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¿PODEMOS ENCONTRAR EN EL JESÚS DE LAS NARRACIONES EVANGÉLICAS ALGUNA INSPIRACIÓN PARA APRENDER A SOSTENER LA VIDA?

#8MPascuaFeminista

Caminar comunitariamente para poder ir pasando de un sistema enemigo de la vida a otro sustentador de ella

#traslashuellasdesophía (47)

En este momento histórico donde necesitamos pasar de un sistema contra la vida a otro del cuidado y sostenimiento de ella ¿podemos encontrar en las narraciones evangélicas pistas, orientaciones, inspiraciones?

Más allá de la verificación histórica de las narraciones evangélicas, sabiendo que son testimonios de fe, no por eso dejan de ser no solo recuerdo del impacto que la persona de Jesús provocó en quienes lo conocieron, sino propuestas de vida inspiradoras para nosotras hoy.

Voy a utilizar el género literario narrativo que utilizamos mucho las mujeres teólogas porque nos aproxima de un modo más directo a su persona. Por eso hoy vamos a escuchar en directo su mensaje.

Yo era galileo e hijo de un artesano. Mi pequeña patria era Galilea la rebelde, en el corazón de un país dominado por el Imperio Romano, sometido al control político y al expolio económico. La situación de mi pueblo era de una gran explotación tanto por las autoridades políticas como religiosas. Para la gran mayoría de mi pueblo era muy difícil sostener sus vidas que estaban seriamente amenazadas.

En este sentido mi tiempo no era muy distinto al vuestro. Las desigualdades, las injusticias, el despilfarro de quienes poseían la mayoría de los bienes, el desprecio por las personas pobres, enfermas, débiles, mujeres, paganos… formaba parte de la vida cotidiana. La mayoría de mis vecin@s malvivían trabajando la tierra, (que en muchos casos no era suya) y por sus frutos tenían que pagar impuestos. No era muy distinta la situación de los que se dedicaban a la pesca, pues estaban controlados por los recaudadores de Herodes Antipas, que imponían tributos, impuestos, diezmos y tasas sobre derechos de pesca y utilización de los embarcaderos. La carga total era abrumadora. Los tribunales de las ciudades pocas veces apoyaban a las personas pobres. Aumentaba continuamente el número de indigentes, jornaleros, prostitutas, enfermos, mendigos. Crecía el endeudamiento, el hambre, la injusticia.

Viendo y sufriendo esa realidad, especialmente después de la experiencia del Jordán y de saberme de un modo nuevo hijo y hermano, formando parte de la misma realidad de Dios (1) y de la humanidad (2), ya no podía seguir igual: había llegado el momento de empeñar mi vida, enredarla para siempre entrando de lleno en lo que experimenté como proyecto de Dios: acoger su amor incondicional y compasivo, dejarme transformar por él, y empeñar la vida en hacer verdad la filiación y la fraternidad, es decir, acoger el Reino de Dios. Y esto pasaba necesariamente por sostener y cuidar todas las vidas pero de un modo especial las más vulneradas.

Mi gran pasión fue proteger la vida, cuidarla, sostenerla… más tarde lo dirá el evangelista Juan, poniendo en mi boca una profunda verdad que caracterizó mi vida: “Yo he venido para que todos tengan vida y vida abundante” (Jn 10,10). Así era, se me estremecían las entrañas al ver la situación de mi pueblo, tantas vidas despreciadas, abandonadas, “descartadas” diríais hoy, y decidí dejar mi vida como artesano y salir a los caminos a proclamar con palabras, pero sobre todo con hechos que el Dios en el que yo creía era el Dios amigo de la vida, de entrañable ternura y misericordia.

Estaba convencido de que había llegado el momento de proclamar la gran novedad de que el Reino de Dios ya está aquí y ha llegado la hora de acogerlo y hacerlo verdad. Eso suponía entrar en una dinámica transformadora no solo de las personas sino también de las estructuras injustas.

Pero eso no lo podía hacer yo solo, esta gran misión era comunitaria, necesitaba generar un movimiento de hombres y mujeres del pueblo que conocieran bien su sufrimiento para ayudar a los demás a tomar conciencia de que había llegado la hora de ser testigos visibles de un Dios “amigo de la vida” que sopla su aliento divino en toda la realidad tal como proclama nuestro libro sagrado de la Sabiduría. (Sab12,1).

Desde el primer momento me rodeé de amigas y amigos y poco a poco los fui "enredando" queriendo contagiarles la misma pasión que me quemaba por dentro: el Reino de Dios ya está aquí, hay que acogerlo y hacerlo verdad y esta misión tenía que ser no solo comunitaria sino una buena noticia, para nosotros y para la vida de nuestra gente. Proclamar con palabras y obras que Dios, el Dios de la vida es Amor que cuida, acoge, sostiene, cura, perdona

¿Qué suponía esta misión?

Lo primero una transformación de nuestras personas para poder pasar por la vida haciendo el bien, sanando, devolviendo dignidad, perdonando, liberando, cuidando, sosteniendo con ternura y misericordia sus vidas rotas de tantas maneras y por supuesto sin dejar por ello de denunciar las injusticias, de desenmascarar las mentiras, la inhumanidad de vivir indiferentes al sufrimiento de las grandes mayorías del pueblo.

No se trataba de cumplir unas obligaciones, sino de darnos cuenta de que habíamos encontrado un tesoro escondido y por ello la alegría de ese encuentro teníamos que compartirla generando vida, alegría, salud, bendición. Celebrando comidas festivas, reconocedoras de dignidad y acogida con quienes eran despreciadas por ser consideradas, pecadoras, enemigas, enfermas.

En definitiva, contagiar a esas mujeres y hombres que me seguían mi pasión por el Dios de la vida y, por tanto, por quienes la tiene más amenazada y dañada. Dediqué tiempo a sostener y educar a mis discípul@s traté de cuidarlas sin sustituirlas, ni infantilizarlas, sabiendo dar y recibir, sin prepotencias. Ni queriendo controlar sus vidas, respetando sus ritmos y las dificultades que tenían para comprender mis mensajes y mi modo de ser y de vivir.

Con mis amigas y amigos recorrimos Galilea queriendo no solo proclamar la buena noticia sino también aprendiendo de la vida y sus gentes: aprendimos de las mujeres a lavar los pies por amor, de los pastores a cuidar de las ovejas y reconocerlas por su nombre, de quienes buscan lo perdido, como la mujer que pierde una pequeña moneda o el pastor a su oveja o el padre bueno que recupera a su hijo perdido a celebrar con alegría esos encuentros.

También en compañía de mis discípul@s fuimos aprendiendo a contemplar la presencia del Dios en cada realidad, a asombrarnos por la fuerza de la vida, por su misterio y belleza, aprendiendo de los lirios del campo, y las aves del cielo a vivir confiando y siendo sencillamente lo que son.

Traté de ayudarles a descubrir la sabiduría que cada realidad nos ofrecía si sabíamos mirarla. Una sabiduría escondida en las pequeñas realidades cotidianas valorando lo que cada realidad es y nos ofrece: la sal que sazona la comida, la levadura que hace crecer la masa, la pequeña semilla de mostaza que crece hasta convertirse en un árbol que acoge a los pájaros, el grano de trigo que después de morir se hace espiga que será alimento.

Queríamos saber mirar la maravilla de los bienes de la tierra sin querer poseerlos, sin valorarlos solo por lo que nos ofrecen. Nos fuimos sintiendo parte de la Vida, siendo en ella.

Por eso nuestro modo de vivir era austero, en gran parte vivíamos de lo que las buenas gentes nos ofrecían por nuestras palabras y cuidados.

También en compañía de mis discípul@s fuimos cultivando un talante contemplativo y poder así descubrir que todo Es en ese Misterio que yo invoqué como ¡ABBA!, fuente de vida, de amor incondicional.

Hoy como en mi tiempo sigue siendo imprescindible caminar comunitariamente para poder ir pasando de un sistema enemigo de la vida a otro sustentador de ella. Merece la pena, aunque no siempre veamos los resultados. Ni yo ni me gente los vimos en nuestro tiempo, pero nos alentaba saber que nunca se pierde lo que se entrega por amor.

Por hoy me despido, yo, Jesús un hombre que pasé por la vida convocando a un modo nuevo de ser y vivir y descubriendo que eso es un profundo camino de felicidad personal y social.

1 Jn 10,30, 14,10-11.

2 Mt 25, 40,45.

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