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"Ciertas verdades solo se aceptan si alguien hace espacio, baja la voz y deja que venga lo que venga"

Juan Bautista

El relato de Juan (1,29-34) comienza con una mirada: Juan el Bautista ve a Jesús venir hacia él. No ocurre nada espectacular: ni truenos, ni señales en el cielo, ni multitudes enardecidas. Hay un hombre parado a la orilla del río y otro que camina, y esa línea de aproximación ya es una historia.

Parece el plano largo de una película del oeste: el cuerpo inmóvil, el paso que avanza, el tiempo que se alarga. Me viene a la mente Sweetwater en Érase una vez en el Oeste: el suspense sin disparos, el polvo que habla. Pero aquí no hay duelo. Juan no retiene a Jesús, no lo llama hacia sí, no se apropia de él. Hace un gesto sencillo: lo señala. Desplaza el centro de la escena de sí mismo a otro. Su grandeza está toda en esta sustracción: hacerse lateral para abrir la mirada de los demás.

Y las palabras que pronuncia cortan más que una bala: «He aquí el cordero de Dios». Un cordero, no un león. Un animal dócil, vulnerable, hecho para ser conducido, no para mandar. Es una imagen que hace añicos cualquier imaginario heroico. El cordero no conquista nada y no se impone. Es una metáfora que se parece más a un verso poético pastoral y bucólico que a un himno triunfal.

Cordero de Dios

Luego Juan añade: «El que quita el pecado del mundo». No dice «los pecados», en plural, como una lista de culpas. Dice «el pecado»: una grieta que atraviesa el tejido de las cosas, una distorsión que no solo afecta al individuo, sino al aire mismo que respiramos. Juan no moraliza: describe una condición. Y sugiere que alguien entra en esa grieta sin apartar la mirada.

«Después de mí viene un hombre que está por delante de mí», continúa. El tiempo, aquí, se invierte: el que llega después resulta ser el primero. Y Juan confiesa, con sinceridad desarmante, que no lo conocía antes. El testigo no es alguien que lo sabe todo: es alguien que reconoce las cosas a medida que suceden.

Entonces cuenta lo que ha visto: el Espíritu descender como una paloma y quedarse. Sin estruendo, sin violencia. La paloma no irrumpe: planea. Y, sobre todo, permanece. La presencia no atraviesa y desaparece: se posa y permanece. Es una imagen que contradice toda idea de poder rápido y eficaz.

Al final, Juan lo resume todo en una frase: «Yo he visto y he dado testimonio». No dice: he demostrado. Dice: he visto. La verdad, aquí, no es una prueba que exhibir, sino una palabra asumida en primera persona.

Luego, el relato, casi sin ruido, va más allá. Juan permanece en la orilla. Jesús sigue caminando. El testigo ha cumplido su gesto: ha visto, ha dicho, ha señalado. Ahora la escena puede continuar sin él. En esta discreción hay una intuición clara: ciertas verdades solo se aceptan si alguien hace espacio, baja la voz y deja que venga lo que venga.

No sabemos qué cara tiene Jesús en ese instante: Juan no la describe. Solo nos muestra un movimiento: viene. Y un gesto: es señalado. Imaginamos el dedo que se levanta. Alguien se vuelve, alguien se queda quieto, alguien baja la mirada. El agua golpea las piedras, el viento trae olor a barro y miel silvestre.

Aquí el relato hace su elección clara: no ofrece una definición, sino un movimiento. Juan se aparta como en un grabado de Rembrandt, donde la luz cae sobre un rostro y todo lo demás se retira a la sombra. Como en los finales secos de Hemingway, basta un gesto y las palabras de más serían ruido. Quedan dos líneas que se alejan: una que avanza por el río, la otra que permanece en la orilla. Jesús sigue caminando, Giovanni se queda quieto. El testigo ha terminado de hablar. Ahora la historia puede comenzar de verdad, sin él.

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