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¡Al cielo con ellas!, al cielo de la dignidad y el decoro. En defensa de una sexualidad sagrada

Superior aspiración

Sí, pero al cielo de la dignidad, no a la baja astralidad de lo chabacano. Los hindúes nombraron este tiempo como el del “kali yuga”, la era de la disolución. Estamos olvidando y por lo tanto “disolviendo” nuestra naturaleza última. Sin origen se esfumará también el horizonte. Estamos en la época en la que lo sagrado se maltrata y la intimidad, antaño templo, se torna espectáculo. La televisión pretende ofrecernos “Zero dramas”, pero en realidad lo que nos ofrece es cero pundonor y tacto.

Uno de los exponentes más visibles de esta hora disoluta es el extravío del sexo. Observamos una sexualidad desgajada de su hondura y amorosa esencia, expuesta sin pudor ni alma en las pantallas de los hogares. Esa fuerza creativa profunda nunca estuvo tan alejada del compromiso y del sentido trascendente. La modernidad y sus nuevas tecnologías la degradaron a niveles impensables.

Provocar, desafiar los límites, da votos y la parrilla televisiva oficial se llena a la noche de “audaces transgresores” que nos invitan a fundir en negro la pantalla, a refugiarnos en una lectura segura, libre de la atrevida obscenidad. Al deterioro de la sexualidad se contribuye demasiado a menudo desde instancias del poder político y mediático. No procede ganarse a la ciudadanía banalizando lo que debería ser comunión y magia. Paradógicamente, frenar lo sacado de contexto, lo deshubicado, preservar la intimidad sagrada se vuelve hoy una actitud de genuino progreso.

Defender el vínculo con lo sagrado no es conservador, sino más al contrario liberador; no implica necesariamente cola ante un altar, ni adhesión a un credo. Lo sagrado cobija el misterio, pero nuestra modernidad y sus infinitas cámaras persiguen lo mistérico o lo reducen a su más escueta expresión. Los interrogatorios soeces del más deslenguado presentador que ha logrado fichar “la pública” fulminan el candor.

Si el barro se extiende por doquier, si perdemos el sentido de la nobleza, de la pureza, si se desvirtúa el norte humano, ¿qué valor tendrán entonces las conquistas sociales? Preferimos fuerzas progresistas en el poder, pero fuerzas también que dignifiquen la vida, no que medren fomentando lo grosero. Quienes con tempranos a tardíos “xous” alientan zafiedad no representan progreso, pues el desarrollo de la humanidad siempre comportará un alto destino.

Preferimos no ver volar la ropa interior sobre los invitados en un programa de “prime time” cuando encendemos nuestra televisión, también la de todos los españoles. Lo auténticamente progre, es decir aquello que contribuye en verdad a la emancipación humana es una ética de la belleza, un lenguaje cuidado, un cuerpo considerado en toda su presencia.

Sin reconciliación con la dimensión sagrada de la sexualidad, difícilmente contribuiremos a la verdadera emancipación de la mujer. Ella, portadora y custodia de la vida, no puede ser reducida a objeto de placer, ni a símbolo vacío. La exhibición trivial reduce a nuestras compañeras. No suscribimos cruzadas moralizantes, nos embarga una nostalgia de lo discreto y por lo tanto de lo honesto y auténtico, de lo oculto que a la postre enlaza con lo eterno. No se trata de regresar a tiempos de represión o de pudor estrecho, sino de abrazar una libertad más lúcida y consciente, más enraizada en el decoro.

Queremos igualdad, sí, pero no para encontrarnos en lo más mundano, sino para reconocernos en lo más noble. Las nuevas generaciones han de contactar con lo sagrado so pena de verlas malograr. No han de tomar necesariamente rumbo a la iglesia, arrodillarse ante una estatua de mármol…, pero sí cobrar conciencia de frontera, saber cuándo tropiezan con lo deslumbrante invisible y por lo tanto con aquello digno del más superior respeto. Bastará la rendición, no será preciso añadir etiqueta o marca a lo sagrado.

"¡Al cielo con ellas!”, pero a un cielo que merezca tal nombre. No a esas alturas rebajadas donde lo humano se disuelve en lo vulgar. La verdadera “Revuelta” comienza ahí, donde el santuario preserva su secreto. Al lecho no se le dota de cristalera. La alcoba no debiera tener cámara, ni micrófono, ni proyección pública. La intimidad no se destapa, no se “consume”; se protege y se despliega en toda su inherente y conmovedora ternura.

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