Todos los días rezo por mis sacerdotes. Ese “mis” no es algo posesivo. Es, simplemente, un sentimiento de identificación, de afecto, de ternura y cercanía. Es como cuando hablo de “mi” familia, de “mis” amigos
"Primeramente, por la paciencia que tienen conmigo, pero, sobre todo, por el trabajo admirable que hacen cada día sembrando el Evangelio, tantas veces de forma callada, con sacrificios personales y no poco esfuerzo"
Los curas guipuzcoanos, según su obispo, "no son perfectos, pero son buenos. Y lo son de verdad. Quieren a la gente y la gente los quiere"
"Nuestra diócesis y nuestra sociedad guipuzcoana le debe mucho a nuestros hermanos sacerdotes mayores. Gracias a ellos, la fe sigue viva entre nosotros. Gracias a ellos, nos ha llegado el gran regalo del Evangelio que es, en definitiva, lo más importante. No lo podemos olvidar. No lo queremos olvidar. Sí, nuestros sacerdotes son y han sido extraordinarios"