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Mi amiga IA. El bombardero sigue necesitando un humano que lo pueda pilotar...

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Mi compañera me regaña cuando le comento que le doy gracias a la Inteligencia Artificial tras sus respuestas. De tantas veces que recurro a ella piensa que voy a quedar algo abducido. Creo sin embargo que hay que agradecer a todo lo que nos brinda ayuda. Al fin y al cabo, detrás de la información que nos proporciona la IA están millones y millones de humanos que se afanaron en reunirla y después en presentárnosla en la pantalla. El acerbo de la sabiduría que hemos acumulado a lo largo de toda nuestra historia se encuentra hoy a golpe de inmediato “click”.

Antes de salir a la carga un respiro, antes del "pero" y la retahíla de adversativas, se impone detenernos un momento y agradecer esta tremenda dicha global. La IA ayuda al ser humano a ahorrar tiempo, automatizar tareas y facilitar decisiones acertadas. Amplía nuestras capacidades en salud, educación, comunicación, creatividad y accesibilidad. Bien orientada, no sustituye a la persona, sino que potencia su talento y posibilidades.

¿Reparamos lo suficiente en lo que representa el evidente y cuántico avance? La música sublime que escuché el día pasado en “You Tube” me dijeron que había sido compuesta por la IA. Con cuatro órdenes que le he introducido la IA ha hecho unas imágenes más que dignas para publicitar un evento que hemos organizado. Los pequeños percances domésticos ya no requieren llamada al centro de salud. Toda la información que necesito para ponderar sobre un tema me llega al instante a la pantalla… Al mismo tiempo que disfrutamos de esta tecnología milagrosa, al otro lado del mundo un misil dirigido por IA puede estar ahogando muchos alientos...

El dilema es tan antiguo como el del propio cuchillo que necesitábamos para sobrevivir y que sin embargo a alguien por desgracia se le ocurrió hundirlo en la tripa de su adversario. Personalmente la IA me reta. Escribe mejor que yo, con más arte, vuelo y conocimiento. Me tienta también éticamente pues no puedo poner mi firma a aquello que yo no he engendrado.

Una vez rendidos ante esta “magia” popularizada al extremo se impone inevitablemente mencionar la otra parte, el reverso. El descubrimiento es nuevo y revolucionario, pero la disyuntiva ancestral. Los sorprendentes adelantos que la vida va poniendo en nuestras manos pueden ser utilizados para el progreso humano o para su involución. Pueden servir a nuestra personalidad egoísta o a nuestro corazón generoso.

Hay amigos que rechazan de plano todo lo que huela a IA. En alguna medida es comprensible, pues su potencial ya se nos está escapando. La industria militar ha sido su primera y fuerte novia, antes que la ciencia, la cultura y la salud. Sí, nos llegan los ecos de los tristes usos que se le están dando las “big tech” a esta revolucionaria tecnología, de los acuerdos a los que están llegando con poderosas administraciones. Con la IA el humano mata más y “mejor”, “más selectivamente” a su hermano. La IA que acompaña a la humanidad hacia un futuro más creativo y feliz en el que las tareas más automatizadas no corren ya a nuestro cargo, no tiene pudor en guiar los mortíferos drones. La que ayuda al herido, al enfermo, la que colabora en el diagnóstico y asiste a personas con discapacidad, está igualmente haciendo de la guerra algo aún más devastador. Sí, la IA amplía capacidades humanas, ahorra esfuerzo y abre nuevas posibilidades…, pero al mismo tiempo las fuerzas armadas israelíes usan el algoritmo “Lavender” para decidir a quién bombardear.

Hoy podemos viajar con un traductor automático en la mano y tener acceso con el móvil en cualquier lugar a cualquier dato necesitado, pero a los banqueros aún no se les ha quitado el susto con el último modelo de “Anthropic” que detecta fallos de “software” y que puede dejar al desnudo las cuentas bancarias de millones de clientes.

Definitiva y resumidamente la enorme capacidad de cómputo con la que hoy contamos se puede utilizar para el bien o para el mal. Se libran en las altas esferas políticas y tecnológicas batallas por el control de la IA que nos desbordan. Algunas de estas batallas ya están en los tribunales, pero en última instancia somos los ciudadanos del mundo los que decidiremos qué hacer con el increíble adelanto. El bombardero con toda su carga mortífera a bordo y su correspondiente IA en el “display” frontal sigue necesitando un humano que lo pueda pilotar.

Los cuatro locos endiosados, encumbrados en exceso, revestidos ahora de ese desmedido potencial tecnológico, necesitan, aún con todo, del concurso de la ciudadanía para llevar adelante sus aviesos planes. Ese concurso lo venderemos tan caro que no lograrán comprarlo.

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