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El Banquete de las Tres: Un Encuentro Imaginario en el Reino

#8MCuaresma

#traslashuellasdesophía (24)
Marzo Martirial

"La Semilla que no se secó"

(Rufina toma su taza de barro con ambas manos, siente el calor del café y suspira. Su voz es pausada, como quien ha caminado muchos cerros, pero tiene una firmeza que hace vibrar el aire).

"Miren, niñas... a veces me preguntan que de dónde saqué fuerzas para salir de aquel matorral cuando el mundo se estaba deshaciendo en El Mozote. Y yo les digo: la fuerza no era mía, era de la vida que se aferraba a mis uñas, a mis rodillas raspadas, a mi silencio.

Ustedes, que ya tienen la plata en el pelo y la sabiduría en el talle, saben de lo que hablo. A nuestra edad, una ya no le tiene miedo a la oscuridad, porque hemos aprendido a encender fuegos con astillas mojadas.

Yo escucho que allá abajo dicen que El Salvador está cansado, que la alegría se nos está volviendo un lujo que no podemos pagar. ¡Mentira! La alegría no es un permiso que nos da el gobierno ni la suerte; la alegría es una decisión de mujeres tercas. Es el derecho de sentarse a esta mesa, de partir el pan con la otra, de no dejar que el nombre de nuestros hijos se llene de polvo.

Yo me escondí para poder contar. Ustedes no se escondan. Usen sus voces, esas que ya no tiemblan como a los veinte años. Escriban, pinten, borden... porque cada vez que una de ustedes ríe a pesar de las penas, está resucitando a mis niños. Cada vez que ustedes se juntan a pensar y a crear, están barriendo la amargura de la calle.

Bébanse el café, hermanas. Sientan que la vida todavía está caliente. No estamos solas en esta mesa; la memoria es un banquete largo y aquí siempre hay un banco vacío esperando por ustedes. No se cansen de ser la luz, que para eso Dios nos dio este tiempo de madurez: para ser la lámpara que no se apaga cuando sopla el viento fuerte".

 

Introducción: El Escenario de la Eternidad

La Atmósfera: Donde el Cielo huele a Morazán

Imagino aquella época en la que estaba estudiando Teología en la UCA, junto a varias mujeres (Ana María y Coralia Godoy) quienes eran muy amigas de María Julia Hernández. A quien tuve la oportunidad de conocerla en los pasillos del Arzobispado. Con quien tuve la dicha de coincidir y platicar con ella, ella era Rufina Amaya. Conozco Morazán y me recreo en su geografía que no es ajena, sino profundamente nuestra. Es un paisaje que guarda la geografía sagrada de los cerros de Morazán: esas cumbres azules y el verde intenso del pino y el roble, pero con una diferencia vital: aquí el aire es claro y muy limpio. Ya no hay rastro del humo de la pólvora, ni el eco de los helicópteros que alguna vez desgarraron el cielo salvadoreño, únicamente los recuerdos de quienes vivimos la guerra civil en El Salvador.

En este rincón de la eternidad, el clima es el de una tarde de domingo. El viento trae consigo el perfume dulzón de las flores de izote en plena floración y el aroma robusto, casi litúrgico, del café de olla recién chorreado. Es un olor que nos devuelve a la casa materna, a la casa de nuestra infancia, al refugio, a la seguridad de que nada malo puede pasar.

La Mesa: El Altar de lo Cotidiano

En el centro del jardín, bajo la sombra generosa de un amate, se encuentra una mesa de madera rústica, curtida por el tiempo y el uso, pero sólida como la fe de nuestras ancestras. Sobre ella, brilla un mantel de encaje blanco, tejido a mano con esa paciencia infinita que solo las mujeres conocen; es el tipo de mantel que como mi abuela Úrsula Méndez guardaba en el fondo del baúl para las "ocasiones especiales".

No hay vajillas de lujosas. Hay tres tazas de barro, hechas con la misma tierra que ellas defendieron, que todavía conservan el calor de la bebida y la humedad de la alfarera. Es una mesa que invita a apoyar los codos, a inclinarse hacia la otra y a hablar desde lo más profundo del corazón.

El Concepto Teológico: La Comunión de las Santas

Para nosotras, las mujeres de fe que hemos cruzado el umbral de los sesenta, este encuentro no es una mera imaginación: es una verdad teológica muy profunda. Es la "Comunión de las Santas".

A menudo nos enseñaron que la muerte era un muro, un final frío y solitario. Pero la teología feminista nos susurra una verdad más antigua y poderosa: la muerte no rompe el hilo de la sororidad, lo consagra. Este banquete que es una vívida fuente de nuestra imaginación es la celebración de que nuestras mártires no son figuras de mármol en un pedestal, sino hermanas que siguen sentadas a nuestra mesa. Ellas son el eslabón de una cadena de amor y resistencia que nosotras, las que hoy escribimos, pintamos y lideramos, tenemos el deber de continuar. En este jardín, la memoria se vuelve banquete y el martirio se transforma en una fiesta de libertad.

 

 Las Comensales: Tres Rostros de la Gracia

En esta mesa de madera robusta, el tiempo no ha borrado sus rasgos, los ha santificado. No lucen como estatuas de mármol frío, sino como mujeres que han caminado bajo el sol de El Salvador y que ahora, a los ojos de la eternidad, resplandecen con una madurez plena.

1. Marianella García Villas: El Lente de la Justicia Eterna

Marianella se sienta erguida, con esa elegancia natural de quien sabe que la verdad es la mejor vestimenta. Su mirada sigue siendo aguda, capaz de atravesar cualquier sombra, pero ya no busca el horror de las masacres.

2. Rufina Amaya: La Matriarca de la Paz Profunda

Rufina es la viva imagen de la tierra que ha dejado de llorar para empezar a cantar: manos de mujeres de Marta Gómez. Luce su delantal blanco impecable, símbolo de su servicio y de su dignidad como mujer de pueblo.

3. María Julia Hernández: La Archivera de la Esperanza

María Julia mantiene ese aire de profesora sabia y abogada incansable. Sus lentes descansan sobre la nariz, y su rostro irradia la satisfacción de quien ha guardado el tesoro más grande del mundo.

 

El Diálogo: Mirando a El Salvador de Hoy

 

Sobre la Verdad: Los Archivos que no Arden

María Julia Hernández ajusta sus lentes y pone sobre la mesa de conacaste un sobre amarillento, símbolo de su vida en Tutela Legal. Mira a Marianella con esa complicidad de quienes compartieron el peso de las pruebas.

—"Marianella, viera qué pesar da ver que allá abajo todavía juegan a las escondidas con la verdad", dice María Julia con un suspiro. "Quieren cerrar archivos, quieren decir que lo que vimos con estos ojos no pasó. Como si la justicia fuera un papel que se puede picar".

Marianella asiente, golpeando suavemente la mesa con el dedo, como marcando un ritmo de ley.

—"Es cierto, María Julia. Pero ellos olvidan algo que nosotras ya sabemos: la verdad tiene una consistencia de diamante. Pueden enterrarla, pueden negar el acceso a los cuarteles, pero los archivos del cielo no se pueden quemar. Cada lágrima que documentamos, cada testimonio que recogimos, está escrito en la memoria de Dios. La verdad no es un permiso oficial, es un acto de rebeldía que las mujeres de hoy deben seguir ejerciendo".

Sobre el Dolor del Pueblo: El Hilo Rojo de las Madres

Rufina, que ha estado escuchando en silencio mientras observa el horizonte que se parece a los cerros de Morazán, interviene con una voz que suena a tierra mojada.

—"Yo veo a las muchachas de hoy... esas madres que caminan buscando a sus hijos en las tierras baldías. Y me duele el vientre de nuevo", confiesa Rufina, apretando su delantal. "Es el mismo dolor de 1981, solo que con otra ropa. El miedo de que la tierra se trague a los nuestros sin decir a dónde se los llevó".

Se hace un silencio sagrado en la mesa. Rufina continúa:

—"Pero miren, niñas, lo que no saben los que mandan es que nosotras, las mujeres, tenemos un hilo invisible que nos une. Mi grito en El Mozote es el mismo grito de la madre que hoy busca en una fosa. No son ausencias vacías, son presencias que exigen nombre. Y mientras haya una mujer de cincuenta años guiando a una de veinte a no rendirse, la muerte no habrá ganado".

La Nota de Esperanza: La Última Palabra

María Julia toma la jarra y vuelve a servir café, el vapor sube como incienso.

—"Exacto, Rufina. Por eso este banquete no es de tristeza. Allá abajo creen que el poder lo tiene quien tiene el arma o quien firma el decreto. Qué equivocados están", dice María Julia con una sonrisa llena de paz.

Marianella remata, levantando su taza para un brindis invisible:

—"La última palabra no la escribió el escuadrón que me buscó en la carretera, ni los soldados que entraron a tu pueblo, Rufina. La última palabra la tiene la Vida. Y esa vida se manifiesta hoy en las mujeres que, a pesar de las crisis, se ponen sus tacones de dignidad, abren su Biblia, pintan su realidad y se niegan a ser espectadoras del naufragio. Estamos más vivas que nunca en ellas".

 

El Consejo a las Mujeres de Hoy: El Legado de los 60+

En este banquete de la eternidad, las tres se detienen. El vapor del café parece suspenderse en el aire y sus miradas se clavan en nosotras, las que hoy peinamos canas y sostenemos hogares, comunidades y sueños. No nos hablan como heroínas inalcanzables, sino como hermanas mayores que conocen el cansancio y la gloria de ser mujer en El Salvador.

Marianella: La Palabra como Escudo

Marianella acaricia el lente de su cámara Nikon y nos mira con una chispa de fuego en los ojos.

"Hermanas, no se crean el cuento de que a los sesenta una ya dijo todo lo que tenía que decir. ¡Al contrario! La madurez es el tiempo de la palabra más valiente, porque ya no buscamos agradar a nadie, solo a la Verdad. No bajen la cámara, no suelten la pluma. Si el mundo intenta invisibilizarlas, escriban con más fuerza. Sus voces ahora tienen el peso del oro; úsenlas para denunciar lo que otros callan y para nombrar la belleza que otros ignoran".

Rufina: La Centinela de lo Sagrado

Rufina se limpia las manos en su delantal, un gesto que exhala una sabiduría ancestral y campesina.

"Yo sobreviví para que el olvido no se tragara a mis hijos e hijas. Pero ustedes, que están vivas hoy, tienen una tarea igual de grande: vivan para que la historia no se repita. No busquen las grandes tarimas; cuiden la vida en lo pequeño, en el huerto, en la vecina que sufre, en el nieto que pregunta. La resistencia más grande es no dejar que el corazón se nos seque. Cuiden la ternura como cuidamos la semilla antes de la siembra; ahí es donde Dios se esconde".

María Julia: El Relevo del Amor

María Julia cierra su carpeta con una paz que inunda la mesa. Su consejo es un bálsamo para el activismo agotado.

"Niñas, la justicia no es una meta que una sola persona alcanza; es una carrera de relevos. No pretendan cargar el mundo sobre sus hombros, que para eso somos cuerpo comunitario. No se cansen, pero si el pie les flaquea, descansen en la otra. Pasen el testimonio a las más jóvenes, pero pásenlo con amor, no con amargura. Nuestra herencia no es solo el dato del dolor, sino la convicción de que la justicia es posible porque el Amor ya venció".

 

El Sabor de la Resistencia

 

El sol comienza a teñir de oro las copas de los amates y el aroma del café se mezcla con el aire fresco de la tarde eterna. María Julia Hernández se pone de pie con una lentitud sagrada. No hay rastro de prisa en sus movimientos, solo la autoridad de quien ha pasado la vida custodiando la verdad. Extiende sus manos sobre la mesa de madera, sobre las tazas vacías y sobre las manos de Marianella y Rufina, que se entrelazan en un círculo perfecto.

María Julia cierra los ojos, eleva el rostro y su voz resuena como una campana de cristal que atraviesa el tiempo:

"Bendito seas, Dios de la Vida, que nos permitiste encontrarnos en esta mesa de la memoria. Te damos gracias por estas mujeres de más de cincuenta años que hoy nos leen, cuyas vidas son el archivo vivo de Tu amor en la tierra.

Señor, bendice sus manos: que no se cansen de escribir la esperanza ni de acariciar las heridas del prójimo.

Bendice sus pies: que sus pasos, firmes y dignos, abran veredas de justicia donde otros solo ven muros.

Bendice su madurez: que sea el vino generoso que alegre las mesas de las más jóvenes, dándoles el valor que solo da la experiencia.

Vayan ahora, hermanas nuestras, a su propia misión. No busquen el martirio en la muerte, sino la santidad en la alegría de estar vivas. Escriban, pinten, amen y resistan, porque cada vez que una de ustedes se levanta con dignidad, este banquete se multiplica en la tierra. No tengan miedo: la mesa siempre está puesta y nosotras... nosotras caminamos con ustedes. Amén".

Marianella guarda su cámara Nikon con una sonrisa cómplice. Rufina sacude las migas de su delantal con revuelos como quien prepara el nido para un nuevo día. El banquete en el Reino no termina; solo se traslada al corazón de cada lectora que, al cerrar este artículo, decide que su vida es, también, un territorio sagrado de resistencia.

 

Fragmento: La Respuesta de Marianella

(Marianella deja su cámara sobre la mesa de madera de conacaste, justo al lado de la taza de café. Se arregla el cabello, se inclina hacia adelante con esa intensidad que la caracterizaba, y pone su mano sobre la de Rufina. Su voz es muy clara, como una sentencia de amor que no admite réplicas).

— "Ay, Rufina... Qué razón tienes La alegría terca es nuestra mejor defensa. Yo siempre decía allá abajo que los derechos humanos no son papeles guardados en archivos fríos; son el aire que respiramos y el pan que compartimos.

Ustedes, mis amigas que hoy escriben y pintan con más de cincuenta años de historia en el cuerpo, escúchenme bien: la madurez no es el silencio, es el estruendo de la verdad que ya no tiene miedo. A veces me imagino que me ven solo en esas fotos viejas, en blanco y negro, pero yo estoy en cada palabra que ustedes se atreven a denunciar y en cada belleza que se atreven a crear.

No se me cansen de documentar la vida. Si Rufina sobrevivió para contar, y si María Julia guardó las pruebas, ustedes tienen la tarea de hacer que la justicia sea hermosa. Sí, hermosa. Porque la justicia sin belleza es solo ley, pero la justicia con arte, con flores de izote y con poemas, esa es la que transforma el corazón de un pueblo.

Cuando sientan que la crisis las ahoga, acuérdense de esta mesa. No estamos muertas, estamos sembradas. Y ustedes son nuestra cosecha. Así que, por favor, ¡no me bajen la guardia! Sigan usando esos 'tacones' de dignidad para caminar por donde otros no se atreven. Porque El Salvador que soñamos no se construye con lamentos, se construye con la pluma en la mano y la frente muy en alto".

 

"El Café de la Memoria"

Cafecito en una taza de cerámica elaborada por nosotras con la técnica del pellizco, para terminar nuestra lectura. Acá una acción artística a realizar, "El Café de la Memoria": 

Querida hermana, mujer de fe y de historia:

Después de contemplar el banquete de nuestras mártires, te invito a que esta semana tú misma abras un espacio sagrado en tu hogar. Invita a tus amigas a una reunión, coloquen un mantel bonito, sirvan café y hablen sobre una mujer de su familia que les haya heredado la fuerza. No se necesita un altar de mármol, solo la voluntad de honrar la vida que corre por tus venas.

Mi abuelita

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