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Diez sueños de inclusión para el futuro de Red Íncola

Red Íncola celebra su XX Aniversario

XX Aniversario de Red Íncola | Alberto Ares. director del Servicio Jesuita a Refugiados - JRS Europe

Ayer, 1 de octubre, celebrábamos en Valladolid un acontecimiento muy especial, el XX Aniversario de la Fundación Red Íncola. Un sueño de inclusión que comenzaron 10 instituciones religiosas y que ha llegado a más de 30.000 personas migrantes y refugiadas en estos 20 años de andadura, de ellas, 54,6% mujeres; desde una mirada integral de la misión: formando, asesorando y ayudando a buscar un empleo a más de 10.000 personas, con un porcentaje de inserción de un 56% de los participantes. Por su parte, la formación y la educación han llegado a casi 10.000 alumnos y alumnas, con un fondo de becas que desde 2011, ha dado un fuerte empujón en el estudio a un buen número de niños y jóvenes, junto a sus familias. El programa de vivienda y hospitalidad ha apoyado a familias en mayor vulnerabilidad. En la actualidad se cuenta con 60 plazas de acogida. Con un impacto enorme en la comunidad, llegando a más de 30.000 personas en actividades interculturales en centros educativos, deportivos, jornadas y otras actividades. Pero sin duda junto al equipo de profesionales, uno de sus mayores tesoros son sus voluntarios: más de 1.600 voluntarios y voluntarias han entregado parte de su vida en el servicio a los demás en los distintos programas de Red Íncola. Cuánto agradecer.

Muchos de estos datos se presentaron en el acto fruto del estudio "Red Íncola: 20 años dejando huella. Acogida, acompañamiento e inclusión al servicio de las personas", que ha analizado la huella social generada por la Fundación a lo largo de sus dos décadas de trayectoria y su contribución al desarrollo de oportunidades para miles de personas en situación de vulnerabilidad.

Ayer tuve el honor de clausurar el acto invitándonos a mirar al futuro de Red Íncola frente a las más de 400 personas que celebramos juntos en Valladolid: autoridades públicas tanto autonómicas, como locales, entidades de la sociedad civil, congregaciones religiosas, empresas, centros de investigación, profesionales del tercer sector, voluntarios y voluntarias, pero sobre todo y ante todo, un nutrido número de familias migrantes. Red Íncola es miembro de la red del Servicio Jesuita a Migrantes en España, y se coordina en la red del Servicio Jesuita a Refugiados en Europa, con otras 24 oficinas nacionales en más de 250 localidades.

Hace más de sesenta años, en un tiempo de profunda incertidumbre y lucha por la justicia civil, Martin Luther King pronunció aquellas palabras que cambiarían la historia: “I have a dream”. No era un sueño ingenuo, ni una evasión de la realidad; era una visión profética que nacía del dolor concreto de un pueblo segregado, pero que se atrevía a imaginar un futuro distinto. Hoy, en este XX Aniversario de Red Íncola, nos encontramos también en un tiempo complejo, recio, marcado por la polarización, por discursos de miedo frente a la realidad migratoria, por políticas que a veces priorizan el control sobre la dignidad. Pero, al igual que Martin Luther King, nosotros también tenemos un sueño. Un sueño que no ignora las dificultades, sino que las nombra y las enfrenta con esperanza. Un sueño de inclusión, de justicia, de hospitalidad verdadera. Porque sabemos que otro futuro es posible. Y porque creemos que, si trabajamos juntos, ese sueño puede hacerse realidad.

Este es nuestro sueño…

Tengo un sueño de que, dentro de veinte años, ninguna persona que llegue a Castilla y León buscando una vida digna tenga que dormir en la calle, ninguna familia tenga que elegir entre comer o pagar el alquiler, ningún joven tenga que abandonar sus estudios porque no hay recursos para sostenerlo.

Tengo un sueño de que la sociedad civil española entienda que la hospitalidad es una oportunidad de crecer como sociedad y vivir en esperanza. De que veamos a las personas migrantes no como una amenaza, sino como compañeros de camino con los que construir un futuro compartido.

Tengo un sueño de que las políticas de inclusión dejen de ser medidas parche, reactivas y temporales, y se conviertan en estructuras estables, financiadas adecuadamente, evaluadas con rigor, diseñadas con la participación de quienes las van a vivir.

Tengo un sueño de que las congregaciones religiosas, las entidades laicas, las administraciones públicas y la ciudadanía trabajen en red de forma natural, sin burocracias innecesarias, sin competencias mal entendidas, con la única ambición de servir a las personas.

Tengo un sueño de que las personas de origen migrante no solo sean beneficiarias de programas, sino protagonistas de su propio desarrollo: voluntarias, educadoras, mediadoras, líderes comunitarias, miembros de juntas directivas, tomadoras de decisiones.

Tengo un sueño de que la inserción laboral no sea el final del camino, sino el comienzo de una vida plena: con vivienda digna, con red de apoyo, con acceso a la cultura, con posibilidad de participar en la vida política y social, con derechos plenos y exigibles.

Tengo un sueño de que las escuelas de Castilla y León sean verdaderos espacios de interculturalidad, donde los niños, tanto de origen migrante como los vallisoletanos de toda la vida, aprendan juntos, se conozcan, se respeten, se quieran, y crezcan sabiendo que la diversidad es una riqueza, no un problema.

Tengo un sueño de que las mujeres migrantes, tantas veces invisibilizadas, doblemente vulnerables por su género y por su origen, tengan oportunidades reales de autonomía económica, de formación, de liderazgo, de voz propia en los espacios donde se deciden las políticas que las afectan.

Tengo un sueño de que la salud mental deje de ser un lujo al que solo acceden quienes pueden pagarlo, y sea un derecho garantizado para todas las personas, con servicios públicos de calidad, con profesionales formados para atender el trauma migratorio, la soledad, el duelo, la ansiedad.

Tengo un sueño de que, dentro de veinte años, ya no exista Red Íncola, porque en Castilla y León ya no seamos necesarios, todos vivamos como una sola familia. Pero si esto aún no ocurre, podamos decir con honestidad que hemos reducido de forma drástica la exclusión social en nuestra tierra, que menos personas duermen en la calle, que más familias tienen techo, que más jóvenes estudian, que más mujeres trabajan, que más personas participan y que da gusto vivir en nuestra tierra.

Este sueño no es utopía. Este sueño es posible. Pero no se hará realidad por sí solo.

Necesitamos una sociedad civil comprometida: vecinos y vecinas que acogen, empresas que contratan, universidades que investigan, medios que informan con veracidad, ciudadanos que votan con conciencia.

Necesitamos políticas de inclusión valientes: administraciones que prioricen a las personas antes que los papeles, que inviertan en prevención frente a la emergencia, que escuchen a las entidades que están en el territorio día tras día.

Necesitamos una Red Íncola más fuerte: más recursos, más voluntarios, más innovación, más capacidad de incidencia política, más alianzas estratégicas.

Trabajaremos juntos para que este sueño se haga realidad.

Porque la inclusión no es un regalo que unos hacen a otros. Es un derecho que todos construimos. Es un hogar que todos habitamos. Es un futuro que todos merecemos.

Tengo un sueño. Y vamos a hacerlo realidad. Juntos.

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