Cuando Jesús abandona el desierto, no ha demostrado nada, solo ha tomado una decisión

Jesús no «triunfa» ruidosamente sobre el enemigo diabólico. El suyo es un simple retorno a la sobriedad. El desierto no desaparece, pero pierde su poder de seducción

La última tentación
La última tentación

Inmediatamente después del bautismo de Jesús, el paisaje cambia bruscamente. Ya no hay agua, ya no hay una voz que atraviesa el cielo. Mateo (4,1-11) lleva a Jesús al desierto. La arena sustituye al río, el viento sustituye a la multitud. Jesús está solo. Lo llevan lejos.

El desierto es un espacio que desnuda. Quita la sombra, quita la comida, quita las distracciones. El cuerpo se vuelve ligero y pesado al mismo tiempo. Quedan la piel y el hambre. Cuarenta días. El número es simbólico, pero Mateo no insiste en el símbolo. Insiste en un detalle sencillo: «tuvo hambre». La tentación no llega como una idea abstracta. Llega cuando el estómago arde.

Cuadro de Bosch
Cuadro de Bosch

Primera escena, pobre en objetos: piedras y pan. «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». La frase se desliza dentro del hambre como una fina navaja. No propone un gesto malvado, propone una solución. ¿Tienes hambre? Resuélvelo. ¿Tienes poder? Úsalo. Es la tentación de lo necesario, del derecho a satisfacer una necesidad real. Aquí todo se concentra en un movimiento de la mano de Jesús que podría realizarse. Y no se realiza. El tentador no es un monstruo, sino una presencia ambigua, casi tierna, que habla con voz cercana, como la describe Scorsese en La última tentación de Cristo. La prueba no es espectacular: es íntima. Jesús no entra en una confrontación directa. Responde con otra voz. No solo de pan vive el hombre. No niega el hambre. La reconoce, pero la sitúa dentro de algo más grande. Es un rechazo silencioso. Las piedras siguen siendo piedras.

Segunda escena: de la arena se pasa al templo. Es un salto vertiginoso. El desierto se convierte en ciudad, el silencio se convierte en altura. La ciudad abajo, el vacío arriba. El tentador ahora propone un espectáculo: «Tírate abajo». Demuestra quién eres. Los ángeles te sostendrán. Ya no es el hambre, es la imagen. La seducción del gesto sensacional, del milagro como espectáculo. Jesús también rechaza esto. No pone a prueba a Dios. No transforma la confianza en exhibición. No se tira. El gesto no ocurre. El templo sigue siendo solo piedra.

Tercera escena: una montaña muy alta. Todos los reinos del mundo se extienden ante sus ojos. Es un plano amplio, cinematográfico. Recuerda ciertos paisajes románticos de Caspar David Friedrich, donde una figura minúscula mira el horizonte infinito. Aquí, sin embargo, la propuesta es directa: «Todo esto te daré». Basta con un gesto de adoración. Una reverencia, y el poder está garantizado. Jesús no se inclina, es intransigente. La escena se cierra con un imperativo seco, pero no airado: «Vete». Es una elección que pasa a través de la fragilidad del cuerpo, no por encima de ella.

El tentador se marcha: no derrotado, sino rechazado. Quedan ángeles que sirven. Jesús no «triunfa» ruidosamente sobre el enemigo diabólico. El suyo es un simple retorno a la sobriedad. El desierto no desaparece, pero pierde su poder de seducción.

El relato tiene la estructura de un drama en tres actos. Pan, espectáculo, poder. Cuerpo, imagen, dominio. No son tentaciones exóticas. Son los atajos para ser alguien. Mateo no psicologiza: muestra una serie de opciones. Cada tentación es una oferta plausible, incluso razonable. El conflicto no es entre el bien y el mal gritados, sino entre diferentes formas de ser. Es una escena que ha inspirado a artistas como Hieronymus Bosch, que llenó el desierto de figuras monstruosas y tentaciones visibles.

En Scorsese, la lucha es visible, casi carnal. Mateo es más esencial. No describe al tentador. No le da un rostro. Le basta con la palabra que insinúa.

Cuando Jesús abandona el desierto, no ha demostrado nada. Solo ha tomado una decisión. Y esa decisión, silenciosa, cuenta más que cualquier gesto espectacular.

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