El 1 de junio, escuché el discurso, ¿catequesis?, de Nayib Bukele al iniciar su segundo mandato en El Salvador. El presidente, que citaba la Biblia, nombraba continuamente a Dios.
Yo me fui sintiendo incómodo con ese Dios y terminé quitándole la mayúscula porque no podía reconocer en él al Dios de que nos habló Jesús.
Tantos salvadoreños, hombres y mujeres de fe, se resistieron a adorar el dios del poder, el que invocaban los gobiernos de derecha o las guerrillas de izquierda y detestados por los unos y los otros derramaron su sangre: Oscar Arnulfo Romero, Rutilio Grande, Ignacio Ellacuría y compañeros mártires.
No, no creo en un dios por el que se jura, ni por el que juró Petro, ni por el que lo hicieron Duque, Santos, Uribe, Pastrana, Samper…. Soy escéptico porque cada vez que decimos Dios, y pasa no sólo a los políticos sino también a nosotros los clérigos, es muy posible que nos estemos refiriendo a una idea amañada, a una proyección de la mente, a un escape de megalomanía