Felices los que trabajan por la paz (Mt. 5:9)
#sentipensares2026
La paz que Jesús bendice no es pasividad ni simple tranquilidad social
La bienaventuranza parece sencilla: “Felices los que trabajan por la paz.” La hemos escuchado tantas veces que corre el riesgo de convertirse en una frase espiritual más, bella pero distante de la vida real.
Hoy, sin embargo, resulta imposible leerla sin pensar en el clima de temor que atraviesa a muchas comunidades migrantes en Estados Unidos. En barrios enteros hay personas que han dejado de salir con tranquilidad; padres y madres que cada mañana no saben si podrán regresar a casa al final del día; jóvenes que crecen bajo la tensión constante de una posible separación familiar. La paz deja entonces de ser un ideal abstracto y se convierte en una urgencia cotidiana.
Con frecuencia entendemos la paz como ausencia de guerra o conflicto abierto. Pero el Evangelio apunta más hondo. No hay paz verdadera donde domina el miedo, donde algunos viven invisibles para sobrevivir o donde la dignidad humana depende de documentos o de circunstancias políticas cambiantes.
La paz que Jesús bendice no es pasividad ni simple tranquilidad social. Necesita justicia, reconocimiento mutuo y condiciones que permitan vivir sin terror. Por eso, la paz no se conserva sola: se construye y se reconstruye continuamente.
Se construye cuando una comunidad protege a quienes viven mayor vulnerabilidad.
Se reconstruye cuando, en medio de la polarización, alguien se niega a convertir al otro en enemigo.
Se sostiene cuando la sociedad resiste normalizar el sufrimiento de ciertos grupos como daño colateral inevitable.
A menudo llamamos paz a la ausencia de protesta. Pero ese silencio muchas veces se sostiene sobre el miedo de quienes no pueden hablar o el cansancio de quienes dejaron de esperar ser escuchados. El Evangelio no bendice la calma construida sobre sufrimientos invisibles. La paz cristiana no evita el conflicto a cualquier precio: crea condiciones para que la dignidad humana no tenga que esconderse para sobrevivir.
Trabajar por la paz no es solo resolver tensiones inmediatas. Es preguntarnos qué sociedad estamos entregando a las futuras generaciones. Cuando el miedo se normaliza, los jóvenes aprenden a desconfiar antes de dialogar. Una sociedad habituada a la sospecha pierde lentamente la capacidad de reconocerse como comunidad.
Existe además un cansancio silencioso que atraviesa a muchas personas. La repetición constante de violencia y conflicto termina por adormecer la sensibilidad. El sufrimiento ajeno se vuelve paisaje. Trabajar por la paz exige resistir esa fatiga moral y negarse a aceptar que ciertas vidas importen menos que otras. Pero quizá la herida más profunda de nuestro tiempo no sea solo la violencia visible, sino la creciente división social que atraviesa nuestras comunidades.
Cada vez resulta más fácil desconfiar del vecino y reducir a las personas a etiquetas políticas, legales o culturales. Dejamos de ver historias humanas y comenzamos a ver bandos. La conversación pública se endurece y los desacuerdos se convierten en sospecha mutua. En comunidades marcadas por la migración, esta división se vuelve aún más dolorosa. Personas que viven juntas comienzan a mirarse con temor, y cuando la sociedad acepta que algunos deban vivir bajo amenaza permanente, la paz deja de ser un bien común y se convierte en privilegio.
El resultado no es solo tensión social, sino ruptura de la confianza que permite reconocernos como comunidad. Trabajar por la paz implica entonces reconstruir algo más que tranquilidad pública: recuperar la capacidad de mirarnos como vecinos y no como riesgos, como personas con historias compartidas y no como problemas que deben expulsarse. Porque cuando una sociedad deja de reconocerse como comunidad, ninguna política produce verdadera paz; solo multiplica resentimientos que tarde o temprano vuelven a estallar.
Trabajar por la paz no siempre implica gestos heroicos ni soluciones inmediatas. A menudo comienza en acciones pequeñas pero decisivas: redes de apoyo, espacios seguros de encuentro y conversaciones capaces de humanizar lo que el debate público simplifica. La paz también se practica en lo cotidiano: en cómo hablamos de quienes piensan distinto y en la decisión de no alimentar discursos que convierten al vecino en amenaza. Son gestos pequeños, pero allí empieza a transformarse el clima social que luego determina decisiones colectivas.
En este contexto, el arte, la música y la poesía cumplen un papel crucial. Cuando el discurso político endurece posiciones, el arte recuerda que detrás de cada estadística hay historias humanas. Devuelve rostros allí donde el lenguaje público borra nombres.
En los Evangelios, Jesús nunca separa la reconciliación con Dios de la reconciliación entre las personas. Una fe que no se traduce en relaciones más humanas termina reducida a discurso religioso sin impacto real. Trabajar por la paz no es opcional: es consecuencia directa de creer en un Dios que se acerca a la fragilidad humana y la defiende.
Jesús no llama felices a quienes desean la paz, sino a quienes trabajan por ella, impidiendo que la violencia y el miedo se vuelvan normales. Hablar hoy de paz sin nombrar la división que atraviesa nuestras sociedades corre el riesgo de ser un gesto vacío. No hay paz posible donde unos aprenden a vivir con miedo mientras otros se acostumbran a no mirar. La división social rompe la posibilidad de reconocernos como comunidad moral. Cuando ciertos grupos se convierten en amenaza permanente, la paz deja de ser aspiración común y se transforma en comodidad reservada para algunos.
Entonces la bienaventuranza deja de ser consuelo y se vuelve juicio. Trabajar por la paz implica decidir de qué lado nos colocamos cuando el miedo organiza la vida social. No se puede proclamar la paz mientras se aceptan prácticas y discursos que necesitan del temor de otros para sostener una sensación de orden. La paz del Evangelio no es neutral: toma partido por la dignidad humana, incluso cuando incomoda.
Trabajar por la paz hoy significa resistir la tentación de acostumbrarnos a un mundo dividido entre vidas protegidas y vidas prescindibles. Porque, al final, seguir a Cristo no consiste en repetir sus palabras, sino en asumir públicamente las consecuencias de tomarlas en serio. Y una fe que bendice la paz sin cuestionar la división que la destruye termina convirtiéndose en cómplice del miedo. Porque incluso en tiempos de fractura, siempre es posible volver a elegir el camino que nos devuelve unos a otros como comunidad.
¡Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos e hijas de Dios!