la generosidad de los conductores y con el abrazo de tantos que han querido unirse al pueblo ucraniano. Tres mil kilómetros de carretera. Tres mil kilómetros de preguntas, de silencios, de responsabilidad. Tres mil kilómetros que no son solo distancia: son decisión.
Ese corredor cruzó fronteras, atravesó noches de cansancio y llegó hasta aquí. Hasta Odesa. Hasta esta tierra herida y agradecida.
Hoy camino por sus calles y siento dos fuerzas que se entrelazan como corrientes subterráneas que no se ven pero sostienen todo: la herida abierta… y la dignidad intacta.
Aquí no se celebra un aniversario.
Aquí se resiste.
Aquí se sobrevive.
Aquí se reconstruye cada mañana lo que la noche intentó destruir.
Por la mañana visitamos un hospital. Me acompañaba un médico cirujano que, desde el inicio de la guerra, no ha vuelto a su casa. Opera día y noche. La directora del centro me habló de él con respeto y dolor: hace seis meses su hijo, de 23 años, murió en el frente.
Ese hombre ha salvado innumerables vidas. Ha devuelto hijos a sus madres. Ha detenido hemorragias imposibles.
Pero no pudo salvar al suyo.
Y lo más desgarrador es que no puede hacer el duelo. No puede detenerse a llorar en silencio. Porque otros esperan. Porque otras madres esperan. Porque su conciencia le dice que ahora más que nunca debe quedarse.
La guerra no solo mata cuerpos. Suspende el derecho a llorar.
Por la tarde entregamos las ambulancias que habíamos traído. Algunos de los que las conducirían hasta el frente apenas podían hablar. En sus ojos había una tristeza muy profunda, una sombra que no desaparece. Y, sin embargo, daban las gracias.
Gracias.
Ese “gracias” pronunciado por quien ha perdido tanto es un sacramento de dignidad. Es la prueba de que la guerra no ha logrado arrancar el alma de este pueblo.
Le dije a la directora que llevaban años tocando el sufrimiento. Me respondió:
—Sí, tocamos el sufrimiento. Pero también tocamos la esperanza. Resistimos con fe.
El Evangelio dice: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Aquí esa frase no es metáfora. Es carne. Es historia. Es decisión diaria.
He visto esa entrega en el cirujano que opera con el corazón roto. La he visto en los conductores que vuelven al frente. La he visto en madres que no piden venganza, sino futuro.
Recuerdo también las palabras del Papa Francisco:
“La esperanza es audaz”.
Aquí la esperanza es audaz porque no ignora la oscuridad: la atraviesa. Es audaz porque no niega el dolor: lo abraza y sigue adelante.
Desde Odesa, frente al mar que ha visto imperios caer y guerras repetirse, quiero compartir estas reflexiones nacidas de la herida profunda del dolor y de la gran admiración por un pueblo que no claudica.
No nos acostumbremos.
No normalicemos la barbarie.
No dejemos que el cansancio gane la batalla de la compasión.
El corredor de la bondad no es solo una caravana de vehículos. Es una declaración. Es un río que desemboca en este mar y dice que Europa no puede mirar hacia otro lado. Que la solidaridad no es opcional. Que la indiferencia también es una forma de abandono.
La guerra destruye edificios.
Pero la indiferencia destruye el alma.
Y el alma de Ucrania permanece en pie. Herida. Exhausta. Probada hasta el límite. Pero en pie.
Desde esta tierra herida y agradecida, reafirmamos nuestro compromiso. Seguiremos abriendo corredores humanitarios. Seguiremos llevando ambulancias, ayuda y abrazo. Seguiremos creyendo —contra toda lógica de violencia— que la bondad es más fuerte que el odio.
La paz no es ingenuidad.
La paz es una decisión valiente.
Y aquí, donde nuestro corredor ha desembocado en el mar de Odesa, he tocado la herida… y he palpado la dignidad.
La pregunta ahora no es si Ucrania resiste.
La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de su resistencia.